
Llevaba años dando largas a una lectura que en el fondo de mi mente sabía que era ineludible. Y creo que se debía a que estaba más o menos seguro de que me iba a encontrar una historia romántica, dulzona y melancólica, carente de demasiada acción. La sutil sorpresa que me llevé fue comprobar que se trataba de una novela realista, en donde los personajes son descritos con profundidad y madurez, y los entornos y situaciones en que participan son presentados como mundanos, cotidianos, vulgares, o en resumen, “normales”.
No hay grandes heroísmos en esta historia, ni tampoco odiosas villanías. Más bien las debilidades propias de cualquiera que te encuentres, las mediocridades que ya damos por sentadas por habituales. Esto incluye a la propia Emma, la protagonista y figura central del gran drama confeccionado excelentemente bien por el autor (de quien desconozco cualquier otra obra). El retrato detallista y sensible que ofrece el señor Flaubert me ha impresionado, principalmente por su verosimilitud; en fin, que parece que ha descrito a alguien que conocemos, que se nota que vio y estudió a mujeres como ella. Que me he creído a Emma Bovary.
Lo señalo porque otras mujeres de la ficción aquejadas de cierto histerismo –que diría alguien un tanto superficial– nunca he llegado a creérmelas y por tanto han acabado por no interesarme nada. Pongo como ejemplo a la archiconocida Blanche DuBois de Un tranvía llamado Deseo, por quien no comparto ese entusiasmo general por sus pasiones incomprendidas y blabla. Dudo mucho que nadie conozca a una Blanche en la vida real, y dudo mucho que haya alguien que no conozca a una Emma.
Con un comienzo que, para mí, presagiaba lo peor (descripciones excesivas, narración lenta…) el relato va ganando en interés conforme avanza el propio atrevimiento de Madame Bovary por experimentar nuevas (y peligrosas) sensaciones. Su huida hacia delante, su inconsciencia y su deseo irrefrenable por salir del aburrimiento y la apatía provocan nuestra atención, sabedores de que las consecuencias de sus escapadas terminarán por precipitarse hacia algo poco deseable. O como diríamos en términos modernos, que se masca la tragedia conforme las páginas se van terminando.
Libro cruel, pero veraz. Honesto, documentado… completamente ligado a la verdad, y eso me gusta. No hay cosa que aborrezca más que toparme con un relato cuyo autor se ve a la legua que no tiene ni idea de lo que está hablando, que no conoce a los mismos personajes que ha creado o, lo peor, que emite (adrede o no) juicios de valor para que el lector no se pierda y sea llevado de la mano por la senda del bien (o la peculiar idea del bien del escritor). Gustave Flaubert no cae en tamaña ordinariez intelectual, y puede que precisamente por eso tuviese problemas incluso legales por publicar una historia tan… rompedora. Los moralistas, siempre los moralistas. En todos los lugares y en todas las épocas. Nunca faltan.
Para finalizar, diré que, si bien es digna de compasión (faltaría más) yo no he considerado a Emma Bovary una mujer particularmente acreedora de nuestra admiración. Vale que sea soñadora y que, posiblemente, fuera más talentosa en casi todos los aspectos que todos sus congéneres. Pero tampoco tenía derecho (ahí va mi juicio moral) a tratar como a un pobre cretino a un hombre que, no sólo la quería sinceramente, sino que además la proveía de sustento y muchos lujos (y una considerable mayor libertad que a las demás mujeres de su posición). Mención especial aparte hacia su propia hija Berta, tratada con desdén por su madre, demasiado obsesionada con un par de mindundis que no valían la pena. Pero… ¿Y ella, valía la pena ella?
La Bovary a mí me resulta una mujer muy provinciana con anhelos de ser de ciudad. Está tan asqueada del pueblucho cutre donde vive que se escabulle un par de veces a una ciudad de segunda y ya cree que es la repanocha. Da la impresión de que le gusta más ir a los cafés y al teatro por el hecho de ir en sí, que por degustar un buen café y disfrutar de una buena comedia (esto lo he comprobado en gente de la vida real). Ella quiere evadirse, quiere ascender. Pero ni siquiera sabe a dónde (y ni por supuesto cómo). Por eso no es raro que acabase cayendo en los brazos casi de los primeros dos que se cruzaron con el nudo de la corbata bien hecho, y oliendo un poco a perfume y a un mínimo de culturilla.
