El famoso Método

El día que murió Lee Strasberg, Stella Adler, profesora brillante, maestra de Marlon Brando, que siempre dio más importancia a la caracterización y a la interpretación del papel que a revivir las emociones, llegó a su clase esa mañana y pidió a los alumnos que se pusieran de pie. “Un hombre de teatro ha muerto” dijo. Durante un minuto, los miembros del grupo guardaron silencio mirando al suelo. Después Miss Adler les dijo que se sentaran y comentó: “Tendrán que pasar cien años antes de que pueda llegar a corregirse todo el daño que ese hombre le ha hecho al arte de actuar”. Esta mujer fue fundadora junto a Elia Kazan del famoso Actor’s Studio de Nueva York, había estudiado en París con Stanislavski y sabía y había denunciado que Strasberg falseó las ideas del ‘maestro’ para el que “Las circunstancias exteriores” de la obra eran mucho más importantes, en el proceso creativo de un papel que el subconsciente del actor.

Eugene O´Neill dijo que a partir de Strasberg los dioses trágicos se habían interiorizado y Edipo había perdido los signos de su realeza y bondad para convertirse en un personaje terrorífico. Stanislavski presentó a los norteamericanos un estilo teatral que él utilizaba para representar las obras de Chejov, pero nunca mencionó a Freud, ni redactó su doctrina pensando en él. No obstante Strasberg decidió, por su cuenta y de manera equivocada, que dicho método de revivir tenía que ser la búsqueda de esas imágenes escondidas de la infancia que forman el carácter de la persona y se puso en marcha, para introducir en Nueva York, su personal adiestramiento de actores. A partir del momento en que se apropió del Actor´s Studio, colgó un cartel en la puerta que decía “VEN Y YO TE HARÉ UNA ESTRELLA”. ¿Qué joven, con el suficiente afán de protagonismo para intentar brillar en un escenario, se hubiese resistido a semejante reclamo? Así es que se convirtió en un oscuro gurú, en un predicador. Cuando Elia Kazan comprobó que había usurpado el lugar de los fundadores de aquella escuela teatral, se dio cuenta de que todo giraba en torno a él: “Llevaba consigo el aura de un profeta, de un mago, de un hechicero, de un psicoanalista y de un temido padre de familia judío”. Su trabajo consistía en un ejercicio de absoluta crueldad que él imponía desde su ira. Pocos saben de las terribles consecuencias psicológicas de su angustiosa terapia. ¡Cuántos actores han tenido graves problemas mentales después de pasar por aquellas prácticas!

Los Estados Unidos son una Democracia ejemplar, seguramente el más perfecto sistema político del mundo, pero son en su mayoría una civilización de religión protestante, de ello proviene su afición a las terapias de grupo, cuyos participantes, en el caso del teatro, actores, autores y espectadores están llamados, después de horas de cura colectiva, a ser una sociedad modelo liberada de sus alienaciones. La necesidad de confesar sus pecados y miserias en público para más tarde creer que se han liberado de ellas, exige un esfuerzo terrorífico y si además el predicador te atormenta con el recuerdo constante de las mismas y obliga a los presentes a participar en ese ejercicio de la crueldad, el clima de sufrimiento gratuito y frustrante es enloquecedor y angustioso. A través de esa angustia destrozaba el carácter de cada actor, incluso aquellos que poseían cierta autoridad personal terminaban convertidos en auténticas piltrafas en sus manos. A partir de ese momento ejercía una tiranía constante y muchos de aquellos actores adquirían una dependencia enfermiza que, en algunos casos, se convirtió en la destrucción de su talento, como en el caso desgraciado de Marilyn Monroe. Al Pacino exigía en el contrato de sus películas que su maestro fuese contratado, si existía en el guión un papel que tuviese la edad del mismo.

Strasberg consideraba que los jóvenes no habían vivido lo suficiente, “por lo tanto no habían sufrido lo bastante” para interpretar los dramas de O´Neill, Miller o Williams, así es que ahí estaba él como el profeta dramático que iba a proporcionarles esas grandes dosis de dolor que necesitaban para convertirse en “estrellas”. En el Actor´s Studio se formaban cómicos individualistas y solitarios en la idea del Star System, concentrados en su yo, tal y como Strasberg les había impuesto, en las exigencias del teatro comercial que valora a la vedette y el éxito personal.

Este desquiciante método de interpretar sólo sirve para el teatro norteamericano que se escribía en aquellos años. El carácter psicoanalítico de algunas obras de O´Neill, la interiorización de los complejos y la sexualización del conflicto Norte-Sur de Tennessee Williams, y en 1960 Edward Albee con su ‘Historia del Zoo’ llevan a su máxima expresión el psicoanálisis y convierten éste en una terapia de grupo en ‘Quien teme a Virginia Woolf’.

