Libros que leí: MISERY (Stephen King, 1987, Estados Unidos).

Para mí ha sido excitante ponerme al fin con una obra de un autor sobre el que tenía muchos prejuicios desde adolescente. A decir verdad, ya intuí que podía resultar más interesante de lo que creía cuando una noche, hace a lo mejor diez años, me quedé a dormir en el apartamento de Marta y, no pudiendo encender la tele para no molestarla mientras ella dormía en su habitación, encontré ‘Misery’ en una estantería del salón, y leí algunos capítulos.

Siendo además el génesis de docenas de largometrajes muy famosos, con algunos ejemplos de auténticas obras maestras, como CARRIE, EL RESPLANDOR y CADENA PERPETUA, yo no tenía derecho a no terminar leyendo ciertas novelas suyas, y supongo que ‘Misery’ es un buen comienzo.

En resumidas cuentas, se trata de un libro adictivo, curioso, de estilo sencillo y directo, algo vulgar, algo sensacionalista y muy centrado en la descripción de los personajes, más que de los lugares o los objetos. En este último aspecto, recuerda un poco a los guiones de películas, si bien gran parte de la novela está dedicada a los pensamientos, recuerdos y sentimientos del desventurado protagonista, el escritor Paul Sheldon.

Exacto, escritor. Me he dado cuenta de que hay muchos escritores en la prosa de Stephen King, y de que es bastante obvio que es él mismo imaginándose en situaciones de lo más truculento. Y es que, independientemente de si te gusta su forma de escribir o no, una cosa sí sabe hacer bien el de Maine, y es que un buen relato de ficción, sobre todo si trata de suscitar el morbo en el público, ha de llevar las cosas al extremo, provocando que los personajes y sus circunstancias vayan cada vez a peor, y a peor, y a peor…

Lo que viene siendo tensar al máximo, para finalmente liberar esa tensión, en el caso de Stephen King, con altas dosis de violencia casi siempre. Y se ve que aprendió a hacer esto desde el principio, porque su primera novela publicada, ‘Carrie’, ya sabemos todos cómo acaba.

Los únicos peros que le pongo a esta entretenida (y recomendable) lectura se encuentran en las trampas en las que el mismo autor a veces cae, y se enfanga en ellas, alargando el relato innecesariamente y haciéndolo previsible. Digamos que recurre a lo que en el cine de terror se llaman popularmente “jumpscares” (sobresaltos), y otros truquejos facilones que le restan seriedad a su escritura. Tendría que leer más libros suyos, en particular los más recientes para comprobar si se ha quitado ese vicio, o si lo ha empeorado, ya lo sabremos.

Lo más destacable para mí ha sido su forma de plasmar a sus fans. Annie Wilkes no es como en la extraordinaria peli de 1990, sino que es poco menos que un engendro lovecraftiano. Es un mostrenco de fuerza sobrehumana, aspecto aterrador, higiene discutible y, por supuesto, mente perturbada y sádica, que por añadidura cuenta con otros atributos como el egoísmo, el rencor, la astucia y la capacidad y la voluntad de manipular y mentir al que se le ponga delante. Más que una psicópata –que al usar el término “médico”, ya parece que se la disculpa por estar enferma– lo que es es gentuza. Es una mierdosa vil y miserable que, aislada de la sociedad no por propia voluntad (como dice ella y como dicen todos los aislados de la sociedad), sino porque absolutamente ningún ser humano podría aguantarla, al sufrir Paul su accidente en la carretera, ella ve un caramelo reluciente al que no renunciará jamás de los jamases.

No tiene sentido de la ética salvo el que aprendió de sus semejantes por mimetismo más que por otra cosa. Es una lerda intelectual, aunque avispada y astuta; o como en Andalucía decimos, que es tonta pero no está tonta. Estéticamente es una nulidad y una hortera, y como todos los mierdas egoístas que nos topamos a lo largo de la vida, se cree con pleno derecho a hacer las cosas que hace, dañen o no al prójimo. Para mí, después de leer con rapidez el libro (más rápido que otros libros, quiero decir, por su estilo ligero), Annie Wilkes es ante todo una cínica de mil demonios. Y me gusta que Stephen King haya tratado con la gente suficiente como para darse cuenta de que estamos rodeados de ellos.

Por otra parte, me sorprendió comprobar que no es uno de esos narradores cutres que venden millones de ejemplares contando patochadas de mil páginas. En realidad, hay algo de profundidad y de compasiva humanidad en sus relatos. A veces, eso sí, abusa de las comparaciones, del tipo ‘vi un pájaro cuyas plumas se balanceaban como un niño en su columpio’ y de ese rollo, continuamente, y a mí al menos se me hicieron un poco cansinas. Más que nada porque no me hace falta tanta ayuda para imaginarme algo que estoy leyendo.

En lo referente a su versión cinematográfica, sólo decir que me alegro muchísimo de que decidieran hacerla sutil, elegante y para el gran público. Porque al margen de sus virtudes innegables, el libro de ‘Misery’ es de todo menos sutil, elegante y para el gran público.

Y a continuación, algunas citas que me pareció interesante subrayar:

Comprender a un psicótico es fácil cuando se le sigue la corriente.

Era la perfecta espectadora, una mujer que adoraba las historias sin que le importara el mecanismo de su construcción. Era la encarnación de aquel arquetipo victoriano: el Lector Constante (…). Annie habría visto los quince episodios en una noche aunque le doliesen los ojos y acabase con dolor de cabeza. Comentar con respecto a este pasaje, que he conocido a unas cuantas brujas cuya única pasión en la vida parecía que era verse tal serie de moda de Netflix o de Amazon, devorando sus catorce temporadas en tres noches.

Los depresivos se suicidan. Los psicóticos, mecidos en la cuna venenosa de su propio ego, quieren hacer el favor a todos los que les rodean de llevárselos con ellos.

Es bueno tener un poco de talento si quieres ser escritor, pero el único requisito auténtico es la habilidad para recordar la historia de cada cicatriz… El arte consiste en la persistencia de la memoria. Supongo que por esto la mayoría de la gente no es artista. Porque la gente en general, tiene la memoria cortísima. Resetean todos sus recuerdos cada seis meses, aproximadamente.

He tratado con la prensa. Quieren las dos cosas de siempre, que usted la cague mientras están rodando y que alguien pague los Martinis cuando llega la hora de las copas.

Esperar era correcto y luchar noble, pero al final sólo contaría el destino.

PROFUNDIDAD FRENTE A SUPERFICIALIDAD

En los Teatros del Canal de Madrid se ha estrenado la última producción del gran dramaturgo y director Teatral Albert Boadella, titulada “ELLA”.

