
Para mí ‘El diario de Ana Frank’ se ha convertido en el testimonio fundamental del suicidio de Europa. Que se llegase a una situación socialmente aceptada, en que personas sin culpa ni delito sean acusadas, perseguidas, detenidas, encarceladas y, en última instancia, aniquiladas es una vergüenza que arrastran muchos países. Y testigo directo de lo que sucedió en mi propio país, en mi provincia, en mi ciudad, ¡en mi familia! hace apenas 5 años, puedo afirmar que no hemos aprendido nada y que puede volver a ocurrir cualquier año de estos.
El primer aspecto que quiero destacar de esta lectura es que, obviamente, Ana Frank no es la autora del libro. Está claro que su padre, Otto Frank, hizo un meticuloso trabajo de recopilación de eventos y fechas, combinado con el diario real de su hija y sus propios recuerdos, escribiendo más tarde la novela (porque es una novela con forma de novela) o, puede que incluso ayudándose de algún negro amigo suyo o contratado. Nunca se sabrá con precisión, pues el estilo es depurado y el léxico usado es fino y adulto.
Nada de esto resta valor alguno al relato. El cual, sorprendentemente para muchos que no lo hayan leído, no versa sobre asuntos bélicos o brutalidad tiránica (no de manera directa). Se trata de un retrato intimista y psicológico de una niña de 13-15 años (pues transcurren dos dentro del anexo) más el de los miembros de su familia y los de las otras familias allí en ese apartamentito apiñadas. Y un reflejo del devenir de la rutina diaria, cada vez más sumida en la desesperación debido a la progresiva falta de alimento y, sobre todo, a la falta de estímulos externos, lo que en suma convierte a ‘La casa de atrás’ en una novela carcelaria, a efectos prácticos.
Lejos de presentar a uno solo de los personajes como heroico o ejemplar, los Frank y sus compañeros son dibujados de forma realista y a veces cruel, llevándonos a la conclusión de que Ana Frank, en el fondo, era una chica normal, con sus virtudes y defectos. Por ejemplo, su fijación con su padre era cercana al complejo de Electra, confirmada por el rechazo que expresa hacia su madre durante toda la narración.
Ninguno de los habitantes del anexo queda libre del duro juicio de Ana Frank, en particular el matrimonio Van Pels, formado por dos insoportables ignorantes que encima eran unos miserables tramposos. Verse obligado a renunciar a la intimidad por dos años –y más en la edad de la protagonista–, y además a hacerlo junto a unos extraños debe ser algo terrible. Pero los nazis, los políticos belicistas, el populacho frívolo que apoya a unos y a otros –ya con su voto, ya con su silencio–, el asqueroso colaboracionismo, la delación y, en definitiva, la estupidez dan lugar a tesituras así. Y Dios nos libre de tener que afrontar nuevas chifladuras generalizadas como esa, porque cuando la rueda gigante se pone a girar, por desgracia ya no hay quien la pare.
Efectivamente, los Frank y compañía jamás habrían sido descubiertos de no ser por los chivatos repugnantes que, por desgracia, conviven con nosotros en todos los lugares y todas las épocas. Quedando menos de un año para el final del conflicto, ¿resulta que el ejército alemán no tiene otros problemas más prioritarios que ponerse a buscar a desgraciados escondidos en pisos secretos, que además no realizan actos de sabotaje o propaganda? Dios maldiga a los delatores de los judíos en Holanda, en Alemania, en Francia y en cualquier país ocupado, y a todo aquel que no tenga otra cosa mejor que hacer que chivarse vilmente como una rata por el puro gusto de ver joderse a otros, o por el de recibir una palmadita en la espalda por parte del poderoso de turno, o por aburrimiento, quién sabe.
Y la gente que no es una ruin acusica, simplemente mira para otro lado. Siempre. Por esto, eso de “la resistencia” es un mito cinematográfico. No hubo resistencia anti-nazi ni en los Países Bajos, ni en Francia, ni en Noruega, ni en ninguna nación ocupada por los alemanes, por muchas películas que se hagan todos los años para alimentar esa feliz fantasía. Toda Europa fue colaboracionista, y esa es la razón por la que las conquistas del Reich se expandieron con tan asombrosa rapidez; y también la razón por la cual, en cuanto se les presentó batalla (en el norte de África y en Rusia), comenzaron a perder terreno, tan rápido como lo habían obtenido.
Indirectamente, también queda retratado el ambiente del Amsterdam de la guerra, con sus privaciones, sus bombardeos, sus sirenas aterradoras, sus saqueadores buscando rapiña en la madrugada, su contrabando, sus emisoras de radio piratas… Que asco de guerras a las que los estados y sus aparatos mediáticos nos empujan, antes, ahora y por siempre.
Otro punto en el que me gustaría detenerme es el de la escasa difusión que tiene hoy en día la obra y martirio de la familia Frank. Sirva como ejemplo que la película clásica de George Stevens no puede verse en ninguna plataforma de cine, ni siquiera Filmin, y no digamos ya otras versiones no tan conocidas.
Hay una en concreto que me ha parecido deliciosa y recomendabilísima: un largometraje animado japonés de 1995 que ni siquiera ha gozado de distribución en Occidente, pese a su enorme calidad. ¿Es esto casual? ¿No hay algo detrás? ¿Hay interés en que dejemos de sentir compasión por Ana Frank y por los que se ven, o pueden verse como ella en algún momento? La creciente e irracional (y deplorable) oleada de antisemitismo en Europa y América me lleva a sospechar que así es, pero de nuevo, roguemos que todo vuelva a su cauce normal.
Y si no, dentro de medio siglo nos tocará leer otro diario de un niño que se tiene que ocultar de unos mamones a los que no les parece bien que siga viviendo. En fin, despidámonos con una frase textual de Ana Frank:
El que es feliz, hace felices a los demás.
A la que yo añado: Por lo tanto, el que es infeliz…