Para combatir los síntomas de esta enfermedad teatral hubo que esperar a Brecht y su método crítico que pregonaba la idea contraria de Strasberg, la actuación a través del distanciamiento entre el actor y el personaje. Los directores teatrales a partir de entonces se dividirían entre los partidarios de uno u otro método.

Desgraciadamente España, a partir de los últimos años del franquismo, abrazó en sus escuelas privadas primero, y en las oficiales más tarde, el método Strasberg, importado por un gurú argentino, mediocre y pedante, William Layton, que fue aupado por la izquierda española y se apropió de la “verdad interpretativa profesional” a pesar de los grandísimos actores con los que España contaba en ese momento: Francisco Rabal, José María Rodero, Manuel Dicenta, Julio Núñez, José Bódalo, etc. Y que jamás aplicaron el “famoso método” en su brillantes carreras profesionales. 

Cuando el gran actor Dustin Hoffman comenzaba en Broadway protagonizó una anécdota  muy conocida que siempre he relatado a mis alumnos. Ensayaba una obra en la que compartía el escenario con el veterano actor inglés Laurence Olivier, y no conseguía sacar adelante el personaje que le habían asignado, nervioso y angustiado se paseaba por el teatro cuando Olivier le preguntó cuál era el motivo de su desesperación: “No sé qué hacer, tengo que interpretar a un alcohólico, y soy completamente abstemio, no he bebido nunca porque me sienta muy mal, así que no puedo “sentir” como el personaje, aunque voy por los bares observando a todos, no puedo ser él”. Entonces Sir Laurence le contestó: “Querido amigo, y por qué no pruebas a hacer lo que hacen todos los actores de Europa y finges el papel, es decir, lo interpretas…”

El gran Anthony Hopkins rodaba un día, desde las órdenes de Richard Attenborough, ‘Tierras de Penumbra’, la última escena de la película, aquella en la que llora amargamente la muerte de su amada, junto al hijo de ésta. Su llanto era tan sincero y estremecedor que contagió al equipo de rodaje y hasta el director estaba tan conmovido que enjugándose las lágrimas se olvidaba de decir “corten” y la escena se extendió mas de lo necesario. Cuando por fin finalizó, Hopkins pidió con mucha calma una cerveza: “¿Pero cómo?” Respondió un técnico, “¿Usted no estaba llorando de verdad?” Entonces el grandísimo actor respondió: “No, yo soy un profesional y estaba interpretando”.

Una actuación es una lámpara colocada en el alma del hombre que nos deja ver quiénes somos y quiénes deseamos ser, dijo un viejo crítico. Pero Vittorio Gassman sentenció lúcidamente que “el actor es el oficiante de un rito, su autoridad mengua en proporción con la parte de misterio que desvela. La personalización destruye la imagen y la difusión de sus miserias pulveriza el carisma”. Este enorme artista solía decir: “Para un actor el papel forma parte del oficio, uno entra en él y luego sale con naturalidad”.

Marcello Mastroianni le respondía: “Muy bien Vittorio, es exactamente eso. A mi me fastidia ese cuento de los actores que estudian el papel meses y meses para meterse en el personaje, impregnarse de él. A lo mejor se retiran un tiempo infinito a un convento, engordan o adelgazan para estar más en situación y acabado el trabajo, necesitan otros meses de descompresión para olvidarlo, para volver a ser ellos mismos. De Niro, por ejemplo: esa historia de vivir el personaje a fondo se ha convertido en un chanchullo y con ella ganan un montón de dinero. Yo no sé; A mí no me pasa. Me estudio el guión un par de días, recito mi parte y se acabó. Todavía me acuerdo, Vittorio, de cuando hacías Hamlet, “ser o no ser, esa es la cuestión”, con esa voz tuya, grave, un poco soñadora; después cuando te metías entre bastidores, le decías al iluminador:  “Eh tú, esos focos ¿no ves que son un asco?” “

Los grandes actores saben que el arte de interpretar es un juego, al que hay que ir después de un gran aprendizaje de la voz y de la expresión corporal, El teatro está formado fundamentalmente de palabras y éstas deben ser correctamente pronunciadas y proyectadas a través de la técnica vocal. El famoso método nunca trabaja estos aspectos, más interesado en destrozar el sistema nervioso del actor y su salud mental, olvida que los espectadores deben oír al oficiante de ese rito sagrado, incluso quieren entender lo que dice, tanto en cine como en teatro, si la dicción es nefasta la gente tiene derecho a que le devuelvan el dinero de la entrada.                                                       

ANA MEGÍAS

Viaje a Egipto

Acabo de regresar a la civilización, después de un pesado viaje de cinco horas en un avión egipcio.