Es una obra musical profunda, sincera, seria, dramática y muy hermosa. En la representación vivimos, con la excelente actriz María Rey-Joly, su drama emocional alternando la interpretación y el canto en su prodigiosa voz. Con la música empatizamos en el problema de esta mujer, que acaba de ser violada, y ha decidido superar esta circunstancia de la manera mas positiva, sobreponiéndose ante la catástrofe personal con todas sus fuerzas. ELLA decide aprender a sentir desde el canto, de la música, como una autoeducación sentimental, a pesar de que en su esfuerzo evoca una enorme cantidad de imágenes, a veces dolorosas y otras que no están relacionadas con la agresión que acaba de experimentar. Nos estremece y nos entregamos a su experiencia compartiendo sus emociones. T.S. Eliot dice que “Usamos la música para construir nuestra propia Entäusserung emocional, como podríamos modelar nuestras empatías adoptando los gestos rituales en un funeral o uniéndonos a un desfile patriótico”. Podemos y debemos pensar que la música tiene la autoridad moral que encontramos en los grandes dramaturgos de nuestra literatura dramática y de todo el teatro mundial. Albert Boadella lo sabe porque es el único sabio que queda en Europa, capaz de crear en escena un planteamiento dramático moral.

Como hombre civilizado huye del histerismo que, para representar una violación, habría construido cualquier escribidor de textos que hoy se llevan a escena, llevado del esperpento general del feminismo politizado actual. Como no lo hace su teatro se considera elitista, confundiendo belleza, serenidad, sabiduría teatral y musical, con gestos y movimientos dramáticos que sean fáciles al gran público. Boadella nos demuestra a través de su lúcida y brillante dirección y de sus recursos musicales, que puede mostrar la emoción y concluir el conflicto con eficacia poética.

María Rey-Joly, interpreta de manera prodigiosa a Strauss, Schubert, Bernstein, Falla, Weill, y un largo etcétera de piezas de una hermosura sobrecogedora y dramática, al mismo tiempo que interpreta con la categoría de las grandes actrices de todos los tiempos. Es una diosa del escenario, a su talento une su prodigioso físico, ella sola llena el espacio escénico y dramático, sus largas piernas atraviesan la embocadura con una facilidad extraordinaria. La acompañan dos eficaces músicos que representan esa condición masculina con la que el personaje que interpreta se reconcilia sin tragedias.

El piano y los arreglos son de Rubén Sánchez Viejo, y en el Violín, Alfredo Ancillo. Como siempre la iluminación hace su función imprescindible para crear la atmósfera de la obra, se debe, como es habitual, al talento de Bernat Jansá. Y la dramaturgia es de Martina Cabanas que también ha sido la ayudante de dirección.

Si aman el teatro y la música, NO SE LO PIERDAN.

Por Ana MEGÍAS CALERO

Libros que leí: UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO (Mark Twain, 1889, Estados Unidos).

He tenido que dejar el libro por mitad, no he sido capaz de más tormento. E iré al grano con mis razones: Hank Morgan, el protagonista de esta historia, es un mierda al que no puedo soportar ni una línea más.

Curiosamente, en la página 95 llega a decir textualmente, yo no soy mejor que los demás. Lo que tiene gracia, pues los necios que dicen esa frase redundante y de perogrullo en voz alta precisamente se creen muuuuuucho mejores que los demás, con lo que se confirma su repelente jactancia.

Manda huevos que el accidente que propicia el viaje en el tiempo le tuviera que ocurrir a un pedante que no para de pontificar a la menor oportunidad. Y además, Twain, experto y todólogo, predica acerca de todo lo que se nos ocurra: moda, alimentación, política, historia, sociedad, economía, derecho, administración, industria, ética y, por encima de todo, religión. Como buen presbiteriano congregacional del octavo año bisiesto mormónico-metodista, es un feroz crítico (aunque sería mejor acuñar el término “odiador” para personas como él) de la Santa Madre Iglesia, o lo que es lo mismo, un sectario sabelotodo. Quiere ser Jonathan Swift con su Gulliver, pero le sale mal mal mal (y con toques de El Quijote, dicho sea de paso). Carece de la sutileza y la sensibilidad de aquél, por tanto esta novela es mucho menor en todo aspecto.

Sus sermones aburren, si estás de buen humor, y provocan nauseas si estás del malo. Un moralista fanático y coñazo, que juzga con ligereza e ignorancia a todo el mundo menos a él. Y su alabanza siniestra de la Revolución Francesa… ay Dios. Atended: La verdad que todo esto se parece a lo que uno lee acerca de Francia y de los franceses antes de la por siempre memorable y bendita revolución, que barrió mil años de tales infamias en un rápido maremoto de sangre, en uno solo, es decir, en una liquidación de aquella vieja deuda en la proporción de media gota de sangre por cada veinte cántaras de la que había sido arrancada al pueblo mediante torturas lentas en el lastimoso transcurso de diez siglos de injusticia, de vergüenza y de miseria, que no encuentran comparación sino en el mismo infierno. Me llevó un rato percatarme de que no había sarcasmo en esta declaración. Ni en esta otra salvajada, propia de un burgués irresponsable y trivial (exactamente igual que los de ahora): (…) A pesar de todas las bellas palabras y de todo cuanto se ha filosofado en contrario, ningún pueblo del mundo consiguió su libertad mediante charlas untuosas y argumentos de índole moral, porque es una ley inmutable que todas las revoluciones que han de triunfar tienen que empezar con sangre, adopten luego la actitud que adopten. Si la Historia enseña algo, es esa lección. De modo, pues, que lo que aquella gente estaba necesitando era un reinado del terror y una guillotina (…). Valiente capullo, de verdad.

Tiene, en efecto, ramalazos marxistas cuando también habla de regular los precios (una fantasía totalitaria de tantos y tantos idiotas). Y al mismo tiempo, se compara con Jesucristo cuando le dice a un futuro “discípulo”: No seréis esclavo de nadie. Reunid a vuestra familia y marchaos. Vuestro señor el obispo confiscará vuestros escasos bienes, pero no os importe. Clarence os establecerá a vuestra comodidad. Le faltó añadir ‘abandona todas tus riquezas y sígueme’. Lo cual tiene gracia, porque el libro es, como ya he dicho, profundamente anticlerical, moda de su época.

Hay que decir, no obstante, que Mark Twain tiene destellos inteligentes, propios de alguien maduro que conoce la vida y el mundo: Es frecuente que las pruebas mudas circunstanciales hablen en tono más alto y con mayor claridad que ninguna lengua de testigo. / Cuando el preso ha perdido ya el espíritu, las cadenas están de más. / etc.  Pero le pueden sus impulsos de superioridad moral. El 60 por ciento de las páginas son para sermonear, y lo que queda es para narrar una historia no muy bien contada, con particular exceso de repetición de palabras.

El relato está expuesto casi como si pretendiera ser una obra de teatro que trata de provocar risotadas entre el público con sus supuestos “puntazos” hilarantes, y no dudo que el autor lo intentase llevar al escenario de su ciudad para colmarse de aplausos fáciles. Pero como novela ya os digo yo que es un plomo. Y en determinados pasajes, incluso cursi y ridículamente apasionada.