No sé, puede que disculpemos su falta de sensatez por ser una mujer ‘adelantada a su tiempo’ o que se ahogaba en un entorno tan cerrado y con tan poco margen de maniobra para una dama de su tiempo y situación. Pero lo que yo tengo claro es que en este mundo, has de aprender a jugar las cartas que te han salido. Si juegas mal, pagarás el precio; pero si pretendes cambiar las cartas a mitad de partida, el precio que pagarás será aún mayor. Y en definitiva, uno debe adaptarse e intentar ser feliz en el lugar que le toque. El que no se sepa adaptar, fracasará. Y Emma fracasó. No fue lo bastante fuerte, ni lo bastante racional, ni lo bastante paciente, ni lo bastante lista. Era atrevida, bondadosa (aunque algo inestable) y sensible. Pero esas cualidades no son suficientes.
A continuación, hablaré de todas las versiones cinematográficas y televisivas que han trasladado la novela a la pantalla. Empezando por la única que había visto antes de acometer esta lectura, en el instituto por cierto, siendo el único en toda la clase que prefirió quedarse a terminar de verla antes que “salir a fumar” al recreo.
– 1949, de Vicente Minnelli, con Jennifer Jones, estadounidense. Para mi gusto es la más lograda, a pesar de que tal vez sea la versión que introduce más cambios en pos de un relato más propio del cine, y de ofrecer escenas, gestos y actuaciones más explícitos y menos sutiles muy a la usanza de Hollywood. El casting es el ideal, con una actriz objetivamente linda pero sin ser espectacular (una guapa de pueblo, que yo suelo decir) y con un Charles de facciones toscas y que sabe expresar primorosamente bien las carencias intelectuales del pobre personaje. Una producción clásica –en el más benigno de los sentidos– que se une a aquellos inolvidables melodramas de los años cuarenta basados en grandes obras literarias, al mismo nivel que LA HEREDERA, ORGULLO Y PREJUICIO, GRANDES ESPERANZAS, ALMA REBELDE o ANNA KARENINA.
– 1947, de Carlos Schlieper, con Mecha Ortiz, argentina. Coloco esta versión tan arriba porque aunque poco famosa en la actualidad, me parece improbable que no fuera visionada por los productores de la anterior, pues la influencia me parece innegable. Con un inicio calcado al de la película hollywoodiense, en que el narrador es el propio Flaubert tratando de defender a su personaje estrella en medio de un juicio, esta filmación argentina es excelente en todos los aspectos. Aunque puede que la actriz principal se vea excesivamente “teatrera” en muchos momentos, y acusemos un cierto batiburrillo de acentos debido a la mezcla de intérpretes argentinos y españoles en el plantel.
– 2014, de Sophie Barthes, con Mia Wasikowska, inglesa. Al público de hoy, ese que no puede ver ya nada si no está grabado en full HK 13000 y con un dron, la producción británica última en el tiempo en ser rodada será la que mejor toleren. Por supuesto, es una película de época formalmente impecable y sin tacha de ninguna clase como suele ser habitual en estos ingleses (con alguna excepción draculina de la que no me quiero acordar). Gracias al Cielo, no cae en modernuras ni en mamarracheces guays, sino que se ciñe al relato… casi al ciento por ciento. Y digo casi porque, y esto me cuesta creer que no ha sido aposta, obvia el componente cristiano que es subrayado en la novela especialmente cuando el personaje de Emma está agonizando en la cama. Este episodio es crucial para comprender la mentalidad de los personajes y la propuesta del autor, y sin embargo la tal Sophie Barthes prescinde de ello, lo que priva a su correcta filmación incluso de un final propiamente dicho. Una metedura de pata innecesaria. Ah, y como anécdota, JANE EYRE, tres años anterior y protagonizada por la misma actriz, tiene la misma secuencia de inicio. La misma. LA MISMA, repito (me parece curioso que la misma mujer interprete a un personaje descrito como “poco agraciado y de carácter retraído” en una historia y como “de gran belleza y espíritu jubiloso” en otra).