La civilización egipcia fue tan impresionante e inteligente que no es posible adivinar su fabulosa tecnología, su sentido de la belleza, hay tantas cosas que desconocemos que impresiona nuestra ignorancia.

El país es una mierda, el Islam en su estado puro, no saben hacer nada, no piensan, no saben hacer ni el pan, la cocina es un espanto en los hoteles de gran lujo. Las ciudades están cubiertas de escombros y suciedad, las mujeres están marginadas y tapadas, todo es un espanto. Me contaba un amigo nuevo, coronel de la guardia  civil, que ha estado en muchas guerras, en varios países, y NUNCA HA VISTO NADA PARECIDO.

Los monumentos han sido descubiertos, restaurados, financiados, salvados por los occidentales, españoles, franceses, ingleses, alemanes, americanos, la Unesco, muchos ministerios de cultura, japoneses… todos con nuestro dinero y sabiduría. Ellos ahora los explotan gracias a nuestras investigaciones e intenciones. Ellos no saben hacer nada. La artesanía que venden está hecha en China. Cada efigie pesa 300 toneladas, y los occidentales las movieron para que se salvarán de la presa de Asuan.

Pero te cobran 11 euros por un café en un vaso de plástico en el aeropuerto, te hacen varios controles uno detrás de otro, casi te desnudan entero, después una gorda con velo negro nos cachea hasta la cabeza a las mujeres.

La desorganización de los aeropuertos es dantesca, y de pronto, lo paran todo y se arrodillan a rezar con miles de personas haciendo cola. No se puede explicar, hay que vivirlo para comprender cómo te corre la indignación y el asombro por las venas.

Las autopistas tienen todas las luces fundidas, y los coches no encienden las luces ni delante ni detrás, no respetan los carriles, no hay una señal de tráfico en todo Egipto. La gente pasa o adelanta por donde quiere en ciudades y carreteras. El pánico se apodera de ti a cada instante, y sin embargo Alá los protege, porque ante tu asombro, NO PASA NADA.

Los animales están maltratados, los camellos de las Pirámides apestan a un kilómetro porque no los lavaron desde que nacieron, en lugar de amarillos son gris oscuro de la suciedad. Los perros y gatos deambulan sucios y hambrientos por todas partes…

Podría seguir contando horrores, pero les hemos hecho el museo más maravilloso del mundo, y tienen un palacio en Luxor que emociona y supones cuántas cosas no sabemos de lo que eran capaces. No se puede explicar, hay que verlo.

Y luego llegó el Islam y quemó todo lo que ardía, sólo queda el granito, pero ha desaparecido la madera, la seda, y tantas cosas que ignoramos.

Raquel Quintana, la princesa raptada que he decidido rescatar

El título del comentario puede llevar a error. Mis intereses para con esta excelente actriz no son de corte romántico, aunque sí hay algo de romanticismo decimonónico en esta declaración.

El mes de abril pasado, Raquel se ofreció a charlar en riguroso directo con toda la Aldea y contarnos su fascinante experiencia en la televisión. Yo lo gocé como el idólatra incorregible que soy, y los aldeanos también lo gozaron (y agradecieron). Mas poco dura la alegría en casa del pobre, como se suele decir.

Skynet nos agredió una vez más. Ese monstruo sin alma ni razón borró de un plumazo este momento hermoso, ameno y entrañable. Apenas unas horas después de la entrevista, el canal ‘Jachi Renacido’ se volatilizó a las órdenes de un grupo de tarados sin conciencia. Fue un nuevo incendio que nos hizo daño, pero que también hizo surgir un nuevo estímulo.

No lo quise dejar pasar. Los atropellos tienen su límite, y en aquel instante, aquella madrugada, tomé la decisión de convertir a Raquel Quintana –o mejor dicho, a la charla que tuvimos– en la misión que he de cumplir. Recuperaremos ese momento. Recuperaremos todo ese trabajo. Y no sólo a Raquel: también a Cristina, a Ana, a David, a Álvaro, a Pío…

Por ella, y por la Aldea. Yo sigo adelante pero no olvido. Los objetivos están para alcanzarlos y éste se logrará, vaya que sí. Porque un grupo de humildes aldeanos tal vez no sean nada… aparentemente. Pero este grupo de humildes aldeanos han sido fieles tras sucesivos incendios, seísmos, inundaciones, sequías e incursiones enemigas. Han permanecido, han aguantado, han seguido y han reconstruido. Parece cualquier cosa, pero no lo es. Ellos han recompensado mi resistencia, y yo recompensaré su lealtad. Recordad estas palabras cuando llegue el día de la Victoria.

P.D.: por cierto, Raquel es un sol y me ha dicho que cuando quiera, repetimos la entrevista XD