Libros que leí: LA VIDA PRIVADA DEL PRESIDENTE MAO (Li Zhisui, 1994, Estados Unidos)

Por 12 euros. Por 12 miserables euros ha llegado a mis manos esta fuente colosal de conocimiento histórico y de entendimiento humano. Le doy gracias a Dios que me diera la facultad de distinguir entre el precio y el valor de las cosas, ya que este libro tiene un valor incalculable. Su sola existencia ya es un milagro, y la gratitud que siento hacia la figura del doctor Li Zhisui es infinita. Él lo sacrificó todo para que ahora nosotros podamos saber… aunque la inmensa mayoría de la gente no tenga ni el menor interés.

En efecto, este volumen tuve que adquirirlo mediante compra de segunda mano. Está descatalogado, y no es ninguna casualidad. Esta obra maestra que debería ser requisito obligado para entrar en la universidad, no se puede comprar libremente. En China está prohibido. Y solamente por eso, China es un país indigno que espero no pisar jamás.

Abiertamente, nadie en occidente se ha atrevido a criticarlo de manera directa, ya que los datos que aporta el autor son irrefutables, y su veracidad incuestionable. Pero no cantéis victoria porque vivimos en la socialdemocracia, es decir, en la versión sucedánea “light” del comunismo. Vivimos sometidos pero con algo de libertad; somos esclavos del estado pero se nos permite quejarnos (de momento). Y a los defensores de esta aberración corrupta y decadente, los esclavos felices, les estorban esta clase de libros. Les incomoda para su relato burgués e ignorante de que los comunistas son buenos, quieren la paz y la igualdad, y en los países socialistas el “pueblo” vive muy bien.

Yo ya he dicho muchas veces que agarraba a todos los que disculpan a los sátrapas marxistas y ponen en entredicho a sus críticos, los metía en un barco, los mandaba con un billete sólo de ida a Cuba, a China o a Corea del Norte, y hala, a buscarse la vida allí y a vivir bien con el pueblo (a propósito que ninguno de ellos lo hace por propia iniciativa, qué mala pata).

Dejando a un lado las reacciones que puede suscitar un libraco como este –que son muy esclarecedoras del talante del personal–, su lectura es absolutamente adictiva. Uno no puede parar de leer sus 800 páginas, sabedor de que toda la información que recoge es sabiduría en vena, puro conocimiento. Y eso pese a que lo que lee es terrible, descorazonador y tristísimo. Pero algunos no podemos mirar para otro lado sin más. Tenemos que saber. Y el doctor Li nos enseñó la verdad, y nosotros debemos honrarle, como mínimo, leyendo su obra imprescindible.

¿Por qué en 1971 Estados Unidos y demás dueños del mundo le dieron la espalda a Taiwán, y aceptaron a la más monstruosa dictadura que jamás ha existido en las Naciones Unidas? ¿Por qué este libro no se enseña en las escuelas y en las facultades? ¿Por qué no se ha realizado una película sobre estos hechos? ¿Por qué en los 70 en todo occidente los niñatos se pusieron a leer El Libro Rojo de Mao Tse-Tung? ¿Por qué querían que en España, en Italia, en Portugal, en Alemania y en mil sitios más viviéramos bajo un régimen carcelario y abominable como el chino?

Yo no tengo respuestas, tan sólo deseos. Como que Nixon goce de su estancia en el infierno. Y que esté a gusto allí con su colega Mao. Mao el guarro, Mao el salido, Mao el paranoico, Mao el liante, Mao el cínico, Mao el tramposo, Mao el hipócrita.

Porque más que un genocida, él a nivel personal era todo eso: un tipejo asqueroso de costumbres asquerosas, al que le encantaba vivir bien y con lujos que se aseguraba nadie más pudiese disfrutar. Como por ejemplo tren privado (que colapsaba las líneas ferroviarias del populacho cuando él pasaba), o cama gigante para llevarse allí a sus campesinas de 20 años (él con 70), o médico y enfermeras privadas, o banquetes diarios (en medio de la peor hambruna de toda la historia humana), o fiestas nocturnas constantes, o un cine para él solito…

Además, como buen rojo de manual, nunca dio un tiro ni mandó ejecutar directamente pues encima era un cobarde, al que le daban teleles cada vez que la situación política se ponía un poco tensa, y se escondía en su dormitorio (la habitación en la que más tiempo pasó en su vida, con diferencia) o se iba de viaje. Vamos, que no tenía ni media hostia el personaje. Sin mencionar su otra gran cualidad izquierdosa, no dar un palo al agua pero hacer como que sí: «En los 22 años que estuve a su servicio, sólo en aquella ocasión le vi empleándose en un trabajo físico; además, no estuvo ni una hora empuñando una pala», nos relata Li Zhisui.

Su gran astucia (prácticamente su única virtud) le permitió erigirse como faraón sobre cientos de millones de sirvientes conformes y devotos. El chino parece ser un pueblo con clara predisposición a la esclavitud (el español no le va a la zaga, conste), y abrazaron a su nuevo emperador con entusiasmo religioso. Y para muestra, el capítulo en que se nos cuenta cómo Mao regaló a no sé qué operarios de una factoría unas piezas de fruta con un sentido simbólico. Atentos: «Los obreros de la fábrica prepararon una gran ceremonia repleta de citas de Mao para dar la bienvenida al mango, y luego recubrieron la fruta de cera con la esperanza de preservarla para la posteridad. Así, los mangos se convirtieron en reliquias dignas de veneración. La fruta cubierta de cera se colocó en un altar del auditorio de la fábrica y los obreros hacían cola para pasar por delante de la fruta e inclinarse solemnemente ante ella (…). Después de aquello, el comité revolucionario mandó realizar una copia de cera del mango original. La copia se colocó en el altar donde había estado el mango verdadero y los trabajadores siguieron desfilando ante él con la misma veneración hacia el objeto sagrado».

No he podido resistir la tentación de subrayar pasajes concretos, párrafos que he constatado son perfectamente aplicables a situaciones que nos ha tocado vivir a nosotros también: «Hoy día, el Partido Comunista sigue exigiendo este tipo de ataques contra personas inocentes; obliga a la gente a defender públicamente unas políticas con las que no están de acuerdo. La supervivencia en China depende, entonces y ahora, de traicionar constantemente la propia conciencia». Así funcionan las tiranías. Y el siglo que se nos viene es el de la vuelta del totalitarismo más inhumano.