Sí, el narrador es una suerte de monologuista graciosillo, vehículo de la fantasía del faltón escritor, empeñado éste en humillar lo más posible a los héroes clásicos, no acierto a comprender el motivo, aunque me inclino que por llana frivolidad: por hacer unas risas, por dárselas de.

Además, obcecado en alimentar los mitos medievales, al tiempo que se burla de ellos (supongo yo que por hastío de tanta obsesión con aquella etapa histórica, que se produjo en los últimos estertores del Romanticismo), no para de repetir lo de que la gente en la Edad Media no se lavaba. Y ni todos los perfumes, aceites, jabones y cremas que se han encontrado los investigadores en los castillos, las altas residencias y los palacios, convencerán a este necio de Mark Twain de lo gilipollas de sus ideas: la peña en el medievo era asquerosa, subnormal y daba pena, punto. ¡Menos mal que he venido yo a recordároslo!

No voy a atormentaros más con la cascada de imbecilidades y sandeces que el autor es capaz de proferir ufano él en su librucho. Sólo deciros que los progres existen desde siempre. Y siempre con ese complejo de superioridad tan adorable.

LA GALERÍA DE ARTE DE PAOLA FERRANGAMO

De izquierda a derecha: Portrait painting de Ángel Rengell; Kate Moss-Portrait painting de Luccia Lignan; Drawing de Gustavo Miró; Collage de Anna Gvozdeva.

La galería situada en UK expone unas obras que parecen ir marcando los pasos que aúnan un discurso artístico entre dibujo, pintura, escultura, y digital art. En una intención de que convivan simultáneamente la figuración y la abstracción , representando a artistas de carrera media y consagrados, donde liga la variedad de estilos y técnicas en base al poder de las imágenes artísticas. Abundan sobre todo los grandes personajes plásticos ejerciendo el poder de sus texturas como si el paso por su galería actuase sobre la bidimensionalidad de la pintura. Nuestra art dealer es escrupulosa en su andadura, conoce el camino y los circuitos artísticos.

Representa a artistas como lucía Lignan, Josep Rodenas, Ángel Rangel, Anna Gvozdeva, Gustavo Miró, Luigi y otros que prepara en el “backstage contemporary”, con el rigor, la profesionalidad, y el absoluto silencio que caracteriza a Paola. Las obras son mas rotundas plásticamente, pues su escrupulosa profesionalidad da una mayor seguridad en el control de las obras y a su expresividad, ya que ganan en sensualidad, complacencia y brillantez, con el rigor y absoluto silencio que caracteriza a esta extraordinaria galerista, dealer escrupulosamente profesional en el suelo expositivo. Es el lugar de los encuentros con el arte, ese proceder profesional hace de Paola una mujer valiosa, intensa y profunda, de alguna forma una especie de mecenas renacentista.

Inminentes subastas marcan el nuevo 2025 con colección propia, junto a nuevas exposiciones y proyectos que van orquestándose en los complejos mundos plásticos y en los espacios fronterizos entre la obra del artista y la mirada del espectador, en el escenario de esta galería, que muestra los diferentes universos en el escenario de lo real y de lo onírico. Y todo por medio de un trabajo duro que resta horas a Morfeo, mérito de esta “diosa curador” que reta sin prejuicios a Dios cuando es necesario, mientras la melodía de Orfeo envuelve el obligado descanso orgánico.

Su inteligente criterio le impulsa a ser una admiradora de Amsel Kiefer, por eso es un fichaje deseable. Existe una satisfacción absoluta en los artistas que representa en la batalla del arte. Es muy notorio su esfuerzo para dotar de una razón intelectual a las creaciones artísticas que ella lleva, e impone su presencia en los espacios del mercado y la realización visual. Su trayectoria es la muestra de su fortaleza y profesionalidad para dar a conocer los maravillosos mundos de los artistas que la acompañan.

Por Ana MEGÍAS CALERO

Libros que leí: CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA (Gabriel García Márquez, 1981, Colombia).

El que ha sido uno de mis primeros acercamientos (pero ni mucho menos el último) a la literatura americana, si exceptuamos que el puro azar me llevó una vez a leer ‘El túnel’ de Ernesto Sábato para mi ventura, ha resultado sorprendente y en cierta manera abrumador.

Un hecho grotesco, salvaje y plagado de sordidez por todos los flancos, es transformado por un genio en un relato bello y sutil, en que con poquísimas palabras es capaz de describir el espíritu de sus numerosos personajes. En las pocas páginas que tiene esta extraordinaria novela uno acaba zambulléndose hasta el fondo en esa realidad decadente, melancólica, húmeda, calurosa, poblada por personas de ideas fijas, en que el ambiente agobiante les impide pensar con claridad, y actúan movidos por deseos inmediatos.

El mismo título y todo el planteamiento ya revela que este es un mundo regido por el destino inamovible. Puede que el autor viera esta historia como el que ve una colonia de hormiguitas desde arriba, sabedor de dónde irá cada una, y las consecuencias que tendrán los actos de todas ellas. Puede que nosotros en la vieja Europa nos hayamos auto-engañado haciéndonos creer que somos libres, que actuamos con total libertad de acción y de elección, que esa gente de más allá del océano viven aprisionados por sus pasiones y por eso sufren tantísimo…

Pero miro la tele, miro alrededor, y me miro a mí mismo, y pienso, ay. Creo que nuestro sino está marcado hace mucho tiempo y un Dios cruel se burló de nosotros al dotarnos de la imaginación necesaria para llevarnos a creer lo contrario. Y me parece que la única diferencia entre nuestra chulesca sociedad europea (sentenciada, por cierto) y los personajes de ‘Crónica de una muerte anunciada’ es que ellos tenían muy claro lo que tenían que hacer, y lo aceptan con reverencia y dignidad, incluso un acto tan atroz como asesinar a cuchilladas a un hombre indefenso. E incluso morir de una forma tan horrenda es aceptado por la propia víctima:

–        ¡Santiago, hijo –le gritó–, qué te pasa!

–        Que me mataron, niña Wene –dijo.

Y esto acertó a responder el pobre Santiago Nasar con, literalmente, las tripas fuera colgándole, rajado como un gorrino de arriba abajo, pocos segundos antes de desplomarse muerto.

Puede que a muchos les cueste entender por qué ha de ser así, por qué no se solucionó de otra manera todo el embrollo. Por qué la gente no fue más espabilada, o más activa a la hora de tratar de impedirlo, o por qué la víctima no huyó o se escondió, o por qué la novia se comportó así, o por qué el joven ricachón forastero tuvo que venir a liar a la gente sencilla del pueblo con sus extravagancias, o por qué los hermanos tuvieron que ser tan vehementes e irracionales, o por qué… Siempre que se desata la tragedia, ya sea en Colombia, en España, en China o en Sudáfrica, se acumulan las preguntas. Miles de ellas, completamente inútiles, y durante años, o décadas.

