
Cumbres Borrascosas es un retrato de la obsesión llevada al paroxismo, y sus efectos. Es el paradigma de los personajes victimizados y al mismo tiempo agresivos, de actitud tóxica y creadores de relaciones tóxicas. Cuando los insaciables deseos pasionales (insaciables porque aunque se cumplan, siempre sabrán a poco y exigirán más) rigen el criterio de las personas, tienen lugar historias como la de esta profunda novela.
En primer lugar, el buenismo estúpido del que hace gala el Señor Earnshaw padre al traer a un extraño a la casa con sus hijos, demostrando una irresponsabilidad insensata, y dirán algunos necios que llevado de “buenas intenciones”. Esas buenas intenciones de las que está empedrado el infierno.
A partir de ahí, un cúmulo de pésimas decisiones con –naturalmente– funestas consecuencias se suceden en un rosario constante de desgracias que me recordó a cuando leí Frankenstein hace años: injusticias, calamidades, tragedias sin fin… Es más, la última parte se hace cansina, y además inverosímil, situando a Heathcliff como un villano de cuento de hadas tipo Barbazul, al que inexplicablemente nadie se opone.
Pero en algo sí acierta de pleno la novela: el poder corruptor de los demonios. No sólo están contaminados hasta el tuétano ellos, y por eso actúan así. Sino que contaminan todo lo que pueden a los demás, mientras más pura e ingenua sea la víctima mejor. Una vez oí una expresión apropiada: vampiros energéticos. Existen, los hay. Los he visto proceder. Y los he visto llevarse consigo a criaturas inocentes, que ya jamás se recuperaron.
Estamos rodeados de demonios, y estar a salvo de ellos supone un gran esfuerzo. Pero desde luego proteger a los que te importan de esos seres siniestros es casi imposible. Por eso la tragedia que evoca Cumbres Borrascosas es atemporal y se da en todos los estratos y en todas las culturas.
Todo individuo que defienda o se identifique mínimamente con el personaje de Heathcliff, es decir, con alguien de alma oscura, acomplejado, rencoroso, brutal, sádico, astuto, vengativo, obsesivo y miserable (y según se sugiere, necrófilo además), es un mierdas, y ojalá no comparta minutos de mi cada vez más preciado tiempo. Lo comento porque muchas de las versiones para cine y televisión que se han hecho, ensalzan o como mínimo disculpan a Heathcliff, dotando a la figura de este infame patán de una especie de misticismo, presentando su comportamiento despiadado y rastrero como ‘apasionado’ o ‘incontrolable’, o gilipolleces de esas que hacen que las jóvenes de todas la generaciones sigan cayendo en manos de la peor calaña imaginable.