– 1934, de Jean Renoir, con Valentine Tessier, francesa. La más antigua de las producciones bovaryianas pertenece al país que vio nacer este relato, y sin embargo, no logra un éxito especial. Su afamadísimo director rueda con poco dinamismo e interés una obra como si fuera de teatro (con evidentes limitaciones técnicas propias de los primeros tiempos del sonoro). Hoy por hoy, creo que es la más difícil de ver, la más aburrida.
– 1991, de Claude Chabrol, con Isabelle Huppert, francesa. Una vez más, no por autóctona resulta mejor la propuesta, y declaro que la versión gala de los noventa es sin duda la más floja. Sin llegar a ser un desastre total, creo que comete una serie de errores que convierten al fascinante planteamiento del escritor en ‘un petit supplice’ de más de dos horas, cuya principal trampa es la actriz elegida: la fea (sí, fea) Isabelle Huppet. Ésta, además de inadecuada simple y llanamente por sus facciones naturales, encima hace gala de su característica inexpresividad que muchos espectadores encontrarán encantadora pero que en este papel no pega ni con cola. Vaya, una mujer supuestamente hinundada por las pasiones más extremas, en esta versión la vemos como una siesa a la que parece que todo le da igual. Fallida.
– 1969, de Hans Schott-Schobinger, con Edwige Fenech, italo-germana. Si sois andaluces y nacisteis en los ochenta recordaréis con más frustración que ilusión las sesiones nocturnas de los sábados, en que se nos prometían peliculones llenos de erotismo que nos darían algo de consuelo a los púberes de la época. Lo que nos daban, en cambio, eran unas películas pseudo-históricas de producciones tirando a cutres y en que una o dos escenas de desnudos parciales tenían que bastar para contentarnos. La Madame Bovary italiana es exactamente eso, y aparte de ser fiel al libro (cosa que me sorprendió) no destaca ni por fotografía, ni puesta en escena y ni desde luego interpretaciones. Ahora eso sí, contemplar aunque sea por segundos los espectaculares encantos mamarios de Edwige Fenech creo que validan por sí solos el esfuerzo del visionado. Si ahora me lo parece, imaginad a un chaval de los años sesenta viendo esto…
– 1993, de Ketan Mehta, con Deepa Sahi, india. Sorpresón al alcance de cualquiera (está en Netflix, bajo el título de MAYA), que tiene el honor de ser la primera producción musical india que he visto nunca, y para mi regocijo, llena de talento y buen gusto. Actualizada a una época contemporánea y trasladada al país asiático, es increíble cómo no pierde ni un ápice de su esencia literaria. Recomendadísima.
– 2011, de Arturo Ripstein, con Arcelia Ramírez, mexicana. Esta propuesta tiene bastante más de Jodorowsky que de Flaubert, y por lo tanto, creo que es prescindible si estás en ver todas las versiones de la novela. Se centra en los últimos pasos de Emma (en este caso, Emilia) cuando las deudas la asfixian y no encuentra a nadie que la socorra. Experimento moderno y alternativo; no es para todos, pero podréis darle una oportunidad gracias a Filmin, con el título LAS RAZONES DEL CORAZÓN.
– Miniserie británica de 1975, con Francesca Annis. Como hemos dicho, en esta asignatura Inglaterra siempre saca dieces, y el único pero es que no vais a poder dar con ella ni doblada ni subtitulada al español. Cuatro capítulos de una hora con el sello de la BBC, con un Charles que se pasa de pusilánime y debilucho (ciertamente repelente) y con una Emma muy entregada a placeres decadentes, y retratada con altivez, y con una falta de humildad e incluso de simpatía si bien plasmados en la obra original, un poco exagerados en esta versión.
– Miniserie británica de 2000, con Frances O’connor. Esta a veces la pasan como miniserie y a veces como película larga para televisión. Aunque bien ambientada, bien actuada y bien reflejado el texto original, la he hallado vulgar en según qué momentos (escenas de sexo y tal). No es que sea mala o que no nos sirva, es que es la que menos ha conseguido calarme. Yo lo achaco a cierta dejadez, cierta falta de ímpetu por parte de los directores y productores en meterse dentro de la piel del autor para escudriñar a fondo todo lo que este gran relato representa, y le pasa tanto a esta como a la más reciente versión de 2014. Puede que no haya espacio para Madame Bovary en los tiempos de la cultura Tik-tok.