Gabriel García Márquez lo supo plasmar a la perfección, y es pues un cuento hermoso y colmado de tristeza. Colmado de humanidad. Cuento que, dicho sea de paso, fue llevado a la pantalla en 1987 en un largometraje que no trascendió, pese a su prestigioso elenco (hasta hace una semana, yo desconocía por completo su existencia), formado por actores ingleses, italianos, franceses, españoles, colombianos y de todo… ¡Hasta Irene Papas, que ya me diréis qué puede pintar aquí!

Esta coproducción italo-franco-colombiana es desconcertante al principio, pues su literalidad para con el texto la hace parecer una especie de trabajo de fin de carrera más que una película seria (el extraño doblaje tampoco ayuda). Al final, no obstante, resulta una obra elegante y muy bien realizada, con un gran trabajo de actores y de ambientación, donde lo único que se obvia es la parte de la desagradable “autopsia” que le hicieron improvisadamente al maltrecho cuerpo de Santiago Nasar, y que habría convertido la cinta en una obra ‘gore’. Una película que te deja un sabor de boca parecido al del libro, y por esto triunfa en lo referido a ser una buena adaptación. Un sabor dulce y amargo a la vez, como de trago largo de un licor fuerte y azucarado, que ya está algo corrompido por el tiempo.

Destino. Fatalidad. Cuanto antes dejemos de creer en las casualidades, mejor nos irá. O al menos, comprenderemos un poco mejor todo lo que nos ocurre.

Libros que leí: MI VECINO MIYAZAKI (Marta García Villar-Álvaro López Martín, 2017, España).

Mucho me temo que la actual industria del libro en España está sustentada por esta clase de librejos, de encuadernación bonita y maquetación currada pero con texto para limitados intelectuales. Si no directamente para asnos burgueses que son incapaces de adornar sus estanterías con otra cosa que con estos ladrillos de 30 euros con la calidad literaria de un foro de internet.

Lejos de ocultarlo, los dos urbanitas flipados que han perpetrado la obra se jactan de “dar charlas”, de asistir a “cine-forums” y de tener “blogs”, así que ya os podéis imaginar lo mucho que nos van a aportar Álvaro López y Marta García sobre la filmografía de Hayao Miyazaki y demás.

Sus análisis de perogrullo no merecen el desembolso de algo que puedes leer haciendo uso de cualquier buscador de internet, y además vienen sazonados (sobre todo en el caso de Marta) con perlitas ideológicas de esas que tan en boga están. Sí, con ese risible tonillo, propio de mentes infantilizadas, de querer adaptar obras de otro tiempo, otro lugar y otra cultura a tu universete particular de amor y fantasía que la realidad, más tarde o más temprano, acabará derruyendo sin piedad, para horror y lloriqueo de sus creyentes.

No es que sea el peor libro lleno de fotos y explicando cosas que ya sabemos que yo haya leído nunca, pero es el que ha caído en mis manos y el que va a pagar por todos los demás ‘los mil discos que hay que escuchar antes de morir’, ‘los cien videojuegos más influyentes de la historia’ y ‘las quinientas mejores películas de acción de los 80 y 90’, y toda esa basura, creada por cretinos que soñaban con editar su libro y que sus amigos les felicitaran e ir por la vida de gafapastas.

¡Escribid un libro de verdad, mataos!

Libros que leí: CONFESIONES (Agustín de Hipona, 398, Italia).

Voy a empezar mi disertación acerca de San Agustín yéndome al campo que más controlo, el del cine. En cierto capítulo, el autor nos habla de Expectación, atención, recuerdo. Es decir, de la impresión que provoca en nosotros la noción del pasado, del presente y del futuro. Tiene gracia, pues algunas películas han descrito con mucha agudeza este asunto. Y aparte de las celebérrimas ‘Regreso al futuro’, en el peliculón de 1993 dirigido por Clint Eastwood ‘Un mundo perfecto’, el personaje de Butch interpretado por Kevin Costner le dice a su compi Phillip que el automóvil en el que viajan es una máquina del tiempo: la cabina es el presente, el cristal trasero muestra el pasado y el parabrisas delantero te enseña el futuro. Algo parecido pero de manera más jocosa hablan en ‘La loca historia de las galaxias’ de Mel Brooks, cuando Casco Oscuro y su comandante en jefe se ponen a ver la película en vídeo de la que forman parte, llegando incluso al instante preciso en el que se hallan, el tiempo real, dando lugar a un galimatías imposible y divertidísimo.

Siento no poder enriquecer mucho más las enseñanzas de este docto autor clásico, pero es que se trata de un libro muy complejo. Y no únicamente por la facultad de San Agustín de retórico empedernido, sino por sus tratados filosóficos extraordinariamente enrevesados. Los capítulos finales son páginas y páginas reflexionando acerca del significado profundo de las primeras frases del Génesis, por poner un ejemplo. La parte autobiográfica, en cambio, resulta más amena además de fascinante, teniendo en cuenta que la vida de este santo no fue precisamente la de un asceta, y él mismo lo admite cuando dice Dadme la castidad y la continencia, pero no ahora.

Su vida está muy bien plasmada en la producción televisiva de 2010, con reparto italiano encabezado por Franco Nero. En esta miniserie conocemos sus vaivenes, sus problemas, sus debilidades, sus pecados y su evolución, que el propio autor detalla en estas Confesiones.

Dada mi ignorancia y mediocridad, lo único que he podido hacer es quedarme con eso que los aficionados a Paulo Coelho y similares llaman “sentencias”. Frases resultonas que para –insisto– necios como yo, son como perlas de sabiduría. Sólo que las que comentaré a continuación, difícilmente las encontrarás en el extremo de una bolsa de té.

¡Enamorado de mi precaria libertad de esclavo fugitivo! (…) ¡Tan grande es la ceguera de los hombres, que de la propia ceguera se glorían! es algo que dice en referencia a un incidente que le sucedió en su pubertad. Se ve que estando con su pandilla, robaron peras en un campo, y no contentos con la fechoría, el inocente (pero cruel) Agustín arremetió con el pobre cojo que cuidaba los perales, y esto parece que le produjo regocijo en su corazón ignorante. Me gustan estas frases con las que se describe a sí mismo y a sus semejantes, porque son imposibles de inventar: el que las ha escrito conoce al ser humano; lo ha tratado mucho y sabe muy de cerca cuáles son sus flaquezas.

San Agustín vivió mucho y muy intensamente, pero no se quedó ahí: reflexionó, y muchísimo. Por eso todo lo que nos diga nos enseñará. Y me resulta curioso que yo lo haya apreciado más como un libro de contenido humanista que de contenido cristiano. Temía tanto desembarazarme de todo estos estorbos como debiera temerse el embarazarse con ellos (Ahondando en la naturaleza esclava del hombre, de su pasión por las banalidades y la gratificación inmediata y fácil, y de lo titánico del esfuerzo que supone cambiar, y liberarse de los lastres, tanto materiales como espirituales. Todas las otras cosas de la vida tanto son menos para llorar cuanto más se lloran, y tanto más son para llorar cuanto menos se llora por ellas.)

