
Como prólogo a esta reseña, advertir que sí, soy un moralista. Sobre todo cuando me cruzo con determinados individuos que: primero, realmente se nota que se sienten más allá del bien y del mal; segundo, odian que les den sermones; tercero, les encanta sermonear.
Antes de leer el libro de Tarantino, sabía (por sus películas) que era una sabandija amoral y petulante. Una vez leído, he descubierto además –sin demasiada sorpresa por mi parte– que es un progre desorejado y un degenerado. Sí, a todos los personajes que analiza lo hace desde la perspectiva sexual. ¿Freudiano o simplemente salido?
Su asquerosa defensa del cine que él llama “para adultos” (o sea, la industria de la explotación sexual) revela, entre otras muchas cosas, que él es un usuario asiduo de dicho material, y que desde que es rico y famoso ha contratado los servicios de innumerables jovencitas para su disfrute guarro. Transcribo a continuación su visión del porno para que os deleitéis (todo viene por un comentario crítico que hace sobre la película de 1979 ‘Hardcore, un mundo oculto’):
(…) Además, es la única vez en que Schrader abandona su intención moralizante y muestra la industria del cine para adultos como lo que en realidad es. No una empresa delictiva. No el cuarto círculo del infierno. Sino una industria cinematográfica legal, que tributa, dedicada a ofrecer entretenimiento explícito para adultos.
Tendría que informarse más sobre este sector que tanto admira, y hablar con antiguas trabajadoras pornográficas para ver si es o no el cuarto círculo del infierno. Para el mentecato este con que algo cotice ya significa que es perfectamente lícito. Y en ese capítulo se empeña en que, claro, como el padre de ‘Hardcore’ le da una educación muy estricta (¡y religiosa además!) a su hija, lo normal es que ella se quiera marchar de casa para meterse a puta barata, para que se la zumben viejos repugnantes, pille la sífilis, la gonorrea, ladillas y el sida, y para, según Quentin, ser una mujer libre. Que por cierto, ni siquiera es una mujer, es una adolescente.
Que a este no le hayan pillado menoreando como sí a Woody Allen y a otros piezas del maravilloso mundo de Hollywood, no tiene que ver con que no lo haya hecho repetidas veces, sino con el poder que ha acumulado y con que ha sabido astutamente esquivar ciertas enemistades.
El ballenato de Weinstein se hizo demasiados enemigos y por eso le condenaron. Pero siempre que en un mundillo (del cine, de la política, del deporte…) ponen en la picota a Alí Babá, los cuarenta ladrones se esconden en sus madrigueras e, hipócritamente, señalan a su antiguo líder como culpable de todos los crímenes.
Tarantino es una rata depravada, miserable, amoral y peligrosa. Y los que lo admiran querrían ser todo eso algún día, pero nunca lo serán, y no porque sean más buenos, sino porque tienen menos huevos que él. Dice textualmente que las ‘snuff movies’ son una leyenda urbana, lo que me conduce inmediatamente a sospechar que él posee más de una en su mansión.
‘Q’ representa muy bien a la industria hollywoodiense. Falsaria, pervertida, criminal, “cool”, blindada por los medios y por sí misma… Totalmente diabólica. El sujeto este es un soberbio, machista, racista, agresivo y ambicioso cretino. Cretino pero listo; listo y millonario. Y progre, es decir, que acusa a la sociedad de los pecados que él comete en secreto con el fin de no perder su popularidad, incomprensiblemente gigantesca aún hoy. Otro fariseo encumbrado. ¿Cuántos hay? ¡Son miles!
Fallo mío. Debí cerrar el libro en cuanto leí esto:
Yo me había criado en los setenta, época en la que todo valía, y los ochenta, en cambio, se caracterizaron por la necesidad de actuar sobre seguro, como esa otra década horrorosa del cine de Hollywood, los cincuenta. Los ochenta fueron aún peores.
P.D.: el último capítulo está dedicado entero a un tal Floyd. Resulta que Tarantino se crio sin padre, y a su madre le iban los negros poco respetables y medio vagabundos, como el susodicho Floyd. Este tipejo chuleta y desarrapado fue lo más parecido a una figura paternal que tuvo el infeliz de Quentin, y aún así duró poco (su madre también lo dejaba solo la mayor parte del tiempo). Sabiendo eso, uno se explica muchas cosas sobre sus películas, pero viendo cómo pone en un pedestal al desgraciao ese con el que vivió un par de años, se entiende sobre todo el afán irracional que tiene por parecerse a los negros de Estados Unidos. Y también se comprende la basura de ‘Django Desencadenado’.