Libros que leí: UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO (Mark Twain, 1889, Estados Unidos).

He tenido que dejar el libro por mitad, no he sido capaz de más tormento. E iré al grano con mis razones: Hank Morgan, el protagonista de esta historia, es un mierda al que no puedo soportar ni una línea más.

Curiosamente, en la página 95 llega a decir textualmente, yo no soy mejor que los demás. Lo que tiene gracia, pues los necios que dicen esa frase redundante y de perogrullo en voz alta precisamente se creen muuuuuucho mejores que los demás, con lo que se confirma su repelente jactancia.

Manda huevos que el accidente que propicia el viaje en el tiempo le tuviera que ocurrir a un pedante que no para de pontificar a la menor oportunidad. Y además, Twain, experto y todólogo, predica acerca de todo lo que se nos ocurra: moda, alimentación, política, historia, sociedad, economía, derecho, administración, industria, ética y, por encima de todo, religión. Como buen presbiteriano congregacional del octavo año bisiesto mormónico-metodista, es un feroz crítico (aunque sería mejor acuñar el término “odiador” para personas como él) de la Santa Madre Iglesia, o lo que es lo mismo, un sectario sabelotodo. Quiere ser Jonathan Swift con su Gulliver, pero le sale mal mal mal (y con toques de El Quijote, dicho sea de paso). Carece de la sutileza y la sensibilidad de aquél, por tanto esta novela es mucho menor en todo aspecto.

Sus sermones aburren, si estás de buen humor, y provocan nauseas si estás del malo. Un moralista fanático y coñazo, que juzga con ligereza e ignorancia a todo el mundo menos a él. Y su alabanza siniestra de la Revolución Francesa… ay Dios. Atended: La verdad que todo esto se parece a lo que uno lee acerca de Francia y de los franceses antes de la por siempre memorable y bendita revolución, que barrió mil años de tales infamias en un rápido maremoto de sangre, en uno solo, es decir, en una liquidación de aquella vieja deuda en la proporción de media gota de sangre por cada veinte cántaras de la que había sido arrancada al pueblo mediante torturas lentas en el lastimoso transcurso de diez siglos de injusticia, de vergüenza y de miseria, que no encuentran comparación sino en el mismo infierno. Me llevó un rato percatarme de que no había sarcasmo en esta declaración. Ni en esta otra salvajada, propia de un burgués irresponsable y trivial (exactamente igual que los de ahora): (…) A pesar de todas las bellas palabras y de todo cuanto se ha filosofado en contrario, ningún pueblo del mundo consiguió su libertad mediante charlas untuosas y argumentos de índole moral, porque es una ley inmutable que todas las revoluciones que han de triunfar tienen que empezar con sangre, adopten luego la actitud que adopten. Si la Historia enseña algo, es esa lección. De modo, pues, que lo que aquella gente estaba necesitando era un reinado del terror y una guillotina (…). Valiente capullo, de verdad.

Tiene, en efecto, ramalazos marxistas cuando también habla de regular los precios (una fantasía totalitaria de tantos y tantos idiotas). Y al mismo tiempo, se compara con Jesucristo cuando le dice a un futuro “discípulo”: No seréis esclavo de nadie. Reunid a vuestra familia y marchaos. Vuestro señor el obispo confiscará vuestros escasos bienes, pero no os importe. Clarence os establecerá a vuestra comodidad. Le faltó añadir ‘abandona todas tus riquezas y sígueme’. Lo cual tiene gracia, porque el libro es, como ya he dicho, profundamente anticlerical, moda de su época.

Hay que decir, no obstante, que Mark Twain tiene destellos inteligentes, propios de alguien maduro que conoce la vida y el mundo: Es frecuente que las pruebas mudas circunstanciales hablen en tono más alto y con mayor claridad que ninguna lengua de testigo. / Cuando el preso ha perdido ya el espíritu, las cadenas están de más. / etc.  Pero le pueden sus impulsos de superioridad moral. El 60 por ciento de las páginas son para sermonear, y lo que queda es para narrar una historia no muy bien contada, con particular exceso de repetición de palabras.

El relato está expuesto casi como si pretendiera ser una obra de teatro que trata de provocar risotadas entre el público con sus supuestos “puntazos” hilarantes, y no dudo que el autor lo intentase llevar al escenario de su ciudad para colmarse de aplausos fáciles. Pero como novela ya os digo yo que es un plomo. Y en determinados pasajes, incluso cursi y ridículamente apasionada.

Sí, el narrador es una suerte de monologuista graciosillo, vehículo de la fantasía del faltón escritor, empeñado éste en humillar lo más posible a los héroes clásicos, no acierto a comprender el motivo, aunque me inclino que por llana frivolidad: por hacer unas risas, por dárselas de.

Además, obcecado en alimentar los mitos medievales, al tiempo que se burla de ellos (supongo yo que por hastío de tanta obsesión con aquella etapa histórica, que se produjo en los últimos estertores del Romanticismo), no para de repetir lo de que la gente en la Edad Media no se lavaba. Y ni todos los perfumes, aceites, jabones y cremas que se han encontrado los investigadores en los castillos, las altas residencias y los palacios, convencerán a este necio de Mark Twain de lo gilipollas de sus ideas: la peña en el medievo era asquerosa, subnormal y daba pena, punto. ¡Menos mal que he venido yo a recordároslo!

No voy a atormentaros más con la cascada de imbecilidades y sandeces que el autor es capaz de proferir ufano él en su librucho. Sólo deciros que los progres existen desde siempre. Y siempre con ese complejo de superioridad tan adorable.

Libros que leí: CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA (Gabriel García Márquez, 1981, Colombia).

El que ha sido uno de mis primeros acercamientos (pero ni mucho menos el último) a la literatura americana, si exceptuamos que el puro azar me llevó una vez a leer ‘El túnel’ de Ernesto Sábato para mi ventura, ha resultado sorprendente y en cierta manera abrumador.

Un hecho grotesco, salvaje y plagado de sordidez por todos los flancos, es transformado por un genio en un relato bello y sutil, en que con poquísimas palabras es capaz de describir el espíritu de sus numerosos personajes. En las pocas páginas que tiene esta extraordinaria novela uno acaba zambulléndose hasta el fondo en esa realidad decadente, melancólica, húmeda, calurosa, poblada por personas de ideas fijas, en que el ambiente agobiante les impide pensar con claridad, y actúan movidos por deseos inmediatos.

El mismo título y todo el planteamiento ya revela que este es un mundo regido por el destino inamovible. Puede que el autor viera esta historia como el que ve una colonia de hormiguitas desde arriba, sabedor de dónde irá cada una, y las consecuencias que tendrán los actos de todas ellas. Puede que nosotros en la vieja Europa nos hayamos auto-engañado haciéndonos creer que somos libres, que actuamos con total libertad de acción y de elección, que esa gente de más allá del océano viven aprisionados por sus pasiones y por eso sufren tantísimo…

Pero miro la tele, miro alrededor, y me miro a mí mismo, y pienso, ay. Creo que nuestro sino está marcado hace mucho tiempo y un Dios cruel se burló de nosotros al dotarnos de la imaginación necesaria para llevarnos a creer lo contrario. Y me parece que la única diferencia entre nuestra chulesca sociedad europea (sentenciada, por cierto) y los personajes de ‘Crónica de una muerte anunciada’ es que ellos tenían muy claro lo que tenían que hacer, y lo aceptan con reverencia y dignidad, incluso un acto tan atroz como asesinar a cuchilladas a un hombre indefenso. E incluso morir de una forma tan horrenda es aceptado por la propia víctima:

–        ¡Santiago, hijo –le gritó–, qué te pasa!

