Teoría de Los paraísos efímeros.

Existe en la geografía andaluza un paraje que ejerce sobre mí gran embrujo desde que era pequeño. Y seguramente lo ejerza porque pasé mi infancia allí, y los buenos recuerdos me abruman cada vez que lo visito. Se trata de Cánava, un santuario humilde emplazado en un pueblo de poco más de mil habitantes llamado Jimena. Y paso a describíroslo.

Al margen de la ermita que da nombre al lugar (y que no es gran cosa, al menos a nivel estético, que me perdone el Señor), Cánava es una especie de plaza pública cubierta toda ella de árboles –supongo que pinos– y empedrada con unas losas gris oscuro muy características, jalonada con varios jardines de macetas aquí y allá, con un pilar de agua cristalina y gélida, y con un bonito escenario para actuaciones, conciertos y verbenas.

En el lado izquierdo varias puertas enrejadas ocultan las casas señoriales de quien quiera que viva allí (jamás tuve ningún contacto), un local de ocio nocturno que lleva alrededor de un cuarto de siglo sin funcionar, y un pequeño patio con columpios para los críos (lo único que está abierto).

A la derecha, la mencionada iglesia y, adjunta a ella, una casita que pertenece, según deduzco, al cuidador de este parque. En frente y cruzando la carretera, un bar de pueblo, un pub (también de pueblo) y subiendo la cuesta, la piscina municipal.

Cuando en Jaén el verano provoca la desesperación del más paciente, en Cánava la sombra de la vegetación que cubre todo el jardín constituye un auténtico oasis, y el canto alegre de los pajaritos y el sonido confortante de la fuente que mana directamente del arroyo cercano hacen que allí, el verano sea hasta agradable. 

Y vale, a lo mejor no son los pénsiles de Babilonia, pero tenéis que imaginarme a mí sentado cerca del pilar, leyendo tranquilamente durante una hora o dos, dándole un sorbo al caño de vez en cuando (agua helada, insisto), cuando allá afuera, apenas a unos metros, el Sol te abrasa.

¿Por qué os cuento esta historia con tanto pormenor? Porque los paraísos que nos encontramos a veces, pequeños y vulnerables paraísos, merecen ser descritos con cariño, con detalle, con gusto. Porque no son monumentales edificios gigantes de cientos de millones de dólares de costo, ni máquinas de acero indestructibles.

Son sitios frágiles, perecederos, hermosos. Y mi recomendación para vosotros es que gocéis todo lo que podáis de estos lugares sagrados. Porque nuestra vida cotidiana (la de la mayoría) está plagada de agobio, de fealdad y de prisas. Siempre vamos de acá para allá con propósitos muy concretos; pocas veces vamos a un sitio y permanecemos en él por el puro placer de hacerlo. Pero mi consejo es que lo hagáis más a menudo. Y no hay que irse muy lejos, ni tomar un tren o un avión. Existen remansos de paz bellos y singulares muy cerca, probablemente poco valorados por los que pasan alrededor. Y debemos disfrutarlos mientras podamos… solos o en compañía de seres queridos.

¿Por qué? Porque tarde o temprano vendrá un cabrón y lo pisoteará. ¿En esa delicadeza radica su hermosura? Ni idea, sólo sé que pronto llegarán unas personas muy listas amantes del progreso y la eficacia (y la pasta) y arramblarán con todo sin piedad. O eso, o las buenas personas anónimas que se encargaban de cuidar el paraje mueren, o se cansan, o son sustituidas por alguien más “eficiente” y ecosensible; y entonces aquel paraíso, de la noche a la mañana se esfuma, deja de ser. Se convierte en un dulce recuerdo y no vuelve jamás.

Y entonces el cementerio de Mancha Real, histórico, cuidado, sosegado y bello, cubierto de lápidas preciosistas, algunas de varios siglos de antigüedad, vigiladas por panteones igualmente impresionantes, a la vez que los árboles hacen del camposanto un lugar fresco y tranquilo para estar, SERÁ DESTRUIDO, sus losas arrancadas y su armonía arrasada. Y ya no lo podrás admirar nunca más. Y no busques la razón de este ensañamiento gratuito y cruel porque no la hay. Tampoco te esfuerces demasiado por protegerlo, no servirá (creedme). Acéptalo. Busca otro nuevo paraíso con que deleitarte, y gózalo todo lo que puedas mientras puedas. Pues no durará para siempre.

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