Puede que leer a autores sensibles y concienciados con la fe en Dios y con el género humano sea reconfortante en momentos de tribulación y congoja personal. El mundo es y siempre ha sido (y naturalmente, siempre será) un lugar agresivo, injusto y peligroso. Las personas nos hacen daño y pequeño bien me parecía este si una triste experiencia no me hubiera hecho ver la innumerable cantidad de gentes que –yo no sé por qué apestoso contagio de pecados que cunde por doquiera– van no sólo a comunicar a los enemigos enojados lo que dijeron sus enojados enemigos, sino que añaden lo que no dijeron.

San Agustín, en muchos momentos de su vida, también se vio herido por la opinión de los otros, adicto a su frívola aprobación: Pero me contenta más la verdad que las alabanzas. Porque si se me ofreciera opción entre ser loco furioso o en todas las cosas equivocado, mereciendo por ello alabanza universal, o ser constante y firmísimo en mi adhesión a la verdad, mereciendo por ello general reproche, yo sé muy bien lo que elegiría. No obstante, yo no querría que me aumentase la satisfacción de una buena obra mía el sufragio y favor de boca ajena. Pero la aumenta, lo confieso, así como la desaprobación la disminuye.

En fin, terminaré contando que llevo unos días abatido por culpa de mi inseguridad y de mi vanidad, obsesionadas con el escrutinio ajeno, y siempre buscando algo de los demás pero guardando cautelosamente mi propia bolsa, porque Es así, es así, es así el corazón humano. Ciego y enfermo, torpe y vergonzoso, quiere permanecer escondido y no quiere que a él ninguna cosa se le esconda. Por eso me sentí mejor al leer algo que debería recordarme de vez en cuando, y que la cantante Alaska hizo popular en los ’80 con un texto algo más accesible:

¿Y qué me importaba a mí lo que los hombres pensasen y los comentarios que hiciesen de aquel secreto designio mío y que blasfemasen o no blasfemasen mi bien?

NOTA FINAL: no sabéis cuánto me alegró leer cómo Agustín también fue testigo de la estulticia de los cretinos “pro-ciencia” que por alguna razón oscura siempre odian con saña la religión y a quienes la practican en paz: Se mofaban de la fe con la temeraria promesa de la ciencia y luego imponían a la creencia tantas y tantas fábulas y absurdos. Y sentencia más tarde con algo que me recordó mucho a eventos recientes: Como suele acontecer al que cayó en manos de un mal médico, que después no se atreve a fiar del bueno.

Libros que leí: EL NECRONOMICÓN (H.P.Lovecraft y otros autores, 1996, Estados Unidos).

Este libro, pese a no contar casi con ningún texto escrito por el de Providence, es todo un chute de mitología lovecraftiana: que si loto negro, que si culto a Dagon, que si ciudades prohibidas, que si dioses primigenios… Y no sé si el editor lo pretendía pero su lectura ha resultado complicada por culpa de una estructura caótica.

Primero decir que la edición española que ha llegado a mis manos es desastrosa, con letras diminutas, con un índice inútil y totalmente errado, con mezcla de relatos de una página junto a otros larguísimos, etc. Y pensándolo bien, puede que esa leyenda de que leer el Necronomicón causa la locura, con un libro así un poco sí que se logra.

Segundo, si algún incauto se acerca a este volumen buscando una conexión con las películas de Sam Raimi –su saga ‘Evil Dead’– se decepcionará, pues el director tan sólo tomó el nombre y el concepto de un libro maldito (y lo adornó muy bien, eso sí). En Historia del Necronomicón –el único relato escrito realmente por Lovecraft, por desgracia– parece que el célebre autor pretendió ir poco a poco creando el mito de que su ficticio libro mágico había sido redactado en la realidad en un pasado remoto. Esta obra se fue completando gracias a otros autores de su esfera y fans posteriores, que es lo que en verdad contiene este compendio de relatos de terror, en que a continuación destacaré los más notables.

No voy a pararme a mencionar a los autores (más allá de un tal Robert M. Price, que según parece es el que llevó a cabo la compilación… o no, como ya dije, el dichoso libro no te aclara nada), pero los cuentos titulados El muro de Settler, El que aúlla en la oscuridad, Demonios de Cthulhu, El castillo en la ventana y La víbora son un poco así los más interesantes y mejor escritos.

En El muro de Settler dos amigos ven una muralla antigua junto a la carretera y ésta es imposible de escalar, y mientras más la investigan, más perturbadora se hace. Son la clase de relatos cortos de misterio que saben bien que las preguntas son más fascinantes que las respuestas; en El que aúlla en la oscuridad se nos plantea que dos americanos misteriosos se van a vivir a un castillo desde el cual raptan a aldeanos y hacen rituales con ellos, y asesinan mediante magia negra a familias enemigas. El protagonista al penetrar en el castillo descubre los experimentos horrendos que llevan a cabo, siendo este cuento el que más me ha recordado al cine clásico; en Demonios de Cthulhu un niñato le chulea a un bibliotecario el Necronomicón, y con él convoca a una especie de genio concede-deseos (spoiler: sale mal). Este me gustó más por la trama de malicia, envidia y traición entre los protagonistas que por sus connotaciones sobrenaturales; en El castillo en la ventana dos investigadores dan con una casa en que hay una ventana que da directamente al medievo (no hace falta contar que uno se caerá accidentalmente por ella). De nuevo al igual que en el relato del muro, se nos presenta un fenómeno inescrutable en que unos tipos curiosos (los personajes de estos cuentos siempre son gente culta) tratan de darle explicación racional; en La víbora, exponer cualquier ente artístico o poético al contacto con el Necronomicón trae como consecuencia la corrupción de aquél, provocando el inquietante efecto de modificar todas las copias de dicho ente a nivel mundial, haciendo incluso que la gente olvide inexplicablemente el original.

En fin, son relatos imaginativos y entretenidos, razonablemente bien escritos la mayoría, pero en que se han puesto juntos sin mucho tino relatos de tres páginas de extensión, con otros de noventa. Por ejemplo El Necronomicón: la traducción de Dee es el más importante, pues narra diversos episodios de la vida de Alhazred, el “árabe loco” que presuntamente escribió el ya mentado grimorio. Y estos episodios son toda una novela de aventuras con toques aterradores que quizá algún día merecerían ser llevados a la pantalla. Lo malo es que parte de esta novela corta es una especie de manual de brujería, y una relación de demonios ancestrales.

Y es a partir de ahí donde el librito se vuelve cansino, pues se ahonda una y otra vez en que ‘tal fragmento del Necronomicón lo encontró Fulano, pero se lo dio a Mengano y éste lo editó con una mala traducción que ahora, gracias a Zutano, vuelve a estar disponible blabla’, y yo no sé si estos tipos que se mencionan son reales o no, y ya me cansa el averiguarlo, y al final todo es que para hacer creer que el puñetero Necronomicón existe pero cada vez está más y más rodeado de enigmas. Sin ir más lejos El manuscrito de Sussex es toda una suerte de Levítico bíblico mezclado con el Silmarillion, o sea, un plomizo compendio de crónicas arcanas con una abultadísima y copiosa lista de nombres incomprensibles que siempre son Yol’gul o Gol’yul y así mil combinaciones idiotas. En fin, una genealogía de dioses demoníacos y un bestiario sin mucho interés. ¡Hay páginas enteras sólo de oraciones en un idioma inventado! Pero calla que también se describen ritos de iniciación hechicera que, seguramente, los masones y demás sectarios ricachones de la vida real han copiado. Y siempre profecías de la destrucción que ocasionará tal y tal bicho gigante.