El libro por cierto empieza muy sagazmente con la muerte de Mao, que para entonces y desde hacía años se había convertido en un escombro humano, afectado por un montón de dolencias derivadas de sus hábitos insalubres, de su ausencia total de higiene, de su vida sexual descontrolada y de su adicción a los somníferos. Faltaría más, obsesionado con no morir nunca y arañando minutos de vida hasta el mismísimo final (conocedor del lugar al que iría en breve): «Llamamos a todo el personal médico que estaba de servicio y nos organizamos por turnos. Un total de veinticuatro enfermeras le atendían las 24 horas del día, con ocho enfermeras en tres turnos de 8 horas. Los médicos también se dividieron en tres turnos, cinco por cada turno, incluyendo al que debía vigilar el electrocardiógrafo». Aunque si bien el doctor Li es elegante a la hora de no plasmar demasiado explícitamente las anécdotas escatológicas relacionadas con la vida cotidiana del cerdito Mao, su editor no lo es tanto en las notas finales: «Los hábitos intestinales de Mao aparecen relatados por otros que estuvieron junto a él. Se dice que en Jinggangshan, la mujer de Mao, He Zizhen, se servía de los dedos para limpiar las deposiciones de Mao y que luego aprendió a ponerle lavativas. Durante la guerra civil contra los nacionalistas, Mao se negó a usar las letrinas y sus guardaespaldas tenían que acompañarle al campo abierto, cavar un agujero en el suelo para sus deposiciones y luego tapar el agujero. Se dice que durante La Larga Marcha, las deposiciones eran una fuente de inspiración para sus soldados».

Como todos los déspotas, colocando a la bruja e inepta de su esposa en puestos de poder, y obligando a todos a que la toleren. Capaz de pasar semanas enteras sin salir de la cama, meses sin vestirse (recibía las visitas de estado en bata) y años sin bañarse. De hecho, nunca se cepilló los dientes, que al morir tenía ya completamente negros. Degenerado y decadente, pasó de acostarse con una jovencita cada noche, a hacerlo con cuatro y cinco por vez. Las cuales, dicho sea de paso, en lugar de sentir repugnancia de ellas mismas por complacer sexualmente a un viejo verde que debía oler a tigre, muy al contrario presumían al volver a sus aldeas de haber pasado la noche con el ‘líder’ de la nación: «Lo que menos le importaba a Mao era que la hermana de aquella joven estuviese casada, pero el marido no daba muestras de estar molesto con los cuernos. Es más, le dijo que para él constituía un honor ceder su mujer al presidente, además de servirle de ayuda para ascender en el ejército. Al terminar la cena, Mao envió al marido a su casa y pasó los tres días siguientes en compañía de la joven y de su hermana, interrumpiendo sólo sus actividades el tiempo imprescindible para reunirse con el alcalde de Shanghai».

Algunas incluso –las más ambiciosillas– pugnaban por los favores del amo («Cuando llegó a Wuhan, Mao ya estaba rodeado de muchas mujeres que se peleaban constantemente para ganarse su favor»). Y esas mismas luchas sucedían sin excepción con todos los altos funcionarios del partido, que por cierto eran muchísimos y encriptados sus cargos en copiosos y enrevesados nombres que siempre llevaban las palabras ‘secretario’, ‘comité’ y ‘departamento’, en cientos de combinaciones insoportables. Todos y cada uno de los colaboradores de Mao se sometieron antes o después a una acusación por parte de éste, y de este modo los demás se lanzaban a por el “traidor” como buitres por carne muerta, pero Mao siempre tenía cuidado de no cargar contra todos al mismo tiempo. Siempre los mantenía ocupados apuñalándose entre sí, para ser siempre él el árbitro. Ninguno de ellos me ha suscitado lástima alguna, a pesar de lo descriptivo que es el doctor Li sobre cómo acabaron muchísimos de ellos: destruidos en campos de trabajo, muertos de enfermedad y asco, suicidados, etc. ¡Eso os pasa por pactar con el Diablo, malandrines!

PD.: los que sobrevivieron a las implacables purgas de Mao, esto es, los más duros y cabrones de todos, fueron los que heredaron el liderazgo, como Deng Xiaoping.

Con este libro he terminado de confirmar (tras años de sospechas) que a los que manejan el cotarro les importa un comino el gobierno y la gente. Mao no sintió en ningún momento la más mínima empatía por ninguno de sus súbditos o de sus esbirros (en esto no se diferencia de los presidentes de los países hoy en día). Él estaba de jarana y de follisqueo mientras en el campo perecían por millones, y esto ni le conmovía ni le molestaba. Sólo le fastidiaba cuando algún osado mensajero le anunciaba las horribles noticias, el cual no solía acabar muy bien, y era sustituido por otro que no le perturbase sus juergas y deleites con minucias sin importancia.

Eso sin contar con su celebérrima Revolución Cultural, montada exclusivamente para mantener a raya a sus enemigos internos, pero de alcance masivo y nacional para justificar así el ataque a éstos («Mao no podía purgar a los dirigentes simplemente porque no le gustaban; no tenía poderes para ello. Al igual que todos los dirigentes chinos, necesitaba la ayuda de la moral marxista para justificar sus actos. Si se basaba en la moral marxista, podía movilizar a las masas contra los dirigentes que quería purgar»). Millones de muertos y destrucción incontrolada del patrimonio de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, sólo porque a Mao le daba miedo que cuatro o cinco miembros de su partido se le estaban acercando demasiado al trono.

De no creerlo. Pero sucedió, y sigue sucediendo. Y ahí os va otra muy actual: «Hablaba en voz baja. Con la llegada de la revolución cultural todos teníamos que hablar en voz baja aunque estuviéramos en nuestra propia casa».

