Libros que leí: UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO (Mark Twain, 1889, Estados Unidos).

He tenido que dejar el libro por mitad, no he sido capaz de más tormento. E iré al grano con mis razones: Hank Morgan, el protagonista de esta historia, es un mierda al que no puedo soportar ni una línea más.

Curiosamente, en la página 95 llega a decir textualmente, yo no soy mejor que los demás. Lo que tiene gracia, pues los necios que dicen esa frase redundante y de perogrullo en voz alta precisamente se creen muuuuuucho mejores que los demás, con lo que se confirma su repelente jactancia.

Manda huevos que el accidente que propicia el viaje en el tiempo le tuviera que ocurrir a un pedante que no para de pontificar a la menor oportunidad. Y además, Twain, experto y todólogo, predica acerca de todo lo que se nos ocurra: moda, alimentación, política, historia, sociedad, economía, derecho, administración, industria, ética y, por encima de todo, religión. Como buen presbiteriano congregacional del octavo año bisiesto mormónico-metodista, es un feroz crítico (aunque sería mejor acuñar el término “odiador” para personas como él) de la Santa Madre Iglesia, o lo que es lo mismo, un sectario sabelotodo. Quiere ser Jonathan Swift con su Gulliver, pero le sale mal mal mal (y con toques de El Quijote, dicho sea de paso). Carece de la sutileza y la sensibilidad de aquél, por tanto esta novela es mucho menor en todo aspecto.

Sus sermones aburren, si estás de buen humor, y provocan nauseas si estás del malo. Un moralista fanático y coñazo, que juzga con ligereza e ignorancia a todo el mundo menos a él. Y su alabanza siniestra de la Revolución Francesa… ay Dios. Atended: La verdad que todo esto se parece a lo que uno lee acerca de Francia y de los franceses antes de la por siempre memorable y bendita revolución, que barrió mil años de tales infamias en un rápido maremoto de sangre, en uno solo, es decir, en una liquidación de aquella vieja deuda en la proporción de media gota de sangre por cada veinte cántaras de la que había sido arrancada al pueblo mediante torturas lentas en el lastimoso transcurso de diez siglos de injusticia, de vergüenza y de miseria, que no encuentran comparación sino en el mismo infierno. Me llevó un rato percatarme de que no había sarcasmo en esta declaración. Ni en esta otra salvajada, propia de un burgués irresponsable y trivial (exactamente igual que los de ahora): (…) A pesar de todas las bellas palabras y de todo cuanto se ha filosofado en contrario, ningún pueblo del mundo consiguió su libertad mediante charlas untuosas y argumentos de índole moral, porque es una ley inmutable que todas las revoluciones que han de triunfar tienen que empezar con sangre, adopten luego la actitud que adopten. Si la Historia enseña algo, es esa lección. De modo, pues, que lo que aquella gente estaba necesitando era un reinado del terror y una guillotina (…). Valiente capullo, de verdad.

Tiene, en efecto, ramalazos marxistas cuando también habla de regular los precios (una fantasía totalitaria de tantos y tantos idiotas). Y al mismo tiempo, se compara con Jesucristo cuando le dice a un futuro “discípulo”: No seréis esclavo de nadie. Reunid a vuestra familia y marchaos. Vuestro señor el obispo confiscará vuestros escasos bienes, pero no os importe. Clarence os establecerá a vuestra comodidad. Le faltó añadir ‘abandona todas tus riquezas y sígueme’. Lo cual tiene gracia, porque el libro es, como ya he dicho, profundamente anticlerical, moda de su época.

Hay que decir, no obstante, que Mark Twain tiene destellos inteligentes, propios de alguien maduro que conoce la vida y el mundo: Es frecuente que las pruebas mudas circunstanciales hablen en tono más alto y con mayor claridad que ninguna lengua de testigo. / Cuando el preso ha perdido ya el espíritu, las cadenas están de más. / etc.  Pero le pueden sus impulsos de superioridad moral. El 60 por ciento de las páginas son para sermonear, y lo que queda es para narrar una historia no muy bien contada, con particular exceso de repetición de palabras.

El relato está expuesto casi como si pretendiera ser una obra de teatro que trata de provocar risotadas entre el público con sus supuestos “puntazos” hilarantes, y no dudo que el autor lo intentase llevar al escenario de su ciudad para colmarse de aplausos fáciles. Pero como novela ya os digo yo que es un plomo. Y en determinados pasajes, incluso cursi y ridículamente apasionada.

Sí, el narrador es una suerte de monologuista graciosillo, vehículo de la fantasía del faltón escritor, empeñado éste en humillar lo más posible a los héroes clásicos, no acierto a comprender el motivo, aunque me inclino que por llana frivolidad: por hacer unas risas, por dárselas de.

Además, obcecado en alimentar los mitos medievales, al tiempo que se burla de ellos (supongo yo que por hastío de tanta obsesión con aquella etapa histórica, que se produjo en los últimos estertores del Romanticismo), no para de repetir lo de que la gente en la Edad Media no se lavaba. Y ni todos los perfumes, aceites, jabones y cremas que se han encontrado los investigadores en los castillos, las altas residencias y los palacios, convencerán a este necio de Mark Twain de lo gilipollas de sus ideas: la peña en el medievo era asquerosa, subnormal y daba pena, punto. ¡Menos mal que he venido yo a recordároslo!

No voy a atormentaros más con la cascada de imbecilidades y sandeces que el autor es capaz de proferir ufano él en su librucho. Sólo deciros que los progres existen desde siempre. Y siempre con ese complejo de superioridad tan adorable.

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