–        Que me mataron, niña Wene –dijo.

Y esto acertó a responder el pobre Santiago Nasar con, literalmente, las tripas fuera colgándole, rajado como un gorrino de arriba abajo, pocos segundos antes de desplomarse muerto.

Puede que a muchos les cueste entender por qué ha de ser así, por qué no se solucionó de otra manera todo el embrollo. Por qué la gente no fue más espabilada, o más activa a la hora de tratar de impedirlo, o por qué la víctima no huyó o se escondió, o por qué la novia se comportó así, o por qué el joven ricachón forastero tuvo que venir a liar a la gente sencilla del pueblo con sus extravagancias, o por qué los hermanos tuvieron que ser tan vehementes e irracionales, o por qué… Siempre que se desata la tragedia, ya sea en Colombia, en España, en China o en Sudáfrica, se acumulan las preguntas. Miles de ellas, completamente inútiles, y durante años, o décadas.

Gabriel García Márquez lo supo plasmar a la perfección, y es pues un cuento hermoso y colmado de tristeza. Colmado de humanidad. Cuento que, dicho sea de paso, fue llevado a la pantalla en 1987 en un largometraje que no trascendió, pese a su prestigioso elenco (hasta hace una semana, yo desconocía por completo su existencia), formado por actores ingleses, italianos, franceses, españoles, colombianos y de todo… ¡Hasta Irene Papas, que ya me diréis qué puede pintar aquí!

Esta coproducción italo-franco-colombiana es desconcertante al principio, pues su literalidad para con el texto la hace parecer una especie de trabajo de fin de carrera más que una película seria (el extraño doblaje tampoco ayuda). Al final, no obstante, resulta una obra elegante y muy bien realizada, con un gran trabajo de actores y de ambientación, donde lo único que se obvia es la parte de la desagradable “autopsia” que le hicieron improvisadamente al maltrecho cuerpo de Santiago Nasar, y que habría convertido la cinta en una obra ‘gore’. Una película que te deja un sabor de boca parecido al del libro, y por esto triunfa en lo referido a ser una buena adaptación. Un sabor dulce y amargo a la vez, como de trago largo de un licor fuerte y azucarado, que ya está algo corrompido por el tiempo.

Destino. Fatalidad. Cuanto antes dejemos de creer en las casualidades, mejor nos irá. O al menos, comprenderemos un poco mejor todo lo que nos ocurre.

Libros que leí: MI VECINO MIYAZAKI (Marta García Villar-Álvaro López Martín, 2017, España).

Mucho me temo que la actual industria del libro en España está sustentada por esta clase de librejos, de encuadernación bonita y maquetación currada pero con texto para limitados intelectuales. Si no directamente para asnos burgueses que son incapaces de adornar sus estanterías con otra cosa que con estos ladrillos de 30 euros con la calidad literaria de un foro de internet.

Lejos de ocultarlo, los dos urbanitas flipados que han perpetrado la obra se jactan de “dar charlas”, de asistir a “cine-forums” y de tener “blogs”, así que ya os podéis imaginar lo mucho que nos van a aportar Álvaro López y Marta García sobre la filmografía de Hayao Miyazaki y demás.

Sus análisis de perogrullo no merecen el desembolso de algo que puedes leer haciendo uso de cualquier buscador de internet, y además vienen sazonados (sobre todo en el caso de Marta) con perlitas ideológicas de esas que tan en boga están. Sí, con ese risible tonillo, propio de mentes infantilizadas, de querer adaptar obras de otro tiempo, otro lugar y otra cultura a tu universete particular de amor y fantasía que la realidad, más tarde o más temprano, acabará derruyendo sin piedad, para horror y lloriqueo de sus creyentes.

No es que sea el peor libro lleno de fotos y explicando cosas que ya sabemos que yo haya leído nunca, pero es el que ha caído en mis manos y el que va a pagar por todos los demás ‘los mil discos que hay que escuchar antes de morir’, ‘los cien videojuegos más influyentes de la historia’ y ‘las quinientas mejores películas de acción de los 80 y 90’, y toda esa basura, creada por cretinos que soñaban con editar su libro y que sus amigos les felicitaran e ir por la vida de gafapastas.

¡Escribid un libro de verdad, mataos!

Libros que leí: CONFESIONES (Agustín de Hipona, 398, Italia).

Voy a empezar mi disertación acerca de San Agustín yéndome al campo que más controlo, el del cine. En cierto capítulo, el autor nos habla de Expectación, atención, recuerdo. Es decir, de la impresión que provoca en nosotros la noción del pasado, del presente y del futuro. Tiene gracia, pues algunas películas han descrito con mucha agudeza este asunto. Y aparte de las celebérrimas ‘Regreso al futuro’, en el peliculón de 1993 dirigido por Clint Eastwood ‘Un mundo perfecto’, el personaje de Butch interpretado por Kevin Costner le dice a su compi Phillip que el automóvil en el que viajan es una máquina del tiempo: la cabina es el presente, el cristal trasero muestra el pasado y el parabrisas delantero te enseña el futuro. Algo parecido pero de manera más jocosa hablan en ‘La loca historia de las galaxias’ de Mel Brooks, cuando Casco Oscuro y su comandante en jefe se ponen a ver la película en vídeo de la que forman parte, llegando incluso al instante preciso en el que se hallan, el tiempo real, dando lugar a un galimatías imposible y divertidísimo.

Siento no poder enriquecer mucho más las enseñanzas de este docto autor clásico, pero es que se trata de un libro muy complejo. Y no únicamente por la facultad de San Agustín de retórico empedernido, sino por sus tratados filosóficos extraordinariamente enrevesados. Los capítulos finales son páginas y páginas reflexionando acerca del significado profundo de las primeras frases del Génesis, por poner un ejemplo. La parte autobiográfica, en cambio, resulta más amena además de fascinante, teniendo en cuenta que la vida de este santo no fue precisamente la de un asceta, y él mismo lo admite cuando dice Dadme la castidad y la continencia, pero no ahora.

Su vida está muy bien plasmada en la producción televisiva de 2010, con reparto italiano encabezado por Franco Nero. En esta miniserie conocemos sus vaivenes, sus problemas, sus debilidades, sus pecados y su evolución, que el propio autor detalla en estas Confesiones.

Dada mi ignorancia y mediocridad, lo único que he podido hacer es quedarme con eso que los aficionados a Paulo Coelho y similares llaman “sentencias”. Frases resultonas que para –insisto– necios como yo, son como perlas de sabiduría. Sólo que las que comentaré a continuación, difícilmente las encontrarás en el extremo de una bolsa de té.