Las palabras finales de Li Zhisui me emocionaron y me entristecieron, pero resumen a la perfección el estado espiritual tanto del autor como del lector al acabar este libro esencial para comprender el siglo XX y el mundo presente: «He pagado este libro con la vida. Mi sueño de convertirme en neurocirujano nunca se hizo realidad y mis esperanzas para una nueva China también se desvanecieron. Mi familia fue destruida y ahora Lillian está muerta (…). Dediqué toda mi vida profesional a Mao y a China, y ahora me he quedado sin patria y sin casa, y no soy bien recibido en mi propio país. Lleno de dolor, dedico este libro a mi esposa Lilliam y a todos los que aman la libertad. Quiero que sirva para que nunca se olviden las terribles consecuencias que causó la dictadura de Mao y para recordar cuántas personas buenas y de gran valía tuvieron que vivir bajo este régimen obligados a traicionar sus propias conciencias y a sacrificar sus ideales sólo para poder sobrevivir.»

Es el demoledor epitafio de alguien que vio lleno de esperanza cómo tras décadas de guerras civiles, invasiones desastrosas y horribles catástrofes humanitarias, un hombre y un partido prometieron crear un país unido, próspero y justo, y que fue testigo presencial de cómo esta promesa fue humillada por un sistema tiránico y atroz.

Libros que leí: EL TEMPLO DE ISTAR (Margaret Weis-Tracy Hickman, 1986, Estados Unidos)

Hasta la mitad. No he podido más. No conozco literatura que me cause más pereza y resoplidos que esta. Es vulgar, cursi y muy pedante. Y narrativamente… Oh Dios mío, qué catástrofe.

Los capítulos no son tales, son apelotonamientos de letras, sin estructura. A menudo se suceden docenas de páginas sin un punto y aparte, como si fuera un niño grande el que le está contando un cuento largo a otros niños más pequeños, y éstos no parasen de preguntar ansiosos ‘¿y qué pasa después? ¿Y qué pasa después?’

Las descripciones plomizas e innecesarias ralentizan la acción, convirtiendo su lectura en pegajosa, cansina y torpe. El ‘por dónde iba’ y el tener que releer pasajes se hará habitual si os atrevéis con este primer volumen de las Leyendas de la Dragonlance.

Hace gala de un humor blandurrio sin ninguna sustancia, en que apenas algún personaje supone algún alivio no tanto por las estupideces que hace, dice o piensa, sino por su naturaleza, como es el caso del kender. Aunque obviamente ni eso es original, pues se trata de una versión kitsch de los hobbits de toda la vida.

A mí no me gusta tomar notas mientras leo (me consta que hay que gente a la que sí), por eso el coñazo que supone recordar a todos los personajes que van saliendo, y las sub-tramas inconclusas que se van originando, para mí es insoportable. Sin contar que el análisis psicológico de aquéllos no es sino una descripción pesadísima de hasta la más insignificante de sus reacciones. Hace ya muchos años que no echo de menos dibujos en los libros, pero la Dragonlance es una honrosa excepción.

Unos chabacanos “cliffhangers” al final de todos los capítulos son la prueba de que los autores están más influidos por las series de televisión de su época que por otra literatura de mayor enjundia y calidad que la de ellos. Vamos, que son gente poco leída… o a quienes la lectura les ha calado poco.

Esto último queda más que demostrado con el peor de los muchos defectos de esta novela de tres al cuarto: el uso basto y chocarrero de palabrejas rebuscadísimas que hacen la lectura todavía más incómoda. Y además, términos que se nota a la legua que los escritores (primera vez en mi vida que me enfrento a un libro escrito por más de una persona, por cierto) buscaron en algún diccionario de sinónimos cutre y dijeron ‘¡eh, qué palabra más chula, pongámosla aquí, mira qué bien queda!’ Hablo de la horterada que supone usar –y más en este género– expresiones como ‘escudriñar la sedosa penumbra’, ‘fulgor argénteo’, ‘rayos mortecinos’, ‘bruñidos muros’, ‘meros rescoldos’, ‘invisible hacedor’, y un interminable etcétera que hallarás abriendo el libro al azar.

Mirad, transcribo un simple parrafillo muy representativo de estos ordinarios diálogos: – Así es –Confirmó Raistlin en respuesta a las elucubraciones de Dalamar–. No hay en Krynn un ser viviente capaz de lastimarme y menos aún tú, joven aprendiz. Pero he de reconocer que eres valiente. Con frecuencia has permanecido a mi lado en el laboratorio, contemplando a los entes que yo arrancaba de sus planos de existencia aun a sabiendas de que si cometía un error, si respiraba a destiempo, desgajarían nuestros corazones y los devorarían mientras nos convulsionábamos en un indecible tormento.

Desesperante leer algo así. Aunque puede que sea cosa del traductor, quién sabe.

En fin, y en cuanto al argumento… ¿Hubo un viaje en el tiempo? Ni me interesó. Es una lectura que no engancha. Para una serie de Netflix de ver una tarde anodina, da. Para una serie de comics con dibujos bien grandotes, da. Para un videojuego de acción, espada y hechizos, da. Para mazacotes de letra pequeña de 500 páginas, no da.

Al menos, estas… ¡¿más de cien novelas?! Han dado lugar a un bello arte de ilustraciones y de otros campos, como los juegos. Una pena que nadie se anime a lanzar estas aventuras en el cine o la tele –si bien es cierto que hubo un intento poco logrado en el campo de la animación en 2008–, pues aunque mal escritos, se trata de relatos con bastante potencial cinematográfico, y yo estoy seguro de que noveluchas de fantasía mucho más mediocres (más aún quiero decir) han sido llevadas alegremente a la pantalla con millones de dólares detrás. Supongo que esto también es síntoma de la poca confianza que la comunidad de fans tiene en su propia obra fetiche.

Que por cierto, los fans hispanohablantes ni siquiera se han tomado la molestia de publicar una relación exhaustiva de los tomos editados hasta la fecha con resúmenes, desglose de personajes, mapas, etc. Todo muy extraño (y deprimente).

Literatura para adolescentes, en el peor sentido posible.

Libros que leí: EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS (Joseph Conrad, 1899, Reino Unido)

Aunque hace ya algunos meses que me lo terminé, Heart of Darkness no me había inspirado el escribir nada especial, hasta ahora.

Fue cuando me puse a reflexionar sobre temas de justicia y sus tejemanejes; en la demora de ¡años! con que se mal resuelven los pleitos; en fin, en este sistema aletargado, perezoso y sórdido que rige los asuntos legales, que de vez en cuando mis amigos policías y abogados tienen a bien compartir conmigo, y que tan sólo susurrándome superficialmente algunos de sus vericuetos hace que me invada el mayor de los desánimos.