A ver, no dudo que estos autores han leído y releído la obra de Lovecraft al completo, y han estudiado a fondo sus referencias históricas y mitológicas, y se han currado toda una biblia negra con paralelismos constantes entre la verdadera Biblia cristiana, el Corán islámico y la mitología clásica. Aunque comparar el Necronomicón con éstas me parece desacertado más allá de la forma, porque que yo sepa los primigenios y los dioses oscuros que aquí se describen son inequívocamente malvados, cuyo propósito “cuando regresen” será el de destruir, devorar y esclavizar. De modo que como religión siniestra, le veo poco público potencial, por más que se esfuercen estos escritores tan morbosos.

Pues eso, que mientras es una recopilación de cuentos de miedo e intriga, el libro se deja leer sin más y entretiene. En cuanto se convierte en una “contra-Biblia” para aprender a ser mago y tener poderes, y hacerse adepto de Nyarlathotep y de sus muertos (nunca mejor dicho), se vuelve una chominá mu grande. Bien escrita y trabajada, pero inútil.

En cuanto al cine de inspiración lovecraftiana, recomiendo ‘El palacio de los espíritus’ y ‘Re-Animator’. ‘Granja maldita’ tampoco está mal (creo que es mejor adaptación del relato El color que cayó del cielo que la que protagonizó Nicolas Cage hace poco). Mas sin lugar a dudas, el mejor largometraje que se ha realizado en que los monstruos imaginados por H.P. mejor han sido plasmados junto a su estilo de terror enfermizo y desesperante, es la producción de 1994 dirigida por John Carpenter ‘En la boca del miedo’. De hecho, uno de los relatos de este compendio escrito por un tal John Brunner, yo apostaría a que la inspiró fuertemente. Si leéis a Lovecraft con pasión, no os perdáis esta película.

RETRATOS PARA LA ETERNIDAD

Retratos para la eternidad, de Ignacio Camacho

Podría ser un italiano del norte, parece que llega después de dar un paseo por la Piazza del Duomo y que se viste tan elegante porque se compra sus trajes en la Galería Víctor Manuel II de Milán. Camina con una indolencia natural que ondula el ala de su sombrero. Da gusto verle tan alto y distinguido, tímido y entrañable, con clase, raza, educación, un raro dandi, de los que ya no te encuentras, en España, por ningún sitio. Pero no es italiano, es sevillano, de Marchena, un andaluz profundo, serio, culto, sabio, y el más grande columnista de nuestro país. Es Ignacio Camacho.

Acaba de publicar un luminoso libro, RETRATOS PARA LA ETERNIDAD, con el subtítulo de “Obituarios periodísticos” donde explora, con brillantez  y de forma conmovedora, el carácter y la vida de casi cien personas que han desaparecido, recreando las situaciones en que estas figuras encontraron el coraje, la fortaleza, la fuerza intelectual, y la imaginación necesarios para hacer frente a su destino. Las culturas que persiguen el éxito no prestan atención a la muerte, pero esta llega inevitablemente. Al final de nuestro viaje sólo queda asumir todo lo que eres y has sido, de este modo llegas a consolarte, incluso aprendes a agradecer lo que el fracaso te ha enseñado de ti mismo. Algunos tienen la suerte de que Ignacio Camacho les escriba un obituario desde la admiración, el respeto, y el afecto. 

Como dice José Luis Garci en el prólogo “Mas que dar sus condolencias, Ignacio Camacho hace una alegre visita al difunto, y comparte con él, no en el sanatorio sino en el living, un Jameson o un dry martini, y, ya en off, una charla animosa, nada fúnebre, que termina con un apretón de manos. Leerle tranquiliza hasta a los más aprensivos”.

El libro está dividido en cuatro partes: “El Poder y la Gloria” dedicado a los políticos y a algunos banqueros que tuvieron poder económico, y de alguna manera disfrutaron de su lugar en el paraíso. “Polvo de Estrellas” consagrado a los actores de cine, cantautores, boxeadores, y futbolistas. “El Ser y la Nada” destinado a escritores y “Las Hojas Muertas” dirigido a los periodistas. 

Se inicia la primera parte de una manera deslumbrante, describiendo la biografía política de Adolfo Suárez, destacando su audacia como rasgo principal:

“De la mano del rey condujo al país de la dictadura a la democracia constitucional plena, a un régimen de libertades, autonomías y clases emergentes. Lo hizo sorteando presiones, abismos conspirativos, conatos violentos, oleadas terroristas y sombras de golpes de Estado. Convencido de que el éxito consistía ante todo en cerrar las heridas del siglo XX…” 

A este político le dedica una segunda parte en la que describe, con su español maravilloso de brillante lingüista, cómo debemos recordar al que debemos nuestro Estado de libertades:

“MIRADLO AHÍ, en esa foto del 23-F, impávido frente a las metralletas, digno, gallardo, sereno, rebelde. Recortado con un perfil bizarro de elegancia moral ante los demonios de la Historia. Recordadlo así, erguido ante la humillación, desafiante, honorable, íntegro, decente…” 

Y nuestro hermoso idioma brilla en todo su esplendor a lo largo del libro, dan ganas de leerlo en voz alta, despacio y claro, para que suene con la belleza con la que Camacho compone su literatura, donde no está ausente la crítica mas severa como la que le hace a Pinochet:

“Magro consuelo es el juicio de la Eternidad para quien envió de forma prematura a tanta gente inocente ante el Fiscal Supremo. Y la mayor ironía es que haya muerto de un infarto; un tipo que jamás mostró señales de poseer un corazón humano”.

Uno de los perfiles que mas sorprende por su conmovedora y certera descripción es el de Julio Anguita. A Ignacio Camacho le preocupa la justicia y la aplica con entusiasmo cuando tiene que definir a un hombre honrado y bueno como el político comunista:

“Su profesión de maestro de escuela le había dotado de una vocación por la pedagogía que convirtió en una referencia de estilo, en una forma de andar por la vida. Sentencioso, cortés, solemne, a veces engolado en su retórica actoral de ecos senequistas y su perfil altivo de califa, representaba para muchos españoles que no pensaban como él un paradigma de ética política: el de un líder, casi un gurú, reflexivo, formal, discreto, alejado de la siniestra pasión conspirativa, y aferrado a los principios que defendía con una integridad estricta.”