¡Enamorado de mi precaria libertad de esclavo fugitivo! (…) ¡Tan grande es la ceguera de los hombres, que de la propia ceguera se glorían! es algo que dice en referencia a un incidente que le sucedió en su pubertad. Se ve que estando con su pandilla, robaron peras en un campo, y no contentos con la fechoría, el inocente (pero cruel) Agustín arremetió con el pobre cojo que cuidaba los perales, y esto parece que le produjo regocijo en su corazón ignorante. Me gustan estas frases con las que se describe a sí mismo y a sus semejantes, porque son imposibles de inventar: el que las ha escrito conoce al ser humano; lo ha tratado mucho y sabe muy de cerca cuáles son sus flaquezas.

San Agustín vivió mucho y muy intensamente, pero no se quedó ahí: reflexionó, y muchísimo. Por eso todo lo que nos diga nos enseñará. Y me resulta curioso que yo lo haya apreciado más como un libro de contenido humanista que de contenido cristiano. Temía tanto desembarazarme de todo estos estorbos como debiera temerse el embarazarse con ellos (Ahondando en la naturaleza esclava del hombre, de su pasión por las banalidades y la gratificación inmediata y fácil, y de lo titánico del esfuerzo que supone cambiar, y liberarse de los lastres, tanto materiales como espirituales. Todas las otras cosas de la vida tanto son menos para llorar cuanto más se lloran, y tanto más son para llorar cuanto menos se llora por ellas.)

Puede que leer a autores sensibles y concienciados con la fe en Dios y con el género humano sea reconfortante en momentos de tribulación y congoja personal. El mundo es y siempre ha sido (y naturalmente, siempre será) un lugar agresivo, injusto y peligroso. Las personas nos hacen daño y pequeño bien me parecía este si una triste experiencia no me hubiera hecho ver la innumerable cantidad de gentes que –yo no sé por qué apestoso contagio de pecados que cunde por doquiera– van no sólo a comunicar a los enemigos enojados lo que dijeron sus enojados enemigos, sino que añaden lo que no dijeron.

San Agustín, en muchos momentos de su vida, también se vio herido por la opinión de los otros, adicto a su frívola aprobación: Pero me contenta más la verdad que las alabanzas. Porque si se me ofreciera opción entre ser loco furioso o en todas las cosas equivocado, mereciendo por ello alabanza universal, o ser constante y firmísimo en mi adhesión a la verdad, mereciendo por ello general reproche, yo sé muy bien lo que elegiría. No obstante, yo no querría que me aumentase la satisfacción de una buena obra mía el sufragio y favor de boca ajena. Pero la aumenta, lo confieso, así como la desaprobación la disminuye.

En fin, terminaré contando que llevo unos días abatido por culpa de mi inseguridad y de mi vanidad, obsesionadas con el escrutinio ajeno, y siempre buscando algo de los demás pero guardando cautelosamente mi propia bolsa, porque Es así, es así, es así el corazón humano. Ciego y enfermo, torpe y vergonzoso, quiere permanecer escondido y no quiere que a él ninguna cosa se le esconda. Por eso me sentí mejor al leer algo que debería recordarme de vez en cuando, y que la cantante Alaska hizo popular en los ’80 con un texto algo más accesible:

¿Y qué me importaba a mí lo que los hombres pensasen y los comentarios que hiciesen de aquel secreto designio mío y que blasfemasen o no blasfemasen mi bien?

NOTA FINAL: no sabéis cuánto me alegró leer cómo Agustín también fue testigo de la estulticia de los cretinos “pro-ciencia” que por alguna razón oscura siempre odian con saña la religión y a quienes la practican en paz: Se mofaban de la fe con la temeraria promesa de la ciencia y luego imponían a la creencia tantas y tantas fábulas y absurdos. Y sentencia más tarde con algo que me recordó mucho a eventos recientes: Como suele acontecer al que cayó en manos de un mal médico, que después no se atreve a fiar del bueno.

Libros que leí: EL NECRONOMICÓN (H.P.Lovecraft y otros autores, 1996, Estados Unidos).

Este libro, pese a no contar casi con ningún texto escrito por el de Providence, es todo un chute de mitología lovecraftiana: que si loto negro, que si culto a Dagon, que si ciudades prohibidas, que si dioses primigenios… Y no sé si el editor lo pretendía pero su lectura ha resultado complicada por culpa de una estructura caótica.

Primero decir que la edición española que ha llegado a mis manos es desastrosa, con letras diminutas, con un índice inútil y totalmente errado, con mezcla de relatos de una página junto a otros larguísimos, etc. Y pensándolo bien, puede que esa leyenda de que leer el Necronomicón causa la locura, con un libro así un poco sí que se logra.

Segundo, si algún incauto se acerca a este volumen buscando una conexión con las películas de Sam Raimi –su saga ‘Evil Dead’– se decepcionará, pues el director tan sólo tomó el nombre y el concepto de un libro maldito (y lo adornó muy bien, eso sí). En Historia del Necronomicón –el único relato escrito realmente por Lovecraft, por desgracia– parece que el célebre autor pretendió ir poco a poco creando el mito de que su ficticio libro mágico había sido redactado en la realidad en un pasado remoto. Esta obra se fue completando gracias a otros autores de su esfera y fans posteriores, que es lo que en verdad contiene este compendio de relatos de terror, en que a continuación destacaré los más notables.

No voy a pararme a mencionar a los autores (más allá de un tal Robert M. Price, que según parece es el que llevó a cabo la compilación… o no, como ya dije, el dichoso libro no te aclara nada), pero los cuentos titulados El muro de Settler, El que aúlla en la oscuridad, Demonios de Cthulhu, El castillo en la ventana y La víbora son un poco así los más interesantes y mejor escritos.

En El muro de Settler dos amigos ven una muralla antigua junto a la carretera y ésta es imposible de escalar, y mientras más la investigan, más perturbadora se hace. Son la clase de relatos cortos de misterio que saben bien que las preguntas son más fascinantes que las respuestas; en El que aúlla en la oscuridad se nos plantea que dos americanos misteriosos se van a vivir a un castillo desde el cual raptan a aldeanos y hacen rituales con ellos, y asesinan mediante magia negra a familias enemigas. El protagonista al penetrar en el castillo descubre los experimentos horrendos que llevan a cabo, siendo este cuento el que más me ha recordado al cine clásico; en Demonios de Cthulhu un niñato le chulea a un bibliotecario el Necronomicón, y con él convoca a una especie de genio concede-deseos (spoiler: sale mal). Este me gustó más por la trama de malicia, envidia y traición entre los protagonistas que por sus connotaciones sobrenaturales; en El castillo en la ventana dos investigadores dan con una casa en que hay una ventana que da directamente al medievo (no hace falta contar que uno se caerá accidentalmente por ella). De nuevo al igual que en el relato del muro, se nos presenta un fenómeno inescrutable en que unos tipos curiosos (los personajes de estos cuentos siempre son gente culta) tratan de darle explicación racional; en La víbora, exponer cualquier ente artístico o poético al contacto con el Necronomicón trae como consecuencia la corrupción de aquél, provocando el inquietante efecto de modificar todas las copias de dicho ente a nivel mundial, haciendo incluso que la gente olvide inexplicablemente el original.