El relato de Conrad trata de algo parecido. Va sobre el concepto de ‘civilización’. De cómo funciona, y cómo se alimenta. La inmensa mayoría de la gente vive en ella, disfrutando de las ventajas que la ilusión de seguridad y bienestar producen. Pero proporcionalmente, casi nadie conoce sus entresijos, sus tripas, el alcantarillado que recorre nuestra sociedad por su subsuelo, y sin cuya existencia simplemente nuestro mundo tal y como lo conocemos no existiría.

Marlow (de seguro un alter ego del propio Conrad), recorrió esos pasillos subterráneos, plagados hasta el último centímetro de muerte y decadencia. Su visión le espantó, y le cambió el alma, pero no apartó la mirada. Él fue un hombre valiente, y nos dijo la verdad, y solamente por eso merece que le admiremos y le demos las gracias. Porque conozco a poquísima gente dispuesta a asomarse a los interiores de la sociedad, las cámaras de mantenimiento de esta colosal maquinaria, de nuevo, las tripas. Y de esos pocos, prácticamente ninguno quiere no volver cuanto antes el cuello hacia otro lado, un lado en que no haya visiones de horror que le hagan comprender el terrible abismo que está a punto de tragarnos en todo momento.

No todos están preparados para soportar ese conocimiento. Kurtz, un hombre humanitario y cultivado procedente de la alta sociedad británica, creyó ser lo bastante fuerte como para aguantar esa carga. Pero se equivocó. El conocimiento le cegó y le volvió loco.

En otro artículo (https://jachi.es/teoria-del-avion-sin-piloto/) ya hice alusión a este peculiar delirio colectivo, llamado precisamente civilización, y que Joseph Conrad comprobó in situ la chifladura, los crímenes, y la destrucción más gratuita y voraz bajo las cuales dicha civilización se sustenta. Creemos que vivimos sobre un puente con remaches de acero, perfectamente reajustados cada 24 horas por operarios cualificados. Pero creo que es mejor saber (o no, hasta yo tengo mis dudas) que esta casucha está sostenida por chinchetas baratas, con tablones podridos y que en la próxima tormenta nos iremos todos a pique. Y cuando ocurra, quizá sea mejor que no nos sorprenda, no lo sé.

Este cuento tétrico fue hábilmente aprovechado por los productores de Apocalypse now, en un contexto perfectamente equiparable al de la novela original. Un contexto en que las decisiones arbitrarias y caprichosas de un puñado de mediocres medio majaras, hacen que uno de cada mil de nosotros abramos los ojos en una expresión deprimente y pesadillesca. Porque algunos sabemos lo que es El Horror. Y que vivimos más cerca de él de lo que nadie está dispuesto a aceptar.

Libros que leí: SERVICE GAMES, EL AUGE Y CAÍDA DE SEGA (Sam Pettus, 2013, Estados Unidos)

Estudiar cuestiones históricas, ya sean de carácter político, biológico o, como en este caso, empresarial, admite actuar conforme a determinadas reglas. Creo que es obvio que no se puede juzgar una situación muy específica perteneciente al pasado haciendo uso conveniente y tramposo de datos que sí conocemos hoy, pero de los que era imposible disponer entonces.

Por ejemplo, no podemos (o no debemos) presentar a Aníbal como un estratega inepto por haber perdido finalmente su guerra contra Roma, y alegar ‘es que no hizo aquello, es que no tuvo en cuenta, es que fue para allá y no para acá…’ Nosotros ahora sí tenemos los mapas, y los números, y la información detallada de todos los factores que intervinieron en aquellos hechos. Pero sus protagonistas no.

Por eso, el historiador “ventajista” y fullero se pasa de listo al etiquetar a tal personaje, o tal decisión crítica, o tal lance de la historia como equivocado, temerario, suicida, etc, una vez todas las cartas han sido volteadas y están bien puestecitas sobre la mesa. Básicamente, sería como decirle a Kasparov, justo tras recibir un jaque mate, ‘tíooo, ¿cómo hiciste esa jugada tan mala antes, es que estás tonto?’.

La batalla de Sega por liderar el mercado de los videojuegos dio como resultado, simple y llanamente, unos artefactos que podríamos tildar de “mágicos” que han proporcionado una inmensa felicidad a un número incalculable de personas (particularmente niños) de todo el mundo. En nuestro caso concreto, cuatro de esos aparatitos afianzaron nuestros sentidos y nuestra personalidad entre los años 1991 (aquella entrañable Master System) y 2002. Y no lo hicieron sólo con nuestra familia, sino con millones como nosotros. Así que jamás de los jamases me atreveré a descalificar llamando “fracaso” a ninguno de estos increíbles ingenios tecnológicos llamados videoconsolas. Algo que sin embargo es muy del gusto de los escritores de poca monta que abordan el tema.

Sam Pettus, entroncando con lo que decía en el primer párrafo, es como esos analistas de bolsa que revelan las causas de por qué la empresa se ha ido a pique, o el mercado entró en recesión, o bla bla bla… ¡Cuando ya ha pasado! Antes no, antes pa qué. Antes tendría algún mérito, y sería difícil. Pero hacerlo a posteriori es más entretenido y sobre todo más fácil.

Es el típico sabiondo que conoce a la perfección la conveniencia de las decisiones 20 o 30 años después de haberse tomado. Que Sega saca la videoconsola más tarde que la competencia, ‘Sega desaprovechó la oportunidad de adelantarse a sus rivales, quedando rezagada’; Que la saca antes, ‘Sega se precipitó lanzando un sistema demasiado avanzado para su tiempo, dándole a sus competidores la chance de fijarse en sus errores y corregirlos’.

Que Sega pone a la venta una consola a un precio muy alto, ‘Sega condenó a su sistema con un precio prohibitivo, fuera del alcance de la mayoría’; Que la pone a la venta muy barata, ‘Sega se arriesgó mucho colocando su consola con unos márgenes de beneficio tan bajos, no debió hacerlo’. ¿En qué quedamos, colega?

SERVICE GAMES, EL AUGE Y CAÍDA DE SEGA hace gala de una escritura y unos análisis muy convenientes y muy facilones, desprovistos de un estudio más profundo y, sobre todo, más emplazado en un mercado incandescente como era el de los videojuegos en los años ’90. Analizar las supuestas malas iniciativas de Sega sin valorar el vendaval descontrolado que fue, especialmente, la transición de los 16 a los 32 bits justo en medio de la década, es tener poco seso y demostrar una grave banalidad.