Con el mismo sentido de la Justicia describe la “mazmorra gigante y siniestra” que es Cuba, construida por Castro, “un sátrapa funesto y lúgubre, un ególatra iluminado”. A Margaret Thatcher la considera como “El volcán del milenio” y cree que “ Era de esas figuras públicas que se alzan sobre un filo entre la admiración y el odio”. Y considera que Santiago Carrillo “Perseguido por la sombra de Caín, tuvo la rara oportunidad de retratarse dos veces en la Historia”. A Manuel Fraga Iribarne, le bautiza como “El león remansado” y dice de él que “Su peor adversario fue él mismo, el carácter encendido y arrebatado que techaba su proyección histórica”.

Uno de los retratos mas inteligentes y acertados es el de Josep Piqué, al que conoció y admiró profundamente. Desde la amargura y el desconsuelo por su desaparición escribe:

“Su elegancia era la destilación natural de una mentalidad abierta, un talante liberal, una convicción en la fuerza de las ideas, una sobriedad emocional que no necesitaba de la afectación y de la petulancia para dejar patente su sabiduría”.

Polvo de Estrellas se inicia con un retrato de Lauren Bacall que fue galardonado con el Premio Julio Camba. Magnifico, excelente obituario a quien…

”En el guión de su vida no le concedió un solo plano a la decadencia; envejeció con una dignidad soberbia, con la lucidez, la nobleza moral y el porte físico de una vestal que conservaba en sus recuerdos el testimonio inmarcesible de un tiempo dorado. Aquel en el que Boguie y Sinatra la llamaban Betty, al despeñarse, cautivos y desarmados, en el abismo de su belleza delgada, misteriosa, magnética, insondable.”

Y a Paul Newman le rinde su sincera admiración en un retrato en el que describe, con la inteligencia y el estilo elegante que le caracteriza, el talento y el carisma del actor estrella del Hollywood dorado:

“Lo que nos conmovía de Paul Newman, lo que nos arrugaba de respeto, lo que nos inclinaba de admiración no era su presencia devastadora de galán inalcanzable, ni su indomable y majestuosa serenidad, ni el incontestable ejemplo de compromiso político y moral que circundaba el aura generosa y sugestiva de su leyenda. Era su forma de mirar, la nitidez infinita, magnética, seductora hipnótica, de sus ojos líquidos, luminosos, transparentes y oceánicos, que se han cerrado al fin, enhoramala, como una cortina de terciopelo corrida sobre el balcón de su irrepetible talento”. 

A gran Leonard Cohen le describe con el cariño y la gentileza que le inspira su compleja y divertida personalidad:

“Fue un falso místico que se aburrió en un monasterio budista, un bohemio chic desencajado en la generación de la ruptura, un dandi carrozón que mostró con crepuscular coquetería sus cicatrices de amor, de desamor, y de nostalgia. La suya fue una elegancia inconformista, de protesta contra la vulgaridad, la torpeza y la ignorancia. Una rebeldía moral escondida bajo el disfraz de un aristocrático prestidigitador de la palabra”.

A nuestro descomunal actor Alfredo Landa le destina uno de los retratos mas entrañables, tan merecido como emocionante, Ignacio Camacho tiene la sensibilidad de ver los aspectos mas conmovedores del que fue un gigante de la interpretación y un hombre bueno y sensible, una excelente persona que nos dejó desolados con su desaparición. Lean este estupendo párrafo que nos recuerda su talento y humanidad:

“Landa era nuestro Ugo Tognazzi, nuestro Alberto Sordi. Cuando el dandismo se disolvió en el dinamismo de la sociedad española junto con el subdesarrollo económico e intelectual que eficazmente retrataba, el gran Alfredo se reinventó en el enorme actorazo que llevaba dentro: un intérprete hondo, enérgico, con un nervio formidable para extraer el registro de la ternura y de la cólera, de la ansiedad y el fracaso. Tenía el poder de convocar en sus ojos la expresión exacta, simbólica y humanísima, de la lealtad, del sufrimiento, del cariño, de la derrota. Era —-lo fue de hecho en una serie de TV— la encarnación del Sancho Panza que llevaba dentro el español medio, el arquetipo de un hombre pragmático y medroso capaz de un heroísmo sublime y trágico.”

A Alfredo Di Stéfano, Pelé, Diego Armando Maradona, y Francisco Gento, le dirige unos retratos apasionados. Reconoce a los tres reyes de la historia del futbol, deporte que le gusta muchísimo, sabe mucho de él y desde luego su opinión está hecha con la autoridad ganada a lo largo de toda una vida contemplando los partidos, con sus triunfos y fracasos. Comprende un arrebato de pasión por estos héroes a los que describe con rigurosidad y placer como el que da a conocer las virtudes de aquellos que fueron en ese juego verdaderos fenómenos de masas.

Inaugura la tercera parte denominada, “El Ser y la Nada”, formado por los retratos de diecinueve escritores españoles e internacionales, glorificando a Francisco Umbral. Artículo con el que ganó el Premio González Ruano en el año 2008.

“Enredado en la pasión de escribir se volvía un huracán avasallador y torrencial, imparable y rabioso como un genio iluminado de furia”. 

A Sánchez Dragó le construye un retrato tan apasionado como era la personalidad del retratado, la consternación por la muerte del amigo que poseía una vitalidad incansable le inspira un precioso adiós:

“Descreído, libertario, castizo, cimarrón, rebelde de actitud y de conciencia, fue comunista y terminó apoyando a Vox por pura alergia a la deriva identitaria de la izquierda. Individualista, romántico, radical, taurófilo, apasionado de cualquier causa a contracorriente, polémica o quijotesca. Llevaba dentro el yin y el Yang, la dualidad taoísta de una biografía repleta de paradojas que manejaba con el desparpajo de un Peter Pan poseído por la adrenalina goethiana de la juventud perpetua. Un hombre sin etiquetas y sin mas Dios que la libertad, como el Pirata de Espronceda.”

Por último el capítulo consagrado a sus compañeros de profesión, Las Hojas Muertas, se abre con la última tragedia, la muerte de su admirado y entrañable amigo, David Gistau, a una edad demasiado temprana, con toda una vida y una brillante carrera por delante. España entera lloramos esa terrible desaparición:

“Al aproximarse a la cincuentena había alcanzado el punto de sazón, un equilibrio exacto de inteligencia y de pasión, de arrestos y de prudencia, de hondura y de chispa, de sabiduría y de pujanza, de madurez y de frescura. Contundente y primoroso, duro con las espuelas y blando con las espigas. Reflexivo como los franceses y canchero como los argentinos, sus dos países adoptivos sobre los que en momentos de melancolía civil solíamos bromear como aceptables destinos de exilio”.

Al que considera su maestro, con el que mantuvo una emocionada relación de entrañable amistad, dirige su agradecido retrato, Manuel de Málaga, la sentida fotografía literaria que dedica al enorme poeta y gran articulista Manuel Alcántara:

“Era el maestro de la paradoja penetrante y de la frase biselada, de la ironía piadosa y de la cita rápida, de la sorpresa conceptual brillando en el breve relámpago de una metáfora. Era el príncipe del ensayo urgente ametrallado en doscientas palabras. Se llamaba Manuel Alcántara y llevaba tinta en las venas y la pasión de escribir grabada a fuego en el alma. Pertenecía a la estirpe del periodismo de raza, el de fleco, nicotina y alcohol, el de la gabardina colgada, el de la dinastía de los cronistas del ring y de las tertulias literarias”.