En fin, son relatos imaginativos y entretenidos, razonablemente bien escritos la mayoría, pero en que se han puesto juntos sin mucho tino relatos de tres páginas de extensión, con otros de noventa. Por ejemplo El Necronomicón: la traducción de Dee es el más importante, pues narra diversos episodios de la vida de Alhazred, el “árabe loco” que presuntamente escribió el ya mentado grimorio. Y estos episodios son toda una novela de aventuras con toques aterradores que quizá algún día merecerían ser llevados a la pantalla. Lo malo es que parte de esta novela corta es una especie de manual de brujería, y una relación de demonios ancestrales.

Y es a partir de ahí donde el librito se vuelve cansino, pues se ahonda una y otra vez en que ‘tal fragmento del Necronomicón lo encontró Fulano, pero se lo dio a Mengano y éste lo editó con una mala traducción que ahora, gracias a Zutano, vuelve a estar disponible blabla’, y yo no sé si estos tipos que se mencionan son reales o no, y ya me cansa el averiguarlo, y al final todo es que para hacer creer que el puñetero Necronomicón existe pero cada vez está más y más rodeado de enigmas. Sin ir más lejos El manuscrito de Sussex es toda una suerte de Levítico bíblico mezclado con el Silmarillion, o sea, un plomizo compendio de crónicas arcanas con una abultadísima y copiosa lista de nombres incomprensibles que siempre son Yol’gul o Gol’yul y así mil combinaciones idiotas. En fin, una genealogía de dioses demoníacos y un bestiario sin mucho interés. ¡Hay páginas enteras sólo de oraciones en un idioma inventado! Pero calla que también se describen ritos de iniciación hechicera que, seguramente, los masones y demás sectarios ricachones de la vida real han copiado. Y siempre profecías de la destrucción que ocasionará tal y tal bicho gigante.

A ver, no dudo que estos autores han leído y releído la obra de Lovecraft al completo, y han estudiado a fondo sus referencias históricas y mitológicas, y se han currado toda una biblia negra con paralelismos constantes entre la verdadera Biblia cristiana, el Corán islámico y la mitología clásica. Aunque comparar el Necronomicón con éstas me parece desacertado más allá de la forma, porque que yo sepa los primigenios y los dioses oscuros que aquí se describen son inequívocamente malvados, cuyo propósito “cuando regresen” será el de destruir, devorar y esclavizar. De modo que como religión siniestra, le veo poco público potencial, por más que se esfuercen estos escritores tan morbosos.

Pues eso, que mientras es una recopilación de cuentos de miedo e intriga, el libro se deja leer sin más y entretiene. En cuanto se convierte en una “contra-Biblia” para aprender a ser mago y tener poderes, y hacerse adepto de Nyarlathotep y de sus muertos (nunca mejor dicho), se vuelve una chominá mu grande. Bien escrita y trabajada, pero inútil.

En cuanto al cine de inspiración lovecraftiana, recomiendo ‘El palacio de los espíritus’ y ‘Re-Animator’. ‘Granja maldita’ tampoco está mal (creo que es mejor adaptación del relato El color que cayó del cielo que la que protagonizó Nicolas Cage hace poco). Mas sin lugar a dudas, el mejor largometraje que se ha realizado en que los monstruos imaginados por H.P. mejor han sido plasmados junto a su estilo de terror enfermizo y desesperante, es la producción de 1994 dirigida por John Carpenter ‘En la boca del miedo’. De hecho, uno de los relatos de este compendio escrito por un tal John Brunner, yo apostaría a que la inspiró fuertemente. Si leéis a Lovecraft con pasión, no os perdáis esta película.

Libros que leí: LA REVOLUCIÓN RUSA (E.H.Carr, 1979, Reino Unido).

En fin, quién me manda a mí, sin tener referencias de ninguna clase. Acabo de terminar de leerme un libro titulado La revolución rusa y en él no se le dedica una sola palabra al asesinato de la familia real. No digo un capítulo; no digo un párrafo; no digo una línea.

El pedazo de cabrón este Carr no escribe una palabra acerca de cómo Lenin ordena personalmente el asesinato a traición y a sangre fría (y en secreto, al estilo soviético) del zar, de la zarina, de sus cinco hijos –incluyendo al zarévich de 13 años de edad–, de su mayordomo, de su cocinero, de su médico personal, de su institutriz y de su perro (matan hasta a los perros…).

Y el tío tiene los británicos huevos de escribir un libro con el título La revolución rusa… Y otro tío tiene la poca vergüenza de publicárselo… Y mi padre cometió el fallo de comprarlo y conservarlo… (ese error ya está arreglado, como bien se aprecia en la foto de cabecera.)

Si decidí acabarlo, fue porque mi mente a veces tiene dificultad para aceptar ciertas cosas. Y siempre alberga ingenuas esperanzas de que si un mamón inglés de Oxford estudia los hechos históricos relevantes relacionados con la revolución bolchevique y decide escribir un libro sobre el tema, pues tenga la decendia de mencionar ese pequeño detalle.

Pero de eso nada. Dedica –haciendo gala de estilo plomizo y pedante– docenas y docenas de páginas a constatar las discusiones interminables y vericuetos verbales y discursos y pullas y campañas que se hacían unos a otros para decidir la suerte del desventurado pueblo ruso.

Disculpa a los dirigentes las hambrunas de proporciones bíblicas que provocaron, lo típico, aduciendo falta de previsión, o inocentes errores que podrían haberle pasado a cualquiera… Se empeña en no tacharlos de ineptos despreciables a los que les importaba una mierda si, por conservar el poder y por lograr todos sus chiflados objetivos, se moría media Rusia (y efectivamente, cayeron por millones).

Desprecia a Stalin y admira a Lenin, vaya percal. Es como odiar a Drake y admirar a Barbanegra.

Tampoco sé por qué profesa una odiosa animadversión hacia ‘los campesinos’, describiéndolos como supersticiosos y tercos (casi comparándolos con animales), culpables de retrasar la “colectivización” –que traducido a nuestro lenguaje quiere decir ‘saqueo sistemático a gran escala’ y no otra cosa–. Un desprecio típico de académico urbanita, asquerosamente clasista.

Vale que puedo admitir que en los años setenta, el comunismo se hallaba en la cúspide de su prestigio mundial (o lo que es lo mismo, cuando sus colosales mentiras tuvieron más calado internacional). Pero de ahí a escribir cosas como esta: El obrero soviético, e incluso el campesino soviético, era en 1967 una persona muy diferente de lo que habían sido su padre o su abuelo en 1917. Difícilmente podía dejar de ser consciente de lo que la revolución había hecho por él; y eso pesaba más que la ausencia de unas libertades que nunca había disfrutado ni soñado en disfrutar. La dureza y la crueldad del régimen eran reales. Pero también lo eran sus logros.

Ea, para qué iba a querer nadie libertades que al fin y al cabo podía pasar sin ellas, e incluso mucha gente estaba más a gusto sin imaginarse tonterías de poder decir lo que quisiera y hacer con su vida lo que le pareciese, bah, vaya estupidez. Y bueno, los logros, qué decir de los logros. A la vista están los grandes logros humanos aportados por el marxismo.

Este sujeto que esparció su basura intelectual por universidades de supuesto renombre, siendo uno de los muchísimos sembradores en Occidente de lo guay que es ser comunista (pero nunca ejerciendo realmente, ni por supuesto viviendo en un país del área soviética, válganos Dios), firma un libro que podríamos calificar como ‘triple A’: Abyecto, Amoral y Asqueroso.

Remata su última página con la única frase indiscutiblemente verdadera de entre todas sus gilipolleces: Pero [la revolución] ha producido repercusiones más profundas y más duraderas en todo el mundo que cualquier otro acontecimiento histórico de los tiempos modernos. Y es que cien millones de muertos, incontable hambrunas, deportaciones masivas, regímenes totalitarios y un mundo plagado de guerra y miseria quieras que no produce repercusiones muy muy profundas.

Que el fuego purifique estas deleznables sandeces.

Libros que leí: EL SEÑOR DE LAS MOSCAS (William Golding, 1954, Reino Unido).

Está claro que a los británicos les interesa el concepto de civilización, de sus límites poco definidos y de cómo el individuo se enfrenta a dichos límites. La isla del doctor Moreau es un libro que tengo pendiente hace mucho pues tengo entendido es bastante original e impresionante (y porque ya su autor me logró captar cuando leí La guerra de los mundos). Y aparte, este mismo año me he leído El corazón de las tinieblas, que en cierta manera conecta con el que nos ocupa. Mucho más ligera, la novela Dos años de vacaciones de Julio Verne recuerdo haberla leído de pequeño en una versión ilustrada y resumida. Y El señor de las moscas (65 años posterior) parece este mismo relato filtrado por alguna pesadilla siniestra.

El hilo central me ha cautivado, y siempre me ha interesado el carácter supuestamente auto-destructivo del ser humano en sociedad –a este respecto, recomiendo una película extraordinaria y olvidada cuyo título es RAPA NUI, igualmente situada en un entorno aislado y primitivo–. También digo que no la incluyo entre mis lecturas favoritas, pese a lo fascinante del tema y de la ejecución del mismo, por culpa de su estilo recargado y adornado. Tanta palabrería se me hacía cansina cuando no incomprensible, y más de una descripción o situación no las entendí directamente.

Los puntos en los que yo me centré al leer el texto fueron esencialmente tres: el liderazgo, el miedo y el tabú. Supongo que a otros lectores les llamarán más la atención otros temas también tocados en la novela, pero yo me he quedado con esos.

Establecidos los dos liderazgos, que más pronto que tarde se revelan antagónicos, con sus respectivas –y descompensadas– tribus, la de las normas (razón) y la de los cazadores (pasión), el combate moral que se libra evidencia que el autor conocía muy bien el alma humana. El personaje de Jack cuenta con la ventaja de la superioridad física y también económica (el ser poseedor y administrador de deliciosa carne de cerdo, eso lo convierte en rico). Su agresividad y voluntad de mandar a toda costa hacen el resto. Y cuando asume definitivamente el mando, acalladas las voces discordantes, se confirma que es un tirano, ya que tortura a quien no le obedece o quien considera ha mostrado un mínimo atisbo de rebeldía. Y encima lo hace a través de secuaces: es un déspota clásico.

Dos elementos importantes que son motivos de riña entre ambos jefes son dos reflejos de tímida y frágil civilización: fuego y caracola. Cuando ambos perecen, todo se viene abajo. La llama de la civilización siempre está en peligro de extinguirse en cualquier momento (en aquel lugar recóndito o en la vieja Europa, lo mismo da). Otros símbolos civilizadores algo menores son olvidados prácticamente desde que ponen el pie en esa isla maldita, como sus uniformes y su higiene personal.

Luego, el miedo irracional se apodera de todos, y pronto este miedo se convierte en elemento de poder para aquellos que se sienten con la astucia suficiente como para proyectarlo y modularlo hacia los demás. Y el ambiente para conseguir esto es el idóneo. Por ejemplo, Simon tiene visiones chungas con la cabeza del jabalí, pero en general el clima de la isla, con niños traumatizados que no paran de tener pesadillas y fantasías acerca de una ‘fiera’ que nadie ha visto (y que por consiguiente, es aterradora), es alucinatorio y enfermizo.

Y el elemento fundamental (para mí): el tabú. El pacto tácito sobre un hecho vergonzoso e incómodo* que les lleva a guardar silencio acerca de algo que tendrían que afrontar por su gravedad. Es una sociedad corrompida, ya no es inocente. Porque si alguien comete un crimen pierde su inocencia, pero si los demás conscientemente deciden ignorar o disculpar el crimen, se hacen cómplices, y todos participan en mayor o menor grado. Esto le ha ocurrido a la “tribu” española en su conjunto muchas veces, como el 11 de marzo de 2004, por poner sólo un caso.

* Este hecho son tres muertes trágicas, las cuales aumentan en grado de maldad y de estupidez chiflada conforme se van sucediendo: la del niño de la mancha en la cara, que “desaparece” después de que los mayores incendiaran accidentalmente parte de la isla; la de Simon, que muere a manos de una turba enloquecida y confusa; y la de Piggy, que es ya un acto premeditado y cruel, una demostración de poder en contra de la disidencia; y habría que incluir el asesinato frustrado en el último segundo de Ralph, cuando los isleños se han convertido todos en una única voluntad, manejada, en efecto, por el Señor de las Moscas.

Y en lo referente a las películas que se han hecho, comentar que en esta vida no hay nada más engañoso que el prestigio. Y lo digo porque el afamado Peter Brook encabezó su primera versión de cine (1963), la cual, no parece una película de verdad. Parece más bien el trabajo primerizo de algún prometedor director, hecha a lo experimental. Rodada además con un feote blanco y negro que hace que la filmación parezca quince años más antigua de lo que es, y con unos niños con los que no habían ensayado lo suficiente. Nunca la doblaron al español porque se dieron cuenta de que era un tostón.

La moderna (1990) es, en comparativa, mil veces superior (inexplicablemente, peor valorada), y me atrevería a calificarla como un pequeño clásico, y la plasmación definitiva de la novela en la pantalla. Si bien admito que es un largometraje desagradable de ver, al igual que el libro es desagradable de leer, y su tema central es desagradable de recordar. Hay sombras en nuestro corazón que, aunque es necesario asumir, siguen siendo ingratas, y siempre incomoda pensar en ellas.

Libros que leí: EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO (J.D. Salinger, 1951, Estados Unidos).

No sé de estilos. ¿Es esto realismo? ¿Realismo melancólico? El viaje de un chaval recién expulsado de un colegio privado hacia paraderos desconocidos, mientras comparte sus amargas reflexiones resultantes de interactuar con toda suerte de “fauna urbana”. Es un libro muy bien escrito, no muy largo, y que por su forma y estructura se lee de una sentada. Y el sabor de boca que deja es ambiguo.

Se hace repetitivo con ciertos dejes, como de verdad, o siempre opinando lo de lo más deprimente que es todo, o expresiones recurrentes como lo sacan de quicio a uno, lo vuelven loco a uno, lo desesperan a uno, etc. Al final, el niñato de marras te acaba cayendo gordo por lo quejica, por lo errabundo y por lo contradictorio que es. Se supone que es un retrato muy incisivo sobre los problemas de la adolescencia, pero yo veo más bien a una persona con problemas psicológicos serios, además de claramente traumatizado, por un hermano muerto trágicamente y unos padres con los que no tiene confianza. Todo muy ‘American style’, supongo.

Pero no logro empatizar demasiado, pese a que la lectura es amena, entretenida y muy enganchante. Me alegro, sin embargo, de haberlo leído para entender mejor el porqué se convirtió en todo un fenómeno social, y también comprender el fetiche que muchos tarados y personajes con problemas emocionales graves hicieron de la novela y de su protagonista. Estos infelices compraron de forma instantánea la personalidad en cierta manera arrolladora de Holden Caulfield, ya que seguramente carecían de ninguna propia.

A mí, Holden me gustaría más si no fuera porque antes de leer el libro, me había hecho a la idea de que el personaje era de extracción social baja. Pero muy al contrario es un niño pijo, y además de los descontentos, o sea, la clase de persona con la que menos me puedo identificar del planeta. Casi todos los episodios consisten en qué decidirá esta vez Holden gastarse el mucho dinero (para un adolescente) que le han dejado sus padres, teniendo la libertad de alojarse en hoteles, irse de copas, moverse de aquí a allá en tren y en taxi… Es un mimado inconsciente, de los que no saben valorar su suerte (en eso sí refleja muy bien a los jóvenes).

Por otra parte, el relato de las desventuras de Holden Caulfield me parece la radiografía de un misántropo, y de un ermitaño en potencia, que de hecho es en lo que se acabó convirtiendo el propio autor, sin conceder entrevistas ni dejarse ver casi por nadie el resto de su vida. La película de 2017 REBEL IN THE RYE consigue recrear satisfactoriamente la vida del tal Salinger y sus dificultades para engendrar su gran obra maestra.

Libros que leí: LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA VISTA POR UNA REPUBLICANA (Clara Campoamor, 1937, Francia).

Al fondo, la Catedral de Jaén, edificio histórico y sagrado que el muy demócrata Frente Popular convirtió en una improvisada cárcel para derechistas

Otra ignominia más en lo que al estudio de la II República y la guerra subsiguiente se refiere. Y me refiero al manto de silencio que hay (que ha habido durante décadas) sobre libros esenciales como este. Clara Campoamor no hace como sus compañeros de la política: irse a un casino parisino y redactar una parlotada cursi y falsaria sobre lo trágica que ha sido nuestra lucha fratricida y blablablá.

La Campoamor no hace retórica pelmaza como Azaña y compañía. Ella escribió in situ un análisis certero y riguroso del cómo y del porqué de una situación tan lastimosa que la obligó a salir pitando de España, asustada (con toda la razón) ante los registros ilegales, saqueos y asesinatos que los milicianos de la “república” estaban llevando a cabo en Madrid con total impunidad.

(…)‘Quedarse ciego con tal de que otro se quede tuerto’. He aquí toda la política del Frente Popular en la lucha armada que, sin ningún éxito apreciable, prosigue sin interrupción desde hace meses.

Doña Clara describe al breve régimen republicano como un estado fallido, errático al principio, corrupto más tarde, y completamente deschavetado al final, presa de violencia y de extremismos totalitarios (los que ya asomaban la cabeza desde Europa). Atinada en señalar a los socialistas y a los separatistas como los culpables en última instancia de desplomar la legitimidad de los gobiernos republicanos, no se pierde en sentimentalismos ni en amarguras a la hora de relatar los vaivenes traumáticos de la república burguesa por la que tanto había combatido, y que hacía ya tiempo se había convertido en un intento mal llevado de república soviética, patrocinada por una potencia extranjera totalmente ajena a los conceptos de libertad e igualdad en los que ella creía.

Podemos afirmar que la República española, nacida el 12 de abril, cae hoy aniquilada por las fatales consecuencias de las divisiones de los republicanos y de la alianza de una parte de los republicanos con los socialistas.

Da en la diana por cierto cuando predice que cualquiera sea el bando ganador, instaurará una dictadura que someterá con crueldad a los del bando perdedor. ¡Y escribió esto antes de cumplirse un año desde el estallido de la guerra!

Llama la atención que no se nos pone pastelosa o quejica a pesar de que sufrió lo suyo escapando de Madrid y del país, aguantando amenazas, arrestos e incluso alguna chabacana conspiración para asesinarla, todo eso mientras cuidaba de su anciana madre de 80 años y de una sobrina de 14. Se deduce que el riesgo de la huida merecía la pena, siendo ella testigo directo de cómo los pistoleros anarquistas, comunistas y socialistas saciaban su sed de sangre todas las noches desde aquella del 12 de julio, en que la guardia personal del socialista Indalecio Prieto saca de madrugada al diputado José Calvo Sotelo de su casa y lo mata de un disparo en la cabeza en el mismo coche en que supuestamente lo iban a llevar a jefatura (¿os imagináis a guardaespaldas de Pedro Sánchez secuestrando a Feijóo o a Abascal y asesinándolos?).

He aquí cómo los republicanos de izquierda y los socialistas han conseguido transformar en beligerantes contra la República a fuerzas que siempre habían peleado por ella.

Es importante leer estos libros (pese a estar medio enterrados por la oficialidad), ya que si un buen día el presidente del gobierno sociata dice a viva voz que ‘Clara Campoamor tuvo que salir de Madrid huyendo del fascismo’, nosotros podemos al menos saber que está faltando a la verdad, e incluso decirle a su jeta de cemento: ‘no, oiga, salió huyendo de ustedes’. Y es importante que leyes dictatoriales como la de “memoria histórica” (cuyo nombre ya parece un sarcasmo) no salgan nunca más adelante, no vayan a prohibir los libros de Clara Campoamor, que de primera mano dibujan una II República sensiblemente distinta a la que los charlatanes pretenden obligar a creer a las nuevas generaciones.

Se llegó de este modo a constituir, más que un movimiento republicano, un movimiento contra la monarquía. (…) Se votaba contra la monarquía personal de Alfonso de Borbón y no por una revolución social que estremeció el país de arriba a abajo.

Doña Clara explica la vieja proclama de que ‘la República murió por falta de republicanos’.

Los ingenuos republicanos, demasiado ilusionados por la llegada de la República, no pensaron un instante en la organización que iban a dar al nuevo régimen. Tenían tan escasa fe en su éxito que se vieron sorprendidos por las pesadas tareas del gobierno cuando no tenían pergeñado ningún plan, ninguna idea de lo que debían o podían hacer.

Y ahonda todavía más:

Han demostrado desde 1931 una incapacidad política que ha desbordado todas las previsiones. Al final no vieron el abismo hacia el que empujaban al país decidiendo, a la ligera, sostener una lucha durante la cual tendrían que armar al pueblo.

Pase que hicieran todo lo humanamente posible por impedir que las mujeres votasen, vertiendo sobre la señora Campoamor toda especie de insultos y desprecios. Pase que ahora se apropien de ese triunfo que no sólo no les corresponde sino que además se desvivieron por evitar. Pero que reescriban la biografía de una mujer que lo único que hizo* fue tratar de sobrevivir a la terrible guerra que ellos mismos habían provocado encima, ya jode. YA BASTA, MIERDA.

* Bueno, eso y su ‘Pecado mortal’, osar contravenir los designios de la izquierda mafiosa y no parar hasta que el voto femenino no fuera una realidad.

Todos los republicanos, si hubiesen estado unidos, habrían indudablemente podido lleva a cabo una política liberal, burguesa, evolucionista, tan alejada de las ambiciones más desfasadas de la derecha como de las vanas aspiraciones del marxismo. Desgraciadamente las disputas internas y muy especialmente la envidia de los líderes, abortaron todo posible desarrollo, al acusarse mutuamente cada parte de extremismo de una u otra tendencia, y lo que es peor, de falta de escrúpulo en la administración. No se desdeñaba ningún arma, mientras pudiera herir.

En ese párrafo, en fin, manifiesta sutilmente que no era nada amiga del marxismo. Y el marxismo, el anarcosindicalismo y el separatismo defenestraron la república finalmente, así que es natural que no les profesara admiración alguna, ni a esos movimientos ni a sus mediocres líderes.

P.D.: el listillo progre (seguramente de derechas, de los “equidistantes”) que se marca un prólogo de cien páginas, se podría haber ahorrado su opinión sectaria y vulgar, tan propia de nuestros tiempos. El tipejo además se arroga sin ningún pudor el derecho a censurar a la autora cuando en algún punto de su obra, ella se atreve a alabar a los quintacolumnistas que se jugaban el pellejo en el Madrid del terror rojo, más concretamente cuando disfrazaban un vehículo para parecer de la Cruz Roja y, con él y desde él, acometían actos de sabotaje ametrallando a asesinos del Frente Popular. ¡Ole sus huevos de ellos, digo yo!

Libros que leí: EL NOMBRE DE LA ROSA (Umberto Eco, 1980, Italia)

Siendo casi el único best-seller que he tocado en mi vida, y habiéndolo leído cuando el paso del tiempo lo ha puesto en su sitio, debo decir que se trata de un libro que engancha y que es muy difícil de clasificar.

El trabajo de documentación de Umberto Eco es evidentemente muy riguroso, y su respeto (y posiblemente fascinación) por la religión queda plasmado en sus páginas. Hay finas exposiciones acerca de la contradicción del pensamiento religioso, o del comportamiento de los monjes, o de la validez de una institución religiosa que intervenga en los asuntos políticos. Pero se ve que este no es un autorzuelo de panfleto barato de El País. Y sorteando con habilidad las etiquetas de “buenos y malos”, expone con credibilidad diferentes corrientes de pensamiento, a veces chocantes entre sí, y conflictos en que los individuos tomaban partido según su conciencia y sus intereses, exactamente igual que en la actualidad.

La desesperada búsqueda de un libro que parece acarrear la muerte a quien se acerca demasiado a él (lo que en cine se llama un ‘mcguffin’) y ese mágico y aterrador lugar, el laberinto prohibido, hace que ese morbo innato que sentimos por lo esotérico y lo oculto se vea más picado aun cuando la historia transcurre en un lugar recóndito y enigmático de por sí: un monasterio en lo alto de una montaña en un lugar fronterizo y poco accesible.

Cierto que hay episodios que se alargan innecesariamente, cargados de descripciones “ultra-hiperbólicas”, como uno en que Adso describe un sueño grotesco por tres o cuatro insoportables páginas. También la desconcertante aparición del personaje de Bernardo Guy y su –en verdad poco relevante para con la historia– apresurada injerencia en el concilio de los franciscanos, más su empeño en llevarse consigo a algunos culpables de herejía con los que justificar su supuesto celo inquisidor.

Este último personaje es interesante pues es descrito como el clásico fariseo, tan antiguo como el propio ser humano, que mientras más alto vocifera y proclama su virtud, y más violentas y sonoras son sus muestras de fe ante todo el mundo, más obvio resulta que es un fantoche que probablemente ni crea en lo que está haciendo, pero ama disfrutar del supuesto prestigio que sus, a menudo deplorables, actos conllevan. Hoy en día este personaje no se valdría de la religión como excusa para quedar como un héroe, eso es más que evidente. Utilizaría las redes sociales para hablar de colectivos en peligro, de obras de caridad con los pobres, de ecologismo… de cualquier moda quedabien. Pero a todos los Bernardo Guy del mundo y de todos los siglos les une una cualidad: la de señalar con el dedo a otros que no son tan caritativos como ellos.

(…) Y este es el daño que hace la herejía al pueblo cristiano: enturbiar las ideas e impulsar a todos a convertirse en inquisidores para beneficio de sí mismos. Porque lo que vi más tarde en la abadía (como diré en su momento) me ha llevado a pensar que a menudo son los propios inquisidores los que crean a los herejes. Y no sólo en el sentido de que los imaginan donde no existen, sino que al hacerlo impulsan a muchos a mezclarse en ella, por odio hacia quienes la fustigan. En verdad, un círculo imaginado por el demonio, ¡que Dios nos proteja!

Pero como ya he dicho, aunque interesante, esta trama secundaria pasa de largo en lo que al descubrimiento de la biblioteca, del famoso libro y del asesino de frailes se refiere. ¿Un proyecto de otra novela que el autor quiso incrustar aquí, quizás? Ah, y la acusación a la muchacha es muy forzada, y creo que es el único aspecto poco creíble de la novela.

Lo que menos me agradó fue el final (sí, voy a hacer SPOILERS). El hecho de que sea la intervención de Guillermo la que precisamente propicia –aunque sin quererlo, naturalmente– el incendio de la biblioteca y de toda la abadía, parece un intento del autor por convertir su relato en una suerte de tragedia griega. Y se nota que esto fue a propósito ya que el libro misterioso y maldito que motiva las acciones de los principales personajes es de Aristóteles. El problema es que más que una clásica fábula en la que los personajes hallan su destino trágico después de pasarse toda la obra tratando de evitarlo, lo que le salió a Umberto Eco, para mí, fue un alegato nihilista mucho más desalentador (y de hecho, sumamente anti-climático para mi gusto) en que se sugiere que da exactamente igual lo que la gente haga, pues los resultados (que según parece también dan igual) serán desastrosos de una forma u otra. El modo en que el autor se deshace de Guillermo sin ninguna clase de gloria y casi sin dignidad, es incoherente con su tratamiento en el resto del libro, en el cual a propósito se cuelan profecías bíblicas que se van cumpliendo conforme avanza la trama… y que el autor al final parece querer transmitirnos que fueron producto de coincidencias.

Lo siento, pero o bien, como decimos los jóvenes, el escritor se dio un tiro en el pie; o bien nos tomó el pelo a todos; o bien el final de esta novela es malo, pura y llanamente. Me decanto por la última opción.

Y ahora analicemos sus dos pasos por la pantalla, el primero en la grande en 1986 –de enorme éxito–, y el último en la chica en 2019 –apenas advertida pese a su gran presupuesto–. Empecemos por la mucho más famosa versión cinematográfica dirigida por Jean-Jacques Annaud (muy conocido en aquella época por EN BUSCA DEL FUEGO y EL OSO) y con Sean Connery a la cabeza del reparto, en una coproducción franco-germano-italiana.

De hecho, la motivación que encontré para leer el libro fue que me puse a ver un poco sin ganas la película en Netflix, me parece recordar. Llevaba más de diez años sin verla, y en este nuevo visionado algo no me cuadraba del todo bien, alarmado especialmente por la edición rimbombante y por el aspecto desagradable y afeado (adrede) de casi todos los actores. Cuando un mes más tarde acabé la novela, entendí el verdadero talante de la cinta.

Para que nos entendamos, digamos que la novela tiene cien aspectos o cien puntos que la forman o definen. Pues bien, la película escoge… once o doce un poco al azar (bueno, al azar no, elige los más morbosos claramente) y sale lo que en literatura serían esos libros-resumen con ilustraciones para niños grandes y vagos.

Describe a Guillermo de Baskerville como un Sherlock Holmes de buena planta, infalible y a quien el espectador debe agarrarse pase lo que pase; como una especie de agnóstico desencantado con la religión y al que no le queda fe; y como una víctima heroica de las prácticas supuestamente inmorales de la Iglesia de su tiempo (en una escena que nada tiene que ver con el libro revela textualmente que ‘fue torturado’ y que ‘se retractó’… ¡como el mismísimo Galileo Galilei!). Al espectador medio esos datos perdidos e inconexos del imaginario popular le van sonando y cobran coherencia en su cabeza, y se compadece de Guillermo y se convierte a su causa… que como es una película francesa, pues no es ninguna causa: puro relativismo.

Así mismo, la propia abadía parece una aldeúcha sucia, miserable y hermética, muy alejada del lugar majestuoso, rico y lleno de vida que el escritor describió, con cientos de comerciantes y trabajadores pululando continuamente. Los infelices labriegos van a que les roben su mercancía (no a recibir por ella generosos pagos en oro como en el libro), y los frailes son unos supersticiosos primitivos medio subnormales.

En la novela el “pique” entre Guillermo y Bernardo es sutil, y queda bastante claro que se trata de una pugna igualada, donde Bernardo –por muy inquisidor que sea– no se atreve a violentar a Guillermo de forma explícita. Sin embargo en la película, es obvio que se trata de una relación de agresor-víctima para que este villano más propio de un cómic nos resulte aún más odioso. Pero vuelvo a spoilear: el malo aquí, el tipo al que Guillermo más detesta con diferencia es a Jorge de Burgos, cerebro de toda la intriga asesina y fanático que lleva haciéndole la vida imposible al protagonista toda la semana en que transcurre la acción.

Annaud convierte el debate ecuménico que tiene lugar en la abadía en una patochada entre viejos carcas que discuten tonterías, y lo hace de forma frívola y malintencionada. Un importante choque de doctrinas (muy bien plasmado en la novela) en torno al cual gira parte del argumento original, que en la película apenas queda en uno o dos minutos de abueletes debatiendo el sexo de los ángeles, todo aderezado con la corriente hipócrita y demagógica de los artistas contemporáneos sobre la falta de sensibilidad de la Iglesia hacia “el pueblo” sufridor y muerto de hambre*. Poco o nada de esto se ve en el texto, cuyos temas de discusión vuelan bastante más alto que las cuatro consignas anticlericales de siempre que sólo contentan a los cazurros urbanitas (también de siempre).

Lo mejor que se le puede atribuir es una ambientación conseguida, una buena dirección artística y un buen doblaje (aquí en España al menos). ¿El resto? Los actores son un desfile freakshow incomprensible y de mal gusto, incluyendo a un neandertal, y a una especia de chica salvaje de los bosques que no sabe hablar y que se limita a proferir unos grititos exasperantes, en particular en la interminable escena de sexo con Adso; éste por su parte tiene siempre la misma cara de alucinado (todos los minutos que aparece).

El montaje es calamitoso, y algunos personajes parecen sacados de una peli de Marvel, como el blancuzco Berengario (el cual por cierto tampoco habla más que a gemidos) y el aterrador Ubertino, quien está interpretado por el pésimo pésimo actor William Hickey, que si hizo películas importantes fue por “gozar” de un físico extrañísimo, acorde con el circo de fenómenos que el director se empeñó en organizar en esta filmación, Dios sepa por qué.

Un final casi más de peli de Leslie Nielsen, brujas a las hogueras, inquisición, ¡blasfemia! La Iglesia es mu mala y los franceses mu buenos… Y fin.

(Fue un taquillazo, no olvidemos)

*Tiene gracia porque que yo sepa todas las personas que se van a vivir a países tercermundistas dejándolo todo para ayudar a los pobres son religiosas en el 99% de los casos. A pocos progres “anti-curas” he visto yo repartiendo sus ganancias.

En cuanto a la mini-serie de televisión, decir que en general es más fiel al texto y también a la esencia (no mete idioteces anti-católicas), y la producción raya a gran nivel. Algunos actores la pifian, con el caso más notorio de Rupert Everett haciendo el ridículo como Bernardo Guy. En el 86 también optaron por un malote de peli de espada y brujería al uso, sólo que F. Murray Abraham es F. Murray Abraham, y Rupert Everett es… en fin.

Lo que no he comprendido es por qué eliminaron al personaje de Ubertino para de algún modo “fusionarlo” con el del anciano Alinardo, teniendo como tenían muchos más minutos para incluirlo también. Resulta curioso que en el largometraje justamente realizaron la operación inversa: eliminaron al personaje de Alinardo para darle sus frases a Ubertino. Cabe pensar que fue por concederle tanto metraje a esas subtramas de los dulcinistas, y meter a ese personaje absurdo de –como yo la llamo– la Robin Hood, supongo que por inclusismo, no sé, o puede que por simple estupidez.

No es que eso afecte mucho al final, pero distrae (es con mucho, la parte más aburrida) de lo importante, y en este caso sí que se otorga al cónclave entre los papistas y los franciscanos la dignidad que la novela plasma. Unido a que aquí sí se entiende mejor el pretexto de Bernardo de detener e interrogar a Salvatore y a Remigio (y de paso a una supuesta bruja), con el fin de enrarecer el debate y volcarlo de su lado con malas artes, pues tenemos un EL NOMBRE DE LA ROSA más interesante… ¡porque el libro lo es, y mientras más se acerque al libro, mejor! ¡¿Qué tendrá esta obviedad que tan pocos guionistas entienden?!

PD.: El videojuego de autoría española de 1987 fue sin duda un puntazo inesperado, aunque se trate de un título que haya envejecido un poco mal.