No hay que olvidar que veteranas de la industria con más pedigree incluso que Nintendo y que Sega se la pegaron en esta época, propiciando que alguna casi desapareciese (el caso de Atari con su Jaguar) o que desde luego, no se atrevieran a intentarlo de nuevo (Bandai, Philips, Apple, Commodore, Nec, Fujitsu, etc), sin contar los ambiciosos proyectos 3DO y Virtual Boy, igualmente fallidos.

Fue una época memorable y cargada de ofertas, en la que muchos chavales (sí, chavales: en este tiempo la gran mayoría de los jugones éramos menores de edad, otro fallo analítico del libro, y gordo) tuvimos nuestro primer ordenador con Windows en esa segunda mitad de la década, descubriéndose nuevos mundos impensables para nosotros, empezando por los juegos y terminando con Internet y todo lo que eso suponía. Meter el pie en este mercado en plena ebullición era jugar con fuego, y nadie estaba seguro de nada, y nadie podía saber qué iba a suceder dentro de seis meses.

¿Que Sega hacía apuestas a una sola carta? Joder, porque realmente sólo tenía una carta. Nintendo tenía el colchón de las portátiles (monopolio en la práctica que, cómo no, Sam Pettus no trata ni por encima). Y Sony tenía colchones para regalar: electrodomésticos, equipos de música, cámaras… Si su experimento consolero les salía mal, los ejecutivos del gigante japonés no iban a perder el sueño, eso seguro. Sega no podía permitirse ese lujo. Y para ilustrarlo, adjunto cita textual (sacada del libro) de una web desaparecida llamada Daily Radar:

Si Dreamcast fracasa, no será porque no haya buenos juegos disponibles para ella. Pocas consolas pueden presumir de haber sido bendecidas con un catálogo de juegos tan impresionante en tan poco tiempo de vida como ha sido del caso de Dreamcast. No, en caso de que Sega tenga que sufrir la derrota, será simplemente por la existencia de otras máquinas a cuyos fabricantes les sobra el dinero.

El ¿fracaso? de Saturn es inexplicable sin el grandioso (e inesperadísimo) éxito de Playstation. Porque sí, cualquier imbécil que ahora diga que el boom de Sony en las videoconsolas se veía venir, o miente o es un fantoche medio lerdo. Y dicho exitazo se puede resumir en dos palabras, que definen dos etapas muy marcadas en la trayectoria de la “Play”: publicidad y piratería.

1996 y 1997 vieron una colosal (y estupenda) campaña de marketing que hizo que cualquier niño o adolescente anhelara una Playstation con fervor. Dicho sea de paso, animados por las revistas bien (pero bien bien) untadas para que no se nos ocurriera cometer el error de decantarnos por la de Sega.

1998 y 1999 por su parte fueron los años ‘de las tarrinas’: ya sabéis, esa época un poco oscura en que los niños ya no se conformaban con ahorrar y comprar 5 juegos… ¡Necesitaban 50 por el mismo dinero!

Era casi imposible competir contra este nuevo monstruo, y si Nintendo 64 no se hundió junto a Saturn fue gracias, como ya he dicho, a que seguían vendiendo millones de GameBoys por todo el mundo sin que nadie les hiciera sombra. Eso y Pokemon. Que por cierto, no sé por qué no se le dedica ni una página a la consola Game Gear, que también supuso una apuesta decente en el ámbito de las portátiles y que yo sepa, forma parte fundamental de la historia de Sega, que es de los que se supone va todo esto.

Que sí, que ya sabemos que Sega malgastó muchos recursos en aparatos poco rentables y que las directivas de USA y Japón se hicieron la puñeta mutuamente. Y que la campaña publicitaria de Saturn fue horrorosa, algo que los “especialistas” espabilados siempre pasan por alto. Mas yo mantendré siempre que todo aquello podría haberse quedado en anécdota, con todo el tirón que tenía a nivel mundial Sega debido a MegaDrive. Pero la nueva competidora fue sencillamente una apisonadora.

Estupideces como lo de que las third parties dieron la espalda a Saturn (¿y eso a quién demonios le importa?) o que era demasiado costosa (cuando un precio supera la barrera de lo ‘prohibitivo’, tanto da que cueste 350 dólares como si cuesta 3.500: sea como sea un niño no se lo podía permitir, y Playstation era en ese sentido igual de inalcanzable que Saturn) son respuestas propias de youtuber cutre.

Y de nuevo, nadie dice que una de las primeras razones de las bajas ventas de Saturn fue su calamitosa distribución en Occidente, que aún hoy en día nadie es capaz de explicarme (75% de los juegos de su catálogo se quedaron en Japón).

Una de las partes que más me enervan de esta suerte de análisis superficiales y chusqueros es cuando atribuyen a la salida de tal juego concreto el triunfo o el hundimiento de tal o cual sistema. Vamos a ver, ningún título por sí solo, por muy famoso que se haga y por mucha publicidad que le den, determina jamás el destino de toda una consola. Afirmar eso es de burros. No les entra en la cocorota que no necesariamente a los que les gustan los juegos de peleas les gustan también los de carreras. Ni los de guerra. Ni los RPG. Ni los deportivos. No todos somos iguales ni nos divierten las mismas cosas (se siente, globalistas).

Y ya que vamos de explicaciones presuntamente súper racionales, ¿cómo se interpreta (según Sammy) que cuando Dreamcast salió antes que ninguna con un plantel de juegazos impresionante tanto en número como en calidad, con publicidad abundante y atractiva, precio razonable y conexión a red de serie, llega la carísima Playstation2 con unos pocos juegos escasamente prometedores… y barre de la pista a Sega en poco más de un año? Descuidad que el entendido tendrá contestaciones para todo.

En otra de sus clarividentes revelaciones, el colega dice ‘la no inclusión del DVD en Dreamcast es algo que preocupó mucho a los jugadores de la época’. ¡¿Pero qué dices, tío?! ¿En 1998? Si entrado el 2000 la inmensa mayoría de la gente no sabía lo que era un DVD. La mayor parte de mis amigos se enteró para lo que servía al mismo tiempo que se compraron la Playstation2 (o incluso tiempo después).

-Dato significativo: la primera película que vimos en DVD, a finales del año 2003 (y en efecto, en una Play2) fue LAS DOS TORRES, así que otra gilipollez más a la lista de gansadas del autor.-

Además, el susodicho se empeña en defender a Bernie Stolar, uno de los más infames caraduras que han dirigido jamás el cotarro en una empresa de videojuegos. Con su tristemente celebérrimo ‘Saturn no es nuestro futuro’ (que para que lo entendáis los profanos, es como si el entrenador del Barça de 2010 hubiera dicho que ‘Messi no es nuestro futuro’ o el presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer dijera en 1930 ‘el sonoro no es nuestro futuro’), ahora según el autor debemos tenerle piedad porque –textualmente– no le quedaba más remedio (pobrecillo, con la cara de bueno que tiene*).

Más aún, este libro acuña otra cita maravillosa del bueno de Bernie recomendando a sus superiores de Sega venderle el negocio a Microsoft. ¿Ustedes se imaginan a un psiquiatra sugiriéndole a sus pacientes que se suiciden? Ese era Bernie Stolar.

Para Pettus (absténganse de chistes malos) la gran apuesta de Sega, la por siempre infravalorada Saturn (seguiré diciendo que fue su sistema más perfecto y su máquina más sofisticada), ya estaba abocada al fracaso antes de ponerse a la venta en Estados Unidos en 1995. Qué digo, antes de salir a la venta en Japón. ¡QUÉ DIGO! Antes de haberse diseñado. Probablemente, este genio del periodismo electrónico ya daba por muerta a Saturn cuando Sega aún no existía. Así de lince nos ha salido, qué le hacemos.

A propósito, el librito tiene unas 500 páginas y el amigo Sam es reiterativo de narices, a menudo hasta repitiendo frases enteras (claro síntoma de una falta de repaso), y si llegáis a cien las veces que leéis la expresión ‘Sega se había condenado ella sola al desastre’ os regalan el siguiente libro ‘CÓMO ADIVINÉ EL ÉXITO QUE IBA A TENER WINDOWS 95’.

Ah, y fallos de traducción que suponen errores gramaticales constantes.

No obstante, la última parte del libro dedicada a Europa es un resumen muy bueno, aunque debería haber estado más desarrollada (estos yankis…). Y la inclusión de un último capítulo extra sobre la historia de Sega España lo considero un acierto. ¡Qué pena que no mencionen las consolas que regalaban al final del inolvidable programa de Televisión Española El Rescate del Talismán!

*Que tenía. Ahora está haciendo tratos de mierda con Satanás.

Libros que leí: EUROPA, INTRODUCCIÓN A SU HISTORIA (Pío Moa, 2016, España)

Después de aproximadamente diez años siguiendo a Pío Moa, escuchando sus podcasts sobre historia, leyendo varias de sus obras y hasta llegando a hacerle dos entrevistas, por fin he terminado su libro dedicado a la historia general del viejo continente. Se trata de un tema poco cultivado por los “eruditos” y poco atendido por la gente, aun por los más curiosos, que sin embargo es crucial para comprender mejor nuestro lugar en el mundo, nuestra parte en la construcción de la civilización occidental, que junto a la de los griegos y la de los italianos es sin duda una de las forjas fundamentales de la cultura europea.

No esforzarse por conocer unas mínimas nociones de historia europea es básicamente querer ser ignorante de nuestros orígenes y, por consiguiente, de nuestra realidad presente. Estoy bastante seguro de que Pío Moa se lanzó a la publicación de este libro como respuesta a la tónica general, propia de necios y de iletrados que por complejas razones –las cuales precisamente vienen bien explicadas en esta obra– ha calado en el manipulable imaginario españolete, según el cual ‘España no es Europa’. Este enorme disparate, logro justamente de los enemigos tradicionales de España, no sólo es una chifladura como tantas otras que se dicen a menudo, sino que además carece de cualquier atisbo de lógica.

Es absolutamente obvio que el destino común de los llamados europeos sencillamente no se habría fraguado sin la labor evangelizadora (y “globalizadora”, por qué no) y civilizadora del Imperio Español. Su defensa de la Cristiandad contra el invasor musulmán, su feroz combate contra las violentas escisiones anti-católicas, su afán por llevar a vastísimas tierras desconocidas la luz de la cultura, la enseñanza y la civilización… Sin todo ello es probable que Europa fuese hoy día una amalgama de paisitos, regiones, comarcas, territorios y reinos sin la menor cohesión y en constante guerra. Y no sólo Europa sino todo Occidente.

He disfrutado y aprendido muchísimo con Los mitos de la Guerra Civil, Los mitos del Franquismo, Los personajes de la República vistos por ellos mismos (mi favorito), y Por qué el frente popular perdió la Guerra. Con Europa, introducción a su historia también he disfrutado, pero no puedo dejar de decir que se nota que Pío Moa se encontraba algo desubicado en este tema. Al contrario que en sus otras famosas publicaciones, aquí hay mucha especulación, mucha opinión. Algunos capítulos parecen dedicados por entero a reflexiones filosóficas e incluso religiosas. Y creo que es la parte menos brillante de su trabajo; no por desacertada o poco inteligente, sino por verla algo fuera de lugar. Yo soy muy fan de los hechos ciertos y probados, y de sacar mis propias conclusiones después. Para mi gusto, creo que don Pío se precipita en los análisis de los lances históricos que trata, o por el contrario, divaga en exceso sobre ciertos temas.

No es que no puedan ser muy interesantes, pero creo que esas disquisiciones se ciñen más al campo de la tertulia que de la literatura. Por eso considero que sobran en el libro, sin dejar de afirmar que este puede ser un estupendo complemento a otros libros de historia sobre nuestro continente. Un poco de historia sesuda y rigurosa viene genial para luego ver vídeos de internet entretenidísimos y llenos de curiosidades como los del canal ‘Esa es otra historia’. Amén de los subidos por el propio Pío Moa, que ya son cientos.

No dejen de visitar su blog: https://www.piomoa.es/

Libros que leí: MADAME BOVARY (Gustave Flaubert, 1857, Francia)

Llevaba años dando largas a una lectura que en el fondo de mi mente sabía que era ineludible. Y creo que se debía a que estaba más o menos seguro de que me iba a encontrar una historia romántica, dulzona y melancólica, carente de demasiada acción. La sutil sorpresa que me llevé fue comprobar que se trataba de una novela realista, en donde los personajes son descritos con profundidad y madurez, y los entornos y situaciones en que participan son presentados como mundanos, cotidianos, vulgares, o en resumen, “normales”.

No hay grandes heroísmos en esta historia, ni tampoco odiosas villanías. Más bien las debilidades propias de cualquiera que te encuentres, las mediocridades que ya damos por sentadas por habituales. Esto incluye a la propia Emma, la protagonista y figura central del gran drama confeccionado excelentemente bien por el autor (de quien desconozco cualquier otra obra). El retrato detallista y sensible que ofrece el señor Flaubert me ha impresionado, principalmente por su verosimilitud; en fin, que parece que ha descrito a alguien que conocemos, que se nota que vio y estudió a mujeres como ella. Que me he creído a Emma Bovary.

Lo señalo porque otras mujeres de la ficción aquejadas de cierto histerismo –que diría alguien un tanto superficial– nunca he llegado a creérmelas y por tanto han acabado por no interesarme nada. Pongo como ejemplo a la archiconocida Blanche DuBois de Un tranvía llamado Deseo, por quien no comparto ese entusiasmo general por sus pasiones incomprendidas y blabla. Dudo mucho que nadie conozca a una Blanche en la vida real, y dudo mucho que haya alguien que no conozca a una Emma.

Con un comienzo que, para mí, presagiaba lo peor (descripciones excesivas, narración lenta…) el relato va ganando en interés conforme avanza el propio atrevimiento de Madame Bovary por experimentar nuevas (y peligrosas) sensaciones. Su huida hacia delante, su inconsciencia y su deseo irrefrenable por salir del aburrimiento y la apatía provocan nuestra atención, sabedores de que las consecuencias de sus escapadas terminarán por precipitarse hacia algo poco deseable. O como diríamos en términos modernos, que se masca la tragedia conforme las páginas se van terminando.

Libro cruel, pero veraz. Honesto, documentado… completamente ligado a la verdad, y eso me gusta. No hay cosa que aborrezca más que toparme con un relato cuyo autor se ve a la legua que no tiene ni idea de lo que está hablando, que no conoce a los mismos personajes que ha creado o, lo peor, que emite (adrede o no) juicios de valor para que el lector no se pierda y sea llevado de la mano por la senda del bien (o la peculiar idea del bien del escritor). Gustave Flaubert no cae en tamaña ordinariez intelectual, y puede que precisamente por eso tuviese problemas incluso legales por publicar una historia tan… rompedora. Los moralistas, siempre los moralistas. En todos los lugares y en todas las épocas. Nunca faltan.

Para finalizar, diré que, si bien es digna de compasión (faltaría más) yo no he considerado a Emma Bovary una mujer particularmente acreedora de nuestra admiración. Vale que sea soñadora y que, posiblemente, fuera más talentosa en casi todos los aspectos que todos sus congéneres. Pero tampoco tenía derecho (ahí va mi juicio moral) a tratar como a un pobre cretino a un hombre que, no sólo la quería sinceramente, sino que además la proveía de sustento y muchos lujos (y una considerable mayor libertad que a las demás mujeres de su posición). Mención especial aparte hacia su propia hija Berta, tratada con desdén por su madre, demasiado obsesionada con un par de mindundis que no valían la pena. Pero… ¿Y ella, valía la pena ella?

La Bovary a mí me resulta una mujer muy provinciana con anhelos de ser de ciudad. Está tan asqueada del pueblucho cutre donde vive que se escabulle un par de veces a una ciudad de segunda y ya cree que es la repanocha. Da la impresión de que le gusta más ir a los cafés y al teatro por el hecho de ir en sí, que por degustar un buen café y disfrutar de una buena comedia (esto lo he comprobado en gente de la vida real). Ella quiere evadirse, quiere ascender. Pero ni siquiera sabe a dónde (y ni por supuesto cómo). Por eso no es raro que acabase cayendo en los brazos casi de los primeros dos que se cruzaron con el nudo de la corbata bien hecho, y oliendo un poco a perfume y a un mínimo de culturilla.

No sé, puede que disculpemos su falta de sensatez por ser una mujer ‘adelantada a su tiempo’ o que se ahogaba en un entorno tan cerrado y con tan poco margen de maniobra para una dama de su tiempo y situación. Pero lo que yo tengo claro es que en este mundo, has de aprender a jugar las cartas que te han salido. Si juegas mal, pagarás el precio; pero si pretendes cambiar las cartas a mitad de partida, el precio que pagarás será aún mayor. Y en definitiva, uno debe adaptarse e intentar ser feliz en el lugar que le toque. El que no se sepa adaptar, fracasará. Y Emma fracasó. No fue lo bastante fuerte, ni lo bastante racional, ni lo bastante paciente, ni lo bastante lista. Era atrevida, bondadosa (aunque algo inestable) y sensible. Pero esas cualidades no son suficientes.

A continuación, hablaré de todas las versiones cinematográficas y televisivas que han trasladado la novela a la pantalla. Empezando por la única que había visto antes de acometer esta lectura, en el instituto por cierto, siendo el único en toda la clase que prefirió quedarse a terminar de verla antes que “salir a fumar” al recreo.

– 1949, de Vicente Minnelli, con Jennifer Jones, estadounidense. Para mi gusto es la más lograda, a pesar de que tal vez sea la versión que introduce más cambios en pos de un relato más propio del cine, y de ofrecer escenas, gestos y actuaciones más explícitos y menos sutiles muy a la usanza de Hollywood. El casting es el ideal, con una actriz objetivamente linda pero sin ser espectacular (una guapa de pueblo, que yo suelo decir) y con un Charles de facciones toscas y que sabe expresar primorosamente bien las carencias intelectuales del pobre personaje. Una producción clásica –en el más benigno de los sentidos– que se une a aquellos inolvidables melodramas de los años cuarenta basados en grandes obras literarias, al mismo nivel que LA HEREDERA, ORGULLO Y PREJUICIO, GRANDES ESPERANZAS, ALMA REBELDE o ANNA KARENINA.