Dieciséis retratos más de extraordinarios periodistas de periódicos, radio y televisión conforman este maravilloso capítulo final, de este libro imprescindible escrito por un verdadero artista de las palabras. No se lo pierdan, salgan a comprarlo o pídanlo a Amazon. Está primorosamente editado por Reino de Cordelia, será una joya especial en su biblioteca, léanlo despacio, admirando su categoría literaria, el rigor y la belleza que contienen sus páginas está a la alturas de los mas grandes escritores de nuestra época.

Por Ana MEGÍAS CALERO

LA INSUFRIBLE REPRESENTACIÓN

La Colección, de Juan Mayorga

Ayer me dispuse a coger mi precioso coche para dirigirme al teatro en Málaga, habíamos sacado las entradas hace un mes mi amigo Rafael y yo para una función en el teatro de Antonio Banderas. Este teatro es una preciosidad y está diseñado con mucha inteligencia. El escenario es muy grande, casi como el del Cervantes, a la altura adecuada, con buena acústica, y buena visión desde todos los ángulos y alturas. El patio de butacas es elegante y cómodo, igual en la platea que en el piso de arriba. Todo el recinto es bonito y está pensado para hacer muy agradable su estancia en él, hasta los aseos son modernos y muy agradables. No sé quien dirigió el diseño, pero debió de ser Antonio, acostumbrado a pisar los escenarios de Broadway, aquí en España no hay arquitectos que sepan cómo debe ser un recinto teatral, los que construyen son horripilantes y tienen todos los problemas de visión y acústica para las representaciones, cuando restauran destrozan los que hay sin importarles lo mas mínimo las protestas de la gente del oficio. Jamás se han asesorado, practican la soberbia del ignorante sin inmutarse, sólo sirven al político que los contrata lo demás les importa un bledo. 

Para ir a Málaga hay que salir a la carretera una hora y media antes, el viaje que debiera durar media hora, se alarga a diario porque el colapso de coches impide que el tráfico sea fluido, me pregunto qué va a pasar cuando estemos en Julio y Agosto. Cuando se llega a Málaga hay que hacer cola para introducirse en el parking de La Marina, cercano al teatro, y después esperar para entrar lentamente al recinto. Todo este esfuerzo se hace cuando a una le interesa este arte. Se abandona la casa confortable, los libros que estás leyendo cómodamente en tu salón, las buenas películas y las estupendas series que puedes escoger en las diferentes plataformas. Todas esas incomodidades, incluido el precio de las entradas y de la gasolina y del parking. Pero todo vale cuando ves una buena representación, ese milagro artístico que se produce cuando contemplas un buen texto puesto en pie sobre las tablas, y unos buenos actores tienen la vergüenza y la dignidad de representarlo para conmovernos, o divertirnos, o sorprendernos .

Había visto la programación del teatro del Soho y en ella encontré a José Sacristán, venía encabezando el reparto de una función llamada “La Colección” acompañado de Ana Marzoa, Ignacio Jiménez y Zaira Montes. Existía una desconfianza previa y es que estaba dirigida y escrita por el hiperpremiado Juan Mayorga, un dramaturgo del que nunca he podido soportar una obra, todas me han parecido infumables, anti teatrales, bodrios de la primera a la última, pero siempre piensas que después de tantos años puede que haya aprendido a escribir y esta vez puedas contemplar un texto con cierta dignidad.

No, no voy a extenderme, porque aún hoy me invade el mal humor que me produjo esa desagradable función. Esto no es una crítica es una protesta en toda regla. José Sacristán no interpretó porque no había nada que interpretar, no hubo conflicto, ni historia, sólo entendimos lo que él decía, se limitó a andar por el escenario, sentarse, levantarse, entrar y salir de escena. El resto del reparto, a pesar de los micrófonos, no fue capaz de vocalizar ni una sola frase, ni proyectaron la voz. Hablaban como si estuviesen en un plató de cine de una mala película del cine español. Desesperados Rafael y yo resistimos las dos horas que dura esa tortura de manera heroica. Mi inteligente y sagaz amigo me había advertido: Ana que es el horrible Mayorga , el que ha escrito y dirigido eso… Pero yo pensé que Sacristán está muy mayor y había que verle por si este era su último trabajo, esperaba que tuviese la vergüenza de hacer una buena interpretación como colofón a toda su carrera teatral. Pero me equivoqué, demostró una ausencia de inteligencia gigantesca al introducirse en ese despropósito de función, en un decorado tan gris oscuro como el texto que dijo, lleno de cajas del mismo color, vacías como el cerebro de ese afamado individuo que lo escribió,  porque se limitó a decirlo, no lo interpretó porque no era un texto dramático. En el escenario no pasó nada en dos horas. Concluido ese tiempo se callaron y terminó el suplicio. 

El teatro cuando es malo es lo peor. Tienes la sensación de estar sometido a una cruel tortura para que confieses las peores fechorías con ese sufrimiento.

No obstante en lugar de salir corriendo, Rafael me propuso que esperásemos hasta ver la reacción del público. El teatro estaba lleno, como siempre, de personas de avanzada edad en su mayoría, comenzaron a aplaudir y fueron poseídos in crecendo, de un vigor que les impulsó a ponerse de pie e incluso a decir ¡bravo!… Atónitos mi amigo y yo, veíamos a los cuatro actores saludar sin complejos, aceptando los vítores de ese rebaño de espectadores que van al teatro a ver al famoso que sale algunas veces en la tele y consideran que tienen el deber de aplaudirle lo que haga, aunque no se hayan enterado de nada, porque NADA sucedió encima de las tablas. Me puse a recordar los últimos años del Franquismo, en nuestra juventud, en la dictadura y en los primeros años de la Transición, el público hacía lo que pasaba en el Siglo de Oro español, es decir a los espectáculos mediocres se les pateaba, a obras que eran obras maestras comparadas con la que estuvo anoche sobre el escenario del Teatro del Soho. Dicha representación habría sido interrumpida y sus intérpretes corridos a gorrazos. 

Antes de salir del edificio pasé por el aseo, allí un grupo numeroso de señoras comentaban la función, me acerqué a ellas y les pregunté si me podían explicar lo que habían visto: ninguna pudo responderme porque no lo sabían, habían venido a ver al actor famoso que conocían de muchas películas y eso era todo. Ese es el panorama actual, triste, desolador, indignante. 

Volví al parking de mal humor, pagué y emprendí el viaje de vuelta, cuarenta kilómetros hasta casa, no volveré al teatro hasta que no venga Albert Boadella de nuevo. Espero que traiga una de sus maravillosas obras lírico dramáticas.

Por Ana MEGÍAS CALERO