– 1947, de Carlos Schlieper, con Mecha Ortiz, argentina. Coloco esta versión tan arriba porque aunque poco famosa en la actualidad, me parece improbable que no fuera visionada por los productores de la anterior, pues la influencia me parece innegable. Con un inicio calcado al de la película hollywoodiense, en que el narrador es el propio Flaubert tratando de defender a su personaje estrella en medio de un juicio, esta filmación argentina es excelente en todos los aspectos. Aunque puede que la actriz principal se vea excesivamente “teatrera” en muchos momentos, y acusemos un cierto batiburrillo de acentos debido a la mezcla de intérpretes argentinos y españoles en el plantel.

– 2014, de Sophie Barthes, con Mia Wasikowska, inglesa. Al público de hoy, ese que no puede ver ya nada si no está grabado en full HK 13000 y con un dron, la producción británica última en el tiempo en ser rodada será la que mejor toleren. Por supuesto, es una película de época formalmente impecable y sin tacha de ninguna clase como suele ser habitual en estos ingleses (con alguna excepción draculina de la que no me quiero acordar). Gracias al Cielo, no cae en modernuras ni en mamarracheces guays, sino que se ciñe al relato… casi al ciento por ciento. Y digo casi porque, y esto me cuesta creer que no ha sido aposta, obvia el componente cristiano que es subrayado en la novela especialmente cuando el personaje de Emma está agonizando en la cama. Este episodio es crucial para comprender la mentalidad de los personajes y la propuesta del autor, y sin embargo la tal Sophie Barthes prescinde de ello, lo que priva a su correcta filmación incluso de un final propiamente dicho. Una metedura de pata innecesaria. Ah, y como anécdota, JANE EYRE, tres años anterior y protagonizada por la misma actriz, tiene la misma secuencia de inicio. La misma. LA MISMA, repito (me parece curioso que la misma mujer interprete a un personaje descrito como “poco agraciado y de carácter retraído” en una historia y como “de gran belleza y espíritu jubiloso” en otra).

– 1934, de Jean Renoir, con Valentine Tessier, francesa. La más antigua de las producciones bovaryianas pertenece al país que vio nacer este relato, y sin embargo, no logra un éxito especial. Su afamadísimo director rueda con poco dinamismo e interés una obra como si fuera de teatro (con evidentes limitaciones técnicas propias de los primeros tiempos del sonoro). Hoy por hoy, creo que es la más difícil de ver, la más aburrida.

– 1991, de Claude Chabrol, con Isabelle Huppert, francesa. Una vez más, no por autóctona resulta mejor la propuesta, y declaro que la versión gala de los noventa es sin duda la más floja. Sin llegar a ser un desastre total, creo que comete una serie de errores que convierten al fascinante planteamiento del escritor en ‘un petit supplice’ de más de dos horas, cuya principal trampa es la actriz elegida: la fea (sí, fea) Isabelle Huppet. Ésta, además de inadecuada simple y llanamente por sus facciones naturales, encima hace gala de su característica inexpresividad que muchos espectadores encontrarán encantadora pero que en este papel no pega ni con cola. Vaya, una mujer supuestamente hinundada por las pasiones más extremas, en esta versión la vemos como una siesa a la que parece que todo le da igual. Fallida.

– 1969, de Hans Schott-Schobinger, con Edwige Fenech, italo-germana. Si sois andaluces y nacisteis en los ochenta recordaréis con más frustración que ilusión las sesiones nocturnas de los sábados, en que se nos prometían peliculones llenos de erotismo que nos darían algo de consuelo a los púberes de la época. Lo que nos daban, en cambio, eran unas películas pseudo-históricas de producciones tirando a cutres y en que una o dos escenas de desnudos parciales tenían que bastar para contentarnos. La Madame Bovary italiana es exactamente eso, y aparte de ser fiel al libro (cosa que me sorprendió) no destaca ni por fotografía, ni puesta en escena y ni desde luego interpretaciones. Ahora eso sí, contemplar aunque sea por segundos los espectaculares encantos mamarios de Edwige Fenech creo que validan por sí solos el esfuerzo del visionado. Si ahora me lo parece, imaginad a un chaval de los años sesenta viendo esto…

– 1993, de Ketan Mehta, con Deepa Sahi, india. Sorpresón al alcance de cualquiera (está en Netflix, bajo el título de MAYA), que tiene el honor de ser la primera producción musical india que he visto nunca, y para mi regocijo, llena de talento y buen gusto. Actualizada a una época contemporánea y trasladada al país asiático, es increíble cómo no pierde ni un ápice de su esencia literaria. Recomendadísima.

– 2011, de Arturo Ripstein, con Arcelia Ramírez, mexicana. Esta propuesta tiene bastante más de Jodorowsky que de Flaubert, y por lo tanto, creo que es prescindible si estás en ver todas las versiones de la novela. Se centra en los últimos pasos de Emma (en este caso, Emilia) cuando las deudas la asfixian y no encuentra a nadie que la socorra. Experimento moderno y alternativo; no es para todos, pero podréis darle una oportunidad gracias a Filmin, con el título LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

– Miniserie británica de 1975, con Francesca Annis. Como hemos dicho, en esta asignatura Inglaterra siempre saca dieces, y el único pero es que no vais a poder dar con ella ni doblada ni subtitulada al español. Cuatro capítulos de una hora con el sello de la BBC, con un Charles que se pasa de pusilánime y debilucho (ciertamente repelente) y con una Emma muy entregada a placeres decadentes, y retratada con altivez, y con una falta de humildad e incluso de simpatía si bien plasmados en la obra original, un poco exagerados en esta versión.

– Miniserie británica de 2000, con Frances O’connor. Esta a veces la pasan como miniserie y a veces como película larga para televisión. Aunque bien ambientada, bien actuada y bien reflejado el texto original, la he hallado vulgar en según qué momentos (escenas de sexo y tal). No es que sea mala o que no nos sirva, es que es la que menos ha conseguido calarme. Yo lo achaco a cierta dejadez, cierta falta de ímpetu por parte de los directores y productores en meterse dentro de la piel del autor para escudriñar a fondo todo lo que este gran relato representa, y le pasa tanto a esta como a la más reciente versión de 2014. Puede que no haya espacio para Madame Bovary en los tiempos de la cultura